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Mundial 2026: Fútbol, política, negocios y guerra de egos de un capitalismo tardío

A días del inicio del Mundial 2026, una lectura del fútbol que excede largamente lo deportivo para reflexionar sobre el vínculo entre deporte, poder, negocios y compromiso político, cuestionando la neutralidad de las grandes estrellas frente a los conflictos internacionales y reivindicando a quienes, según su mirada, hicieron del fútbol una herramienta de posicionamiento ético y social.

Por: Ricardo Monetta

8 junio, 2026

5:43 pm

Dentro de pocos días se inaugurará un nuevo Campeonato Mundial de Fútbol, donde se mezclan de una manera invisible lo que se supone es una expresión lúdica de un juego que ya forma parte de una enajenación de masas deseosas de encontrar una emoción gratificante en un mundo que, en medio de una decena de guerras no asumidas, no deja de lado la competencia como en aquellos tiempos helénicos, que dejaban de combatir para dar lugar a competencias deportivas donde el único premio era una corona de laureles.

Pero la civilización avanzó y, a finales del siglo XIX, emergió el balompié, como después se llamaría fútbol, para que cada fin de semana los hombres, casi nunca las mujeres, expresaran su pasión por unos colores pintados en una camiseta.

Y montados en un misil hipersónico a través de la historia, llegamos a esta instancia trágica de la humanidad, donde el planeta se desangra en guerras absurdas para que los supuestos héroes o ídolos salgan al «circo romano» llamado estadio a ofrendar sus eximias cualidades artísticas en el dominio del balón, para tratar de lograr un triunfo y ofrendarle su victoria a los fanáticos, impregnados de un nacionalismo irredento, que estallan de emoción confundiendo patria con una competencia lúdica.

En días recientes apareció una caricatura publicitaria muy expresiva sobre la relación entre fútbol y política, o mejor dicho, entre el carácter político del fútbol y los negocios. En esa caricatura aparece un «gigante», el futbolista español de origen marroquí, jugador del Barcelona, Lamine Yamal; y a cada uno de los lados del «coloso» aparecen Lionel Messi y Cristiano Ronaldo.

Para un analfabeto político —y en el mundo futbolístico abundan— la imagen de los tres jugadores no debe decir nada o puede parecer una exageración. Pero el mensaje no tiene un sentido futbolístico, sino político, porque no hace referencia a la habilidad en la cancha, sino a la estatura moral, a la presunta dignidad de los tres futbolistas representados.

yamal palestina

Lamine Yamal ondea la bandera de Palestina durante los festejos del Barcelona

La dignidad tiene un valor notable en esta época plena de culto a los genocidas de varios lugares del mundo. En este ámbito político queda claro, sin duda alguna, que Yamal emerge en momentos cruciales como un gigante enorme y los otros dos como enanos liliputienses.

No se confunda, estimado lector. Estamos hablando de la representación moral que emerge con la figura de Yamal y los otros lo deben mirar de abajo hacia arriba.

Y en este plano han quedado registradas de manera imperecedera dos estampas de sumisión política.

Dos de ellas representan el culto a la riqueza, al poder y a los genocidas; la otra, a los palestinos, quienes son la personificación de todo lo opuesto a la opulencia: dolor, sufrimiento, miseria, pero también capacidad de lucha, resistencia y rebelión.

Cristiano Ronaldo, el notable jugador portugués, el 18 de noviembre asistió a la Casa Blanca a una gala ofrecida al príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed bin Salmán. Arabia Saudita es el país donde Cristiano Ronaldo juega desde 2022.

Para ese entonces estaba establecida la actitud genocida por parte de Estados Unidos. En la guerra de los 10 días, junto a Israel, atacaron a mansalva a la República de Irán.

Para decirlo en términos poco eufemísticos, el futbolista es un empleado a sueldo para lo que gusten mandar día y noche. Un sirviente de lujo de la monarquía saudí y, como tal, lo llevó al encuentro con Trump y se le encargó una misión, que cumplió dócil y obedientemente: lamer las botas del amo.

