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Portada / Opinión

La violencia y la escuela

¿La violencia es de la escuela o irrumpe en ella desde una trama social marcada por la desigualdad, el hambre y la exclusión? Se debe desarmar el sentido común que reduce el problema al bullying entre pares y plantear una mirada más amplia: la violencia como expresión de un modelo social que atraviesa a estudiantes, docentes y familias. Entre ejemplos concretos, reflexiones y experiencias en el aula, la propuesta es recuperar el valor de la cooperación, reconstruir los lazos y volver a pensar al otro como un semejante en una sociedad cada vez más fragmentada.

Por: Sergio Brodsky

27 abril, 2026

3:33 pm

Violencia escolar, ¿qué significa? Las palabras, el lenguaje, definen hechos. “Violencia escolar” parece sugerir atropellos y agresiones que surgen, se originan en la escuela. Sin embargo, es posible que sea la violencia social, económica y política la que se escenifique en la escuela. En ese caso, sería violencia en la escuela, de algo que viene de afuera. Incluso, violencia hacia la escuela, como cuando los alumnos no tienen para comer o para las zapatillas, cuando sus familias viven situaciones económicas de extrema miseria. O cuando el edificio, la infraestructura, tiene una precariedad tal que pone en riesgo la vida misma de toda la comunidad educativa; me viene a la cabeza lo que sucede hace años con la Escuela 55, que se llueve adentro, en la que todos quedan expuestos a riesgos eléctricos los días de lluvia.

Los salarios de indigencia de los docentes y de todos los trabajadores de la educación son una violencia del Estado, del gobierno hacia la escuela. La violencia estructural (ajuste, represión, destrucción del tejido productivo, despidos, desigualdad, pobreza, etc.) se conserva y circula, se transforma y se transfiere, según lo ha conceptualizado Pierre Bordieu, y se manifiesta en formas diversas: psíquicas, físicas, delincuenciales. Agregaría que con diversas orientaciones: hacia adentro, los malestares implosionan en las más variadas conductas autodestructivas; hacia afuera, en la violencia familiar y de género, en el trabajo, hacia el trabajador, entre aquellos que no pueden devolverla hacia arriba, como manifestación de lo no dicho, de lo reprimido.

Pasa con el término de violencia escolar como con el de bullying, con el que suele asociársele. La violencia escolar sería, en ese concepto, igual al bullying. Otra vez el lenguaje trampeando: la cuestión sería de ese modo un problema entre pares escolares, nada más. Así se simplifica, se reduce, se distorsiona el análisis de una realidad compleja. Se estigmatiza, además, a los jóvenes, cada vez más afectados que victimarios. No existiría entonces un mundo violento: serían violentos los jóvenes. No existe Trump, que pone bombas inhumanamente, abusando del poder, gozando cruelmente del sufrimiento del otro, haciendo uso del odio como motor de la aniquilación sin que se le mueva un pelo. No existiría la violencia y la represión en nuestro país contra jubilados, discapacitados, docentes, contra los más vulnerables. No existiría el hambre y la incertidumbre en el futuro de millones de niños y adolescentes. Solo existirían jóvenes violentos, peligrosos, amenazantes. No existiría una sociedad adulta que los ignora y desampara. No sería el hambre violencia, no lo sería la indiferencia frente al sufrimiento, no lo sería la impunidad expresada por el incumplimiento del gobierno nacional de las leyes de la emergencia en discapacidad, de presupuesto universitario. ¿No es violencia la ley de esclavitud de los trabajadores?

En un taller de reflexión sobre la práctica docente, un profe dijo que, cuando todos los días saludaba a los chicos en el aula con un “buen día, ¿cómo están, chicos?”, al unísono respondían que “mal”. Los objetaba diciéndoles que no podían estar mal teniendo la vida por delante, que no tenían que pagar la luz, las cuentas, etc., que por qué deberían estar mal. Otra le observa que tal vez esté escuchando el malestar de los chicos desde el prejuicio, es decir, que no escucha, y que realmente los chicos están mal. También le dijo que no poder registrar ese malestar sea, en parte, el origen del desborde de los chicos que denunciaba. Los chicos están solos, desamparados, ¿estarán inscribiendo en las paredes su necesidad de ser escuchados? No lo sé, en este fenómeno hay muchas más preguntas que respuestas. ¿La violencia es de la escuela, es hacia la escuela o es en la escuela? ¿Tendrá que ver con una sociedad desigual, cruel, que odia, discrimina, compite salvajemente y confunde felicidad con consumo? ¿Con gobiernos tan atroces que tienen ministerios y secretarías de capital humano, un brutal oxímoron? ¿De una sociedad que se basa en que el más fuerte pervive y el más débil perece, de puro darwinismo social, ley de la selva, lucha por la vida a todo o nada, en la que el “otro” es una amenaza, un rival, un adversario al que hay que ganarle?

