Las calles se cubren de celeste y blanco. Hasta vi un gorro con cola de dragón que a un niño le llegaba hasta las rodillas, celeste y blanco. El niño corría por las calles moviendo su cola, soñando con ser un dragón del cielo. En los autos, las banderitas flamean con la energía del orgullo nacional; en las vidrieras cuelgan banderas y cintas; las camisetas bailan al ritmo de la brisa invernal en cada esquina, con el sueño del vendedor de, al menos, cubrir la comida del mes de junio.
¡Qué linda es la bandera! ¡Qué amorosos son esos colores que, en su justa combinación cálida, abrazan los ojos y la espalda cuando cuelga de ella!
¿Debemos cuestionar que solo suceda cada cuatro años? ¿Somos dignos de interpelar por qué ahora y no en otras ocasiones la bandera abraza? La bandera es del pueblo, nació para el pueblo y es el pueblo quien elige cuándo y dónde cobijarse bajo su manto celeste y blanco. El sol ilumina desde su corazón y se mete entre las manos del pueblo cuando no hay diferencias.
Si esta hipótesis es aceptable, entonces defender la educación pública, los derechos de la discapacidad, los territorios nacionales, la ciencia y la tecnología, el agua y los recursos del subsuelo nacional, con el embanderamiento celeste y blanco, tendría que flamear en autos, vidrieras y niños con colas de dragón. Porque en eso tampoco hay diferencias, ¿no? O ¿sí?
Tal vez, para refrendar la hipótesis, no haya mejor fundamento que las propias palabras de Belgrano en la carta dirigida al Triunvirato pidiendo el uso de la escarapela, desde Rosario, el 13 de febrero de 1812: “Parece que ha llegado el caso de que V.E. se sirva declarar la escarapela nacional que debemos usar, para que no se equivoque con la de nuestros enemigos y no haya ocasiones que puedan sernos de perjuicio; y como, por otra parte, observo que hay cuerpos de Ejército que llevan diferente, de modo que casi sea una señal de división, cuyas sombras, si es posible, deben dejarse…”.
El Triunvirato respondió breve, rápido y contundente cinco días después: “En acuerdo de hoy se ha resuelto que desde esta fecha se use la escarapela nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, declarándose por tal la de los colores blanco y azul celeste…”.
El 27 de febrero de ese año, Belgrano informa al Triunvirato que ese día, a las seis y media de la tarde, mandó a formar la tropa y, en presencia de los habitantes, con el fin de entusiasmar los ánimos, expresó: “siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional”. Cierra su informe manifestando el deseo de aprobación del gobierno de Buenos Aires.
Inmediatamente inicia su marcha al norte, según lo dispuesto por los mandos porteños. El Triunvirato no se sintió representado por la bandera y ordenó, el 3 de marzo, que la ocultara inmediatamente; no solo eso, sino que le ordenó reemplazarla por la enseña española.
Es interesante detenerse en este repaso histórico para revisar la hipótesis que esbocé al principio: la bandera es del pueblo y es este quien decide cuándo cobijarse bajo sus colores para unificar sus ideas y pensamientos. Belgrano la enarbola no solo ante su ejército, sino ante el pueblo, simbolizando el sentido de la lucha. Sin embargo, el gobierno solo ve en ella un obstáculo para sus negocios y negociados con la Corona española.
Belgrano dice no enterarse de dicha orden hasta el mes de julio de 1812, aduciendo que, debido a que estaba en marcha, en campaña hacia Salta, no recibió en tiempo y forma la misiva. ¿Se enteró tarde o tan solo decidió desobedecer? Porque sí recibió otras órdenes, otras cartas y comunicados en esos meses.
El 25 de mayo de 1812 estaba Belgrano en Jujuy y, aprovechando el segundo aniversario de la Revolución, reunió al pueblo jujeño en la plaza, formó al ejército y solicitó al canónigo Juan Ignacio de Gorriti la bendición del pabellón. Luego se dirigió a los presentes con encendidas palabras: “…soldados de la patria, no olvidéis jamás que vuestra obra es de Dios; que Él nos ha concedido esta bandera, que nos manda que la sostengamos y que no hay una sola cosa que no nos empeñe a mantenerla con honor y el decoro que le corresponde. Jurad conmigo ejecutarlo así, y en prueba de ello repetid: ¡Viva la Patria!”.
Cuando da cuenta de lo ordenado por el Triunvirato, responde con una larga carta, desligando su responsabilidad y justificándose con su marcha en campaña. Aunque en un fragmento de la misma podemos interpretar otro sentir de Belgrano: “…dispongo de la bandera para acalorarlos y entusiasmarlos, ¿y habré por esto cometido un delito?…”.