Otra cosa diferente es que Ronaldo, con todo el ego que lo distingue, pretenda que el centro de la reunión era él, pues presume ser el tipo más popular del mundo, hasta el punto de afirmar, sin nada de modestia:

«Soy la persona más famosa del mundo. Dime una persona en el mundo que sea más famosa que yo. A nivel mundial soy más famoso que Donald Trump.»

Pero lo que ignora Cristiano Ronaldo es que esa visita tenía el propósito de promocionar a Arabia Saudita a nivel turístico, cultural y deportivo.

Trump, quien condena a quienes considera sus enemigos y absuelve a sus amigos, sin importar si son narcos como el expresidente de Honduras o asesinos confesos como el príncipe saudí, se encargó de edulcorar la imagen de la petromonarquía corrupta y criminal diciendo que Arabia Saudita era «un verdadero socio para la paz y la prosperidad» (mientras le venda el petróleo en dólares y le ceda su territorio para atacar a Irán).

Y encima elogió el «increíble trabajo de ese país en los derechos humanos», escondiendo deliberadamente el asesinato del periodista del Washington Post Jamal Khashoggi, a quien se raptó en el consulado de Arabia Saudita, se lo estranguló, se lo desmembró y fue sacado de Estambul, Turquía, en valijas diplomáticas.

En ese encuentro cínico se hicieron acuerdos sobre compra de armas a Estados Unidos por miles de millones de dólares y sobre inversión financiera en Wall Street por parte de Arabia Saudita.

Lo que puede deducirse de todo esto es que Cristiano Ronaldo luce como un decorado en la trastienda de acuerdos que refuerzan el genocidio palestino. Y para eso le pagan millones de dólares, si se considera la responsabilidad directa de Estados Unidos con el suministro de armas y bombas a su «socio» genocida, Israel.

En estas condiciones, formar parte de la delegación oficial de Arabia Saudita y estrechar efusivamente la mano de Donald Trump es un acto que revela el cinismo moral de Ronaldo, que se acrecentó cuando le obsequió la camiseta número 7 de Portugal, diciendo:

«Para el presidente Donald Trump, jugando por la paz.»

Luego, ante la prensa, exclamó:

«Él es un hombre que puede cambiar al mundo.» (sic)

Y vaya si lo cambió: acrecentando el nivel de matanzas, invasiones de países y bloqueos genocidas, todo lo cual pone en riesgo la supervivencia de los seres vivos.

Luego le tocaría el turno de la ignominia a Lionel Messi, cuando encabezó la delegación de su equipo, el Inter Miami, casi una creación de la IA, que gira en torno a su ya legendaria actuación deportiva.

Para ese entonces, Messi ya sabía —no podía no saberlo— que, después de asesinar pescadores en aguas del Caribe, invadió y secuestró a Nicolás Maduro, violando olímpicamente el derecho internacional, asesinando a 130 personas, entre ellas 32 cubanos, y que el 28 de febrero, junto con su cómplice asesino Israel, atacó sorpresivamente a Irán, masacrando a su cúpula gobernante y asesinando a 180 personas, entre ellas mujeres, niñas y profesoras de un colegio.

De todo esto debería haberse enterado Messi en el país de las comunicaciones, salvo que Elon Musk lo haya llevado al espacio cósmico.

Por más analfabeto político que sea —y lo es, de lo cual cada uno es dueño de su propia ignorancia— asistió a un evento organizado por sus «amos», emergentes de la «mafia cubana» en el exilio que comenzaron en 1959 con sus ancestros: Jorge Mas Canosa y los padres de Marco Rubio, actual secretario de Estado de Estados Unidos.

Sus dueños se hacen llamar solamente Mas, porque el apellido Canosa tiene una estirpe de contrarrevolucionarios desde cuando invadieron Playa Girón en Cuba con el apoyo de la CIA de John Kennedy.

