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Internacionales, Opinión

19 octubre, 2026

¡Arde París!

Las calles de París vuelven a ser escenario de una rebelión que excede las fronteras de Francia. Una juventud que no encuentra futuro, trabajadores golpeados por el ajuste y sociedades hartas de sus élites dirigentes comienzan a desafiar el orden establecido. Detrás de las barricadas reaparece una vieja pregunta: ¿hasta cuándo los pueblos seguirán soportando un sistema que les exige sacrificios mientras sus gobernantes los empujan a nuevas crisis y guerras?

Por Ricardo Monetta

8:13 pm h
arde paris 2

Los procesos históricos que no responden a la necesidad de los representados, tarde o temprano culminan en escenarios de alta conflictividad social, económica y, a veces, también sirven para camuflar acciones bélicas propias o inducidas. La soberbia de las sociedades europeas, a través del tiempo, disfrutó de un estado de bienestar que les permitía acceder a una vida relativamente cómoda y absorbente de las inmigraciones de países proxys.

Consta de 27 países por encima de la soberanía de los mismos países que la componen y cuyos líderes no son elegidos por la ciudadanía, pero toman decisiones sin dar cuentas a nadie, con un sistema no escrito de vasallaje casi absoluto de EE. UU. a cambio de supuesta protección por parte de la Casa Blanca, que les impone un modelo a seguir en la concepción globalista, cuyo derrumbe precisamente es la base de los conflictos que están surgiendo en toda Europa, porque sus ciudadanos no toleran más una situación de carencias de todo tipo que hacen que el presente y el futuro de esas naciones se hayan convertido en una pesadilla que ha llegado al hartazgo social. Y encima tienen que soportar un desvío descomunal del presupuesto nacional en una guerra que los ciudadanos repudian, pero en la que las élites corruptas con sede en Bruselas los han involucrado, por razones ideológicas, en una crisis económica y comercial de la cual quedaron atrapados, ya que tienen una dependencia tanto la OTAN como la Unión Europea de los designios de la Casa Blanca.

Y como no hay un punto de retorno posible, les aflora en algunas de sus naciones, como Gran Bretaña, Alemania y Francia, un sentimiento de guerra épica contra la Federación Rusa, cuando precisamente este país los favoreció con energía abundante y barata para que se desarrollaran. Y ahora se dan cuenta de que se pegaron un «tiro en los pies» y tienen que jugar la última carta en una guerra próxima, de la cual EE. UU. no participará.

Todo este precedente es para tratar de graficar un escenario donde y por qué el sábado 17 de octubre más de 800 mil personas, convocadas por estudiantes secundarios y universitarios, por los ya famosos Chalecos Amarillos y distintos sectores de trabajadores, fueron protagonistas de una jornada que luego se propagó a Bélgica, Portugal, Italia y Albania. Las calles francesas ardieron con barricadas y masivas columnas que desafiaron al operativo de represión. Quiero aclarar que no participo de la idea de violencia extrema con incendio de locales comerciales. