En el gabinete de Trump se han simplificado realidades geopolíticas, reduciéndose a narrativas simplistas de fuerza, masculinidad y dominación. Quienes dirigen la guerra más peligrosa de las últimas décadas parecen comprender muy poco las “fuerzas” que han desatado. Es más, el estilo de Pete Helseth es sintomático de un colapso intelectual, más cerca de un fundamentalismo religioso bélico donde el conocimiento histórico es reemplazado por eslóganes y la planificación estratégica por demostraciones teatrales e histriónicas de supuesta dureza. En un entorno así, las guerras no se realizan: se representan.
A pesar de su retórica grandilocuente y beligerante, Trump es un presidente débil. La ira rara vez es señal de fortaleza; a menudo es la máscara de la inseguridad. Su administración ha sobreestimado la omnipotencia militar de EE. UU., ha debilitado a sus aliados y antagonizado a sus adversarios por igual, y se ha embarcado en una guerra cuyas dimensiones históricas, políticas y estratégicas apenas comprende.
¿Cómo puede un liderazgo tan consumido por el narcisismo y el espectáculo comprender plenamente la magnitud de la catástrofe que ha contribuido a desatar? La autocomplacencia proveniente de Washington convive con una administración aparentemente incapaz de distinguir entre lo que el “poder” puede lograr o no, y de comprender la profunda transformación que ha experimentado el mundo. Y que ambos, EE. UU. e Israel, tienen la misma belicosidad de dos fuerzas en decadencia. Por supuesto, Trump y su arrogante administración seguirán buscando el mínimo atisbo de victoria para vender a sus votantes como el mayor triunfo de la historia. En parte porque esta guerra contra Irán es absolutamente inmoral.
Mientras tanto, Trump e Irán han acordado un alto el fuego por dos semanas, con una participación decisiva de China. Trump habló de un “alto el fuego” bilateral a cambio de la apertura del estrecho de Ormuz. Trump dijo que “hemos pactado un alto el fuego porque hemos alcanzado los objetivos militares y estamos de acuerdo en firmar una paz a largo plazo con Irán”. Inexacto. Falso. No se cumplió el objetivo de “cambio de régimen”, no se obtuvo detener el proceso de enriquecimiento de uranio, no se logró la apertura del estrecho de Ormuz.
Pero ni bien iniciado el tiempo de la tregua, Israel, cuando aún no se estabilizaba el escenario, saboteó el intento con un feroz ataque al Líbano, pretextando que no entraba en el acuerdo del alto el fuego. Pero Pakistán, que fue el país moderador, indicó que sí estaba el Líbano. Incluso el New York Times informa que la Casa Blanca participó en la comunicación pública de Pakistán que incluía explícitamente al Líbano en las condiciones de alto el fuego. Entonces Irán respondió a esta agresión de Israel cerrando nuevamente el estrecho de Ormuz. Esto sirve como recordatorio: puede tener paz o tener a Israel, pero no puede tener las dos cosas. A través de toda su historia en tierras del Medio Oriente, siempre se ha opuesto a los procesos de paz, incluso asesinando a un premier hebreo, Isaac Rabí, por haber firmado un armisticio con Yaser Arafat. El Estado de Israel actúa como un “apartheid”, cuya existencia entera se basa en una estrategia de violencia y abuso incesante en Medio Oriente, apalancado por un patrocinador en decadencia extrema como lo es EE. UU. y el lobby sionista en el Congreso, donde se toman las decisiones finales, y las corporaciones millonarias de los aportantes a la campaña de Trump.
Mientras tanto, la asociación estratégica entre China, Rusia y Corea del Norte, con aportes de última generación en innovación tecnológica —desde nuevos misiles y radares de última generación— le implicarán aún más la “salida” decorosa que Donald está buscando desesperadamente, porque el resto del mundo le reclama por la crisis energética que hará colapsar el funcionamiento normal de la humanidad por mucho tiempo.
Lo triste es que no habrá tribunal superior que juzgue a los verdaderos responsables de esta guerra absolutamente injusta e inmoral.
Fuente: Opinión.