(«Buenos muchachos», diría mi abuela).

Lo de Messi, para los latinoamericanos, es quizá más doloroso que lo de Cristiano Ronaldo, porque Lionel es un migrante sudaca en Estados Unidos, aunque sea un migrante ultramillonario.

Ni un solo gesto de empatía con los miles de latinoamericanos perseguidos, expulsados y encarcelados por el régimen de Donald Trump. Ni con los pueblos de Cuba y Venezuela, atropellados brutalmente por los yanquis.

La presencia de Messi avala los crímenes contra las niñas de Irán y los procesos en curso actualmente contra Cuba, como lo manifestó con su presencia el «gusano» Jorge Santos Mas Canosa, dueño del Inter Miami y patrón de Messi.

Porque, como Cristiano, Messi fue con su patrón, como un esclavo que luce cadenas de oro, a estrechar la mano del «carnicero» de Washington, porque eso complace al mafioso que le paga su abultado sueldo.

Y aunque usted no lo crea, ni se sorprenda, en Irán —el país bombardeado y donde fueron masacradas niñas por Estados Unidos e Israel—, al conocerse las imágenes de pleitesía en la Casa Blanca, niños y adolescentes quemaron camisetas suyas y señalaron que él no representa a la niñez y juventud del mundo.

No todo da igual.

Messi había sido designado por UNICEF en 2010 Embajador de Buena Voluntad para defender los derechos de los niños, incluidos los de Cuba, Venezuela, Irán y Gaza, donde se los bombardea, asesina o mata de hambre en nombre de la democracia.

Como dijo Pablo Neruda:

«Existen manos que, cuando se alquilan, alquilan su honor con ellas…»

No es una cuestión de ideas o miradas políticas. Es una cuestión de humanidad.

Hay manos que, al estrecharlas, dejan grietas difíciles de subsanar; entre ellas, pequeños hilos de sangre buscan un cauce de justicia.

Recuerdo cuando Lê Đức Thọ, canciller de Vietnam, al recibir el Premio Nobel de la Paz, no le dio la mano a Henry Kissinger al compartir el premio. Y claro: le había matado a dos millones de personas de su pueblo.

Quizá sea necesario hacer un paréntesis histórico, porque el público puede pensar que es muy normal que un futbolista de élite —por su posición de clase— estreche la mano de los poderosos donde quiera que se encuentren, como una sumisión al poder, tal como hace cualquier vedette del fútbol u otro deporte.

Pero en la historia del fútbol hay honrosas excepciones, como la de Carlos Caszely, delantero de la selección de Chile en tiempos de la Unidad Popular y del golpe militar del 11 de septiembre de 1973.

Sucedió que luego de la dudosa clasificación de Chile al Mundial de Alemania, por influencia de Kissinger, y de que los trasandinos se clasificaran porque la Unión Soviética se había negado a jugar en el Estadio Nacional debido a que la dictadura de Pinochet lo había convertido en un campo de concentración y torturas, Pinochet se reunió con los jugadores para despedirlos uno a uno.

Pero cuando llegó a Caszely, este se negó a saludarlo y le dio la espalda cuando insistió en hacerlo, por lo que pasó a ser el jugador «del pueblo» que humilló a Pinochet en plena dictadura.

Esto indica la importancia de ciertas acciones en el momento justo y adecuado, cuando ese gesto se convierte en un desafío a aquellos que siempre están acostumbrados a la pleitesía servil de quienes se encuentran a su lado, incluyendo a los futbolistas, que pueden ser buenas personas, pero analfabetos políticos.

Lo de Caszely no pasó desapercibido. Fue excluido de la selección chilena y, cuando volvía de España, donde jugaba, era seguido y acosado por los esbirros de la dictadura. Su casa fue allanada dos veces y su madre, Olga Garrido, fue torturada brutalmente.

