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Donald Trump: siniestro con los enemigos, maquiavélico con los amigos

En medio de una ceremonia de Estado en la Casa Blanca, Donald Trump se salió del guion para abordar las especulaciones sobre el papel de su vicepresidente, JD Vance, en la consecución de un acuerdo para poner fin a la guerra con Irán. Medio en serio, medio en broma, expresó: “Si no sucede, le echaré la culpa a JD Vance. Si sucede —siguió diciendo, como quien reparte cartas de póquer, donde siempre tiene un as bajo la manga—, me atribuiré todo el mérito”.

Por: Ricardo Monetta

21 abril, 2026

5:16 pm

Esa declaración, dicha como al pasar, envuelta en papel celofán como en un chiste de sobremesa, refleja a la perfección la naturaleza de una vicepresidencia que nunca ha sido un trampolín, sino una rampa. En realidad, Vance no está allí para heredar el trono: está ahí para ocupar el sitio del peón que el rey sacrifica cuando el jaque se acerca. La misión diplomática que el vice encabeza en Islamabad era un campo minado, sembrado con la previsión de un gran estratega, que no es precisamente Trump. Para avanzar en un acuerdo permanente que ponga fin a seis semanas de guerra que han asolado a Medio Oriente y convulsionado a la economía mundial, Vance tendría que satisfacer a partes con intereses tan contrapuestos como la Casa Blanca, el Pentágono, el lobby proisraelí y un régimen iraní que no solo ha sobrevivido, sino que ha puesto en jaque al clan Epstein-Netanyahu-Trump, incluida la propaganda de pronta aniquilación. Pero lo más fascinante —y aquí radica el poder maquiavélico de Trump— es que, si fracasa, no es que sea un accidente: es la característica principal del diseño. La misión de Vance en Pakistán no fue un fracaso diplomático; fue una pieza calculada dentro de una estrategia mayor cuyo tablero no está en Medio Oriente, sino en las primarias republicanas de 2028, créase o no.

Si la maniobra y la finalidad de las metas de guerra de Trump no estaban nada claras, los objetivos de una paz acordada estaban mucho menos. Y esa “opacidad” no es un defecto, sino un rasgo distintivo. Porque el conflicto con Irán sirve a múltiples propósitos internos y externos que se retroalimentan como serpientes devorándose la cola.

Inicialmente, la administración Trump declaró objetivos maximalistas, dignos de un videojuego: “derrocamiento del régimen”, “aniquilación de la capacidad militar”, “decapitación de la cúpula”, etc. Pero luego, como quien baja el volumen de una música incómoda, expertos del think tank Carnegie Endowment sugirieron que el verdadero objetivo era aún más modesto: cambiar el comportamiento del régimen, desmantelar el programa nuclear —que supuestamente ya estaba desmantelado luego de la guerra de los 12 días— y frenar la influencia regional de Teherán.

El propio Trump reconoció que el cambio de régimen no era el objetivo original. Nadie sabe qué busca a ciencia cierta. Pero todo el mundo intuye —y con razón— que la paz verdadera jamás ha estado sobre la mesa. O sea que la guerra es el medio; la paz, el pretexto. JD Vance era un acérrimo opositor a la guerra antes de ser vicepresidente; por eso era una de las personas con menores probabilidades de tener éxito en unas negociaciones que él mismo consideraba un error estratégico. Y, créase o no, fue elegido por Trump. Su misión era como beber un cáliz envenenado, una copa de la que no se puede beber sin “morir” políticamente. Esto es una trampa perfecta, orquestada por el “trumpismo” al rival interno, sabiendo que su fracaso marcará para siempre las aspiraciones de Vance para 2028. Las negociaciones de más de 20 horas en Islamabad eran inaceptables para cualquier régimen que no estuviera ya derrotado sobre el terreno. Pero Irán no está derrotado, ni mucho menos. Y encima controla el estrecho de Ormuz.

Lo que sucede es que los seguidores más ultras de Trump intuyen que Vance es la personificación de una nueva élite que ha sabido camuflarse con discursos de franela sobre la América olvidada. Es la élite de los tecnólogos de Silicon Valley, que no han abrazado el trumpismo por fervor patriótico y populista, sino por cálculo geopolítico y económico. Su mentor es nada menos que Peter Thiel, el multimillonario de PayPal y Palantir, que financió su carrera política con una “donación” de US$ 15 millones para su campaña en el Senado. Thiel lo contrató en su firma de capital de riesgo Mithril y fue inversor clave en su propio fondo de inversión.