La violencia no es de la escuela, pero la escuela puede hacer mucho para desmontar violencia, a través de la definición de la otredad. De la construcción de la otredad, de la pregunta de quién es el otro. Propongo, en un taller con alumnos secundarios, el juego de la silla. Compiten por un lugar mientras los perdedores van quedando afuera, frustrados, enojados. Reflexionamos: el “otro” de la competencia que excluye es uno al que hay que ganarle, un enemigo. La escuela promueve competencia: las notas, la bandera, las carrozas, el rey, la reina, el cuadro de honor, los torneos intercolegiales, etc., etc. Luego, tomados de la mano, todos en ronda, deben, con el resto del cuerpo, impedir que un globo caiga al suelo. El juego es divertido. Todos cooperan y son solidarios para lograr un objetivo común. Nos sentamos en ronda, reflexionamos. En la cooperación, el “otro” es un semejante, un amigo, un compañero. Reflexionamos: ¿cuánto se estimula la cooperación en la escuela y en la vida?

La violencia es un tema de una enorme complejidad. Aunque pueda entenderse el temor y la búsqueda de seguridad que genera, no es un tema policial, sino social, de recuperación de los lazos humanos, de la confianza en el otro como un semejante humano, en su diversidad. No se trata, en el fondo, de la búsqueda de “seguridad” a través de cámaras de vigilancia, detectores de armas, identificación de “sujetos peligrosos” o mochilas transparentes. Uno puede comprenderlas como medidas coyunturales frente al temor y al caos, pero no pueden ser el camino. Como dice Ana Campelo (1): “estos dispositivos se sustentan en la desconfianza entre unos y otros, y, a la vez, la alimentan. Nos advierten que el otro es una fuente de peligro o amenaza… y profundizan la fragmentación del lazo social que está en la base de la violencia en las escuelas y en nuestras sociedades”. Coincido plenamente con esta lúcida autora cuando refiere que “nuestras propuestas apuestan al fortalecimiento del lazo social, al sentido de vivir junto a otros, a hacer de los conflictos oportunidades de aprendizaje, a acompañar a los niños y jóvenes en la construcción de la noción del otro como semejante, es decir, como alguien diferente de uno mismo pero con idénticos derechos, a ofrecerles recursos simbólicos y a facilitarles las vías de identificación a través de rasgos singulares que les posibiliten ser reconocidos y valorados por los otros”.

¿La violencia es de los jóvenes o es hacia los jóvenes? ¿Qué horizontes, qué mañanas les brindamos los adultos? ¿Qué causas, qué ideales, qué proyectos, qué investidura libidinal del futuro pueden realizar, qué deseos, qué sentido de la existencia? No hay respuestas únicas, pero me quedé enganchado con una experiencia de Silvio Rodríguez. Tenía el trovador cubano 14 años cuando la revolución llama a los jóvenes a dar un año de sus vidas para combatir el analfabetismo en campañas de enseñanza solidarias, para enseñar a leer y escribir. Contra el deseo de su familia, se inscribe y se va a las sierras a enseñar a campesinos algunas nociones, recreando la épica de los revolucionarios, del Che, de Fidel, esta vez del hombre nuevo, libre de las ataduras de la ignorancia. Fue una experiencia extraordinaria que lo marcó para toda la vida. Reflexiona el cantautor que “los jóvenes quieren tareas grandes, nobles, que los hagan crecer. Los jóvenes están ávidos de epopeyas y se embarcan en ellas si se les proponen tareas nobles, solidarias, amorosas, desprendidas. Cuando se meten en miserias, es porque no hay grandeza a la vista; porque, si la tienen, van por ellas”. ¿No será eso lo que están tratando de inscribir, entre tantas otras denuncias, los chicos en las paredes de las escuelas?

(1) Ana Campelo, “Bullying y criminalización de la infancia: un enfoque de derechos”, editorial Noveduc.

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