Mucho tiempo después, Caszely dijo que pertenecía al «partido de los deportistas con conciencia social».

Pero no todo es ignominia y servilismo en el fútbol del hipercapitalismo.

Siguen habiendo actos casi heroicos que cuestionan el orden existente de pretendida neutralidad política y falta de compromiso elemental con el sufrimiento de una parte de la humanidad.

Así, el 11 de mayo, cuando el Barcelona celebraba el título de la Liga Española, sucedió un hecho inesperado de dignidad.

En pleno desfile, el joven futbolista Lamine Yamal tomó una bandera de Palestina y la ondeó durante el recorrido del vehículo en el que iban los campeones.

Se calcula que unas 700.000 personas presenciaron este acto de dignidad humanitaria.

Para demostrar que su acción iba más allá de un acto festivo, Yamal subió la imagen con la bandera de Palestina en sus manos a su cuenta de Instagram, donde tiene 42 millones de seguidores.

El hecho no pasó desapercibido para los genocidas y sus apologistas.

El técnico alemán Hansi Flick no ocultó su fastidio.

No extraña lo del DT alemán, cuyo agente es el empresario israelí Pini Zahavi. Y la nacionalidad sí importa porque gran parte de los germanos son visceralmente sionistas y defensores incondicionales de Israel.

Por eso felicita a los que lloran de alegría por celebrar un título, pero no a los que lloran porque son masacrados y bombardeados todos los días, como les acontece a los palestinos.

Y Yamal lo sabe. Por eso, con la pureza que le otorga su juventud, trata de infundir sentimientos de solidaridad que cada vez se extienden más por el mundo.

En España, la maquinaria sionista publicó que Yamal debía irse a vivir a Palestina.

A la industria del fútbol capitalista no le preocupa nada este hecho, puesto que vale más el éxito individual que la masacre de miles de seres humanos.

En Israel empezaron a quemarse camisetas de Yamal como expresión de odio hacia cualquiera que mencione el genocidio y defienda a los palestinos.

Es distinta a la quema de camisetas de Messi en Irán, porque estas las hicieron niños expresando su repudio al encuentro entre Lionel y Donald Trump, mientras que en Israel lo hacen adultos que quieren seguir ocultando el genocidio.

Y esto a veces molesta al capitalismo deportivo, que ha convertido el festejo colectivo en una mercancía que debe ser consumida en términos políticamente correctos de neutralidad, analfabetismo político y estupidez a granel.

Y la «mafia» de la FIFA se encarga de controlar cualquier gesto o acción que se salga del libreto.

En Gaza, dos artistas palestinos pintaron un mural en el campamento de refugiados de Al Shati, donde Yamal sujeta con fuerza una bandera palestina sobre las ruinas de una casa destruida por los ataques israelíes.

En la bandera aparece escrito: «Love You» («Te queremos»), junto a un corazón rojo.

Diego Maradona

Y llegamos a otro poderoso ídolo de todos los universos, con gloria y tragedia mezcladas en una vida tumultuosa.

Atado al mástil como Ulises para no sucumbir a los cantos de sirena que lo atormentaban en el mar embravecido por las embestidas contra su pequeña humanidad, dejó una impronta indeleble.

Diego era, donde fuere el escenario de actuación, visceral, fuego puro de vida, a la que maltrató hasta donde pudo, y tuvo el coraje de reconocer que se había equivocado.

El 10 había comenzado como un futbolista desinteresado por las arenas del poder y, de a poco, se fue transformando en una figura con voz propia, refractaria a algunos presidentes, instituciones y corporaciones.

Contactó con el poder sin transigir en sus pensamientos ni comportamientos.

Diego no fue políticamente correcto porque no le interesaba la alabanza fácil ni comportarse con corrección diplomática. Muy pocos futbolistas tomaron partido o se posicionaron ideológicamente como él.