Vance se forjó en la fragua de los tecnólogos que ven al Estado como un estorbo y la guerra como un mal negocio, salvo cuando se pueda externalizar a algoritmos y drones. El ascenso de Vance fue patrocinado por un grupo de multimillonarios que presionaron a Trump para que lo eligiera como compañero de fórmula. Ese grupo, que incluye a Elon Musk y a David Sacks —ejecutivo de Palantir y fundador de Yammer, vendida a Microsoft, y actual asesor especial para inteligencia artificial y criptomonedas del gobierno de EE. UU.—, explica por qué Vance sigue recaudando fondos de esta élite con cenas donde la entrada cuesta US$ 50.000. No es corrupción. Es lobby, dicen (cinismo puro). Y en Washington esa diferencia es tan fina como el filo de una navaja. La pregunta sobre a qué élite beneficia Vance en su sorda lucha con Marco Rubio es la clave de esta intriga. Vance representa a una élite tecnológica, un nuevo orden postindustrial que busca desregular el sector tecnológico y financiero, y cuyo enfoque es aislacionista en lo militar, pero agresivo en la guerra comercial y económica. Por otro lado, Marco Rubio encarna la élite tradicional y proisraelí, el ala más clásica del Partido Republicano, el complejo industrial-militar, los intereses petroleros y, de manera crucial, el poderoso lobby proisraelí, cuya red de donantes y grupos de presión tiene décadas de antigüedad y una eficacia comprobada en las urnas.

Donald Trump, que siempre ha visto a la política como un reality show, donde los concursantes se devoran entre sí, ha estado sondeando a donantes sobre quién prefiere para 2028. La guerra contra Irán, apoyada sin fisuras por Marco Rubio, ha elevado su perfil como un “halcón” fiable en un partido que sigue rindiendo culto a la “fuerza”. Vance, en cambio, queda atado a un conflicto que se suponía debía terminar en poco tiempo y que ahora lo tiene ahogado en sus propias contradicciones.

La respuesta a quién beneficiaría el envío de Vance a Pakistán es clara y brutal: a Donald Trump y su entorno. Al enviar a su vicepresidente a una misión imposible, el presidente logró tres objetivos en un movimiento. Primero, se quitó de encima la presión política: desvió la atención de su propia impopularidad y del desastre humanitario y económico de la guerra hacia la figura de su número dos. Segundo, neutralizó a un rival que crecía demasiado rápido en las encuestas internas; es decir, dañó la candidatura de Vance para 2028, eliminando una amenaza directa antes de que pudiera consolidarse. Tercero, reafirmó su poder de una manera que dejó en claro que puede usar y desechar a cualquiera, incluso a su propio vicepresidente, para sus fines personales.

De tal manera, el viaje de Vance a Pakistán no fue una negociación: fue una ejecución política realizada ante los ojos atentos de sus cómplices israelíes, que observaban con satisfacción cómo el candidato menos dócil a la causa de Jerusalén era pasto de las llamas de la intriga política. Pero el tablero político es tan volátil —y aquí es donde la jugada de Trump podría convertirse en su funeral político— que, si bien la misión de Vance fue diseñada para deshacerse de un rival interno, una derrota en las elecciones de medio término de 2026 no solo pondría fin a la influencia política de Trump, sino que desataría una crisis sucesoria sin precedentes que devoraría vivo al presunto heredero. Y ese es un destino que su ego, alimentado durante décadas con el néctar de la atención perpetua, no está preparado para aceptar. De ahí lo peligroso para el mundo: que, al negar el escenario desfavorable que le propone la realidad de una salida digna de una guerra absurda, lo lleve a tomar decisiones extremas en una crisis civilizatoria que sufriría todo el planeta.

No hay victoria posible en este tablero. Solo grados de derrota. El gran perdedor es Vance. Quiso heredar el imperio y terminó heredando la trampa. El cáliz envenenado no era la misión en Pakistán: era la vicepresidencia misma. De esa copa, una vez que se bebe, no hay “resaca” que valga.

Fuente: Prensa Alternativa.

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