Y, en un párrafo subsiguiente, con profunda ironía, dice: “La bandera la he recogido, y la desharé para que no haya ni memoria de ella y (…) sin necesidad de que aquella se note por persona alguna, pues si acaso me preguntaren por ella, responderé que se reserva para el día de una gran victoria por el ejército, y como este está lejos, todos la habrán olvidado y se contentarán con lo que se les presente”.
La bandera y su simbología cumplieron su función en el acto de mayor sacrificio que hiciera una población entera en pos de la independencia, cuando el 29 de julio de 1812 se convoca al éxodo del pueblo jujeño con un bando en el que decía: “Desde que puse el pie en vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa (…) os he hablado con verdad (…) Llegó, pues, la época en que manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reuniros al ejército de mi mando, si como aseguráis queréis ser libres…”.
Una vez más, es el pueblo quien decide seguir la bandera cuando siente que esta unifica sus sentires.
Belgrano siguió convencido de que la bandera debía ser el símbolo de unidad para el pueblo, que lo motivaba a defender algo que le era propio, y la puso al frente de su ejército. Pero, como muchas veces en la vida, dos derrotas en batalla lo hicieron replantearse su pensamiento: Vilcapugio primero, el 1 de octubre de 1813, y luego Ayohuma, el 14 de noviembre, ambas en cercanías de Potosí, actual territorio de Bolivia.
Ayohuma fue un duro golpe no solo para el movimiento independentista, sino también para el ánimo del ejército y para Belgrano mismo, quien se replegó hacia un pueblito llamado Macha. Allí mandó a esconder dos banderas en una vieja y desolada capilla del lugar.
Pasaron setenta años. El curita limpiaba los cuadros de la capilla y encontró dos banderas escondidas detrás de ellos. Era 1883.
¿Por qué las escondió? Porque, ante la posibilidad de ser apresados, no iba a entregar las banderas, que significaban mucho más que los trapos celestes y blancos. Eran el símbolo de tres años de esfuerzos denodados por la independencia, porque pensaba (tal vez) que, al encontrarlas, el pueblo recordaría por qué luchaba y sentiría nuevamente el “acalorado entusiasmo” de defender la independencia.
La bandera representa al pueblo, los sentires del pueblo, y es este quien elige cuándo enarbolarla y cuándo esconderla. Tal vez sea una de las pocas elecciones totalmente libres, casi inconscientes, que conserve el pueblo (incluyo aquí a la gente de bien y al ciudadano republicano), porque hay pocos y escasos momentos en que todos y todas son pueblo.
La bandera nos representa. El Mundial no deja dudas. Lo que no hemos logrado que nos representen son las luchas por las que debemos enarbolarla.
Cuando Belgrano pidió un símbolo que distinguiera y unificara, el Triunvirato porteño aprobó la sugerencia de la escarapela: chiquita, pequeña, insignificante; un detalle que solo veamos entre nosotros cuando estamos lo suficientemente cerca.
La bandera no. A la bandera no la aprobó, porque era grande, iba al frente del ejército, flameaba en la plaza de los pueblos del norte y la multitud la reconocía; tanto, que la siguió cuando abandonó Jujuy en el éxodo.
El Triunvirato tuvo miedo de que la vieran desde España, de que se enojaran los poderosos. No le tuvo miedo al ejército realista (porque a esos los enfrentaba Belgrano, no los señoritos de Buenos Aires); le tuvo miedo a los que tenían las riendas del orden mundial del momento.
Como mucho en la memoria, una gran parte permanece en el inconsciente. Las acciones hacen que aflore de forma inexplicable. ¿El inconsciente colectivo nacional guardará en su memoria que fuimos autorizados a mostrar el celeste y blanco cuando es un símbolo chiquito, insignificante, pasatista, como lo es el Mundial? ¿Pero se nos prohibió que sea emblema de lucha por la independencia absoluta, como la educación pública, los recursos naturales o el desarrollo autosuficiente en ciencia y tecnología? ¿Porque si la ponemos al frente de esas luchas, capaz se enteren los poderosos gerentes de la colonización mundial y se enojen?
La bandera celeste y blanca fue enarbolada por Belgrano no solo en un acto de independencia; también lo fue en un acto de rebeldía. Pero también la escondió para no entregarla a los enemigos.
Es tiempo de que enseñemos al pueblo argentino todo: cuándo la celeste y blanca es un acto de rebeldía, cuándo es símbolo de independencia y cuándo solo es un detalle pequeño, chiquito, que solo vemos estando cerca. Porque, al fin y al cabo, llenar las calles de celeste y blanco durante los mundiales solo lo vemos entre nosotros.
Verónica López – Lic. en Ciencias de la Educación