Siempre de la misma manera se plantó frente al Papa, a la mafia de la FIFA, a Fidel Castro, a Néstor y Cristina Kirchner, a Hugo Chávez, a los jeques árabes y a todos los especímenes de la farándula mundial, a quienes nunca les rindió pleitesía.

Maradona fue el triunfo posible de todos los Fiorito, un origen que nunca escondió y que convirtió en culto: el sedimento de las clases populares.

Ya siendo juvenil de Argentinos Juniors quedó atrapado en sus visitas grupales y venenosas al dictador Jorge Rafael Videla, cuando los futbolistas conscriptos del servicio militar y otros campeones mundiales juveniles de 1979 tuvieron que jugar en Rosario Central, el 9 de noviembre de ese año, ante una multitud y rodeados de militares.

Maradona fue uno de los pocos futbolistas que pidió por sus derechos constitucionales cuando tenía la posibilidad de ser vendido al Barcelona en 1980 y la dictadura lo etiquetó como «patrimonio nacional», impidiéndole emigrar.

¿Cuándo Maradona, a pesar de sus oscilaciones y contramarchas, comenzó a ser resbaladizo al poder, a medirlo, a cruzar de vereda?

Fue cuando tomó el camino contrario al de Pelé, una gloria más cercana a los señores de traje y corbata y, por lo tanto, más lejana a los hombres de Fiorito.

En 1980 se le plantó al periodista Bernardo Neustadt, negándole una entrevista y diciendo:

«Neustadt tiene derecho a elegir sus entrevistados, y yo tengo derecho a decir que no quiero ser entrevistado por tipos como él.»

O cuando, en 1986, antes de que comenzara el Mundial de México, se quejó ante el presidente de la FIFA, João Havelange, porque los partidos se jugaban al mediodía en medio del intenso calor.

Nunca se pronunció públicamente por quién votaría en las elecciones.

Dijo:

«Yo no me prestaría. A mí la gente me quiere porque juego bien al fútbol; entonces no lo puedo aprovechar para engañar a la gente.»

Ya en Italia, el patrón de la Juventus, Gianni Agnelli, expresó:

«No somos tan ricos para comprarlo ni tan pobres para necesitarlo.»

Nápoles sí necesitaba a Maradona, y el argentino hizo causa común. Y vaya que la Juventus se arrepintió.

En el Mundial de 1990, cuando le cobraron un penal que no fue, le pasaron factura porque él y Caniggia eliminaron a Brasil e Italia, que se habían confabulado para llegar a la final.

En esa final, al cantar el Himno, Diego infló el pecho e insultó a todo el estadio que lo silbaba.

Alguna vez dijo que la bronca era su combustible y que él elegía a quién saludar.

Su máxima emoción fue cuando le comunicaron que Fidel Castro quería conocerlo.

Luego de poco tiempo, Fidel se convirtió en una de las pocas figuras a las que Diego les sonrió sin reservas.

Y el flechazo con Cuba terminó de consumarse cuando, en 2005, viajó en tren a Mar del Plata para participar del rechazo al ALCA, donde trató de asesino a George Bush.

Fue entonces cuando comenzó una relación política y afectiva con Hugo Chávez.

En sus últimos años, en el final de su parábola, Maradona se mostró partidario de Néstor y Cristina Kirchner.

Una cosa es segura: Diego fue siempre pueblo y, como tal, nunca se postró ante el poder.

Codearse con él, sí; enfrentarlo también.

Y ambas posturas convivieron en su personalidad.

La vorágine de excesos que Diego persiguió sin descanso, su actitud desafiante y antiestablishment, coparon gran parte de la percepción sobre el personaje.

Es cierto que transitó esa misma cuerda floja entre los más ricos y la aristocracia mundial, pero nunca renunció a su origen ni dejó de volver a él.

Fue siempre una lucha entre el personaje que habían construido y el ser humano con una inmensa humanidad que exudaba pueblo por todos sus poros, yéndose de este mundo con sus dos grandes amores: sus padres y la Selección Argentina.

Fuente: Opinión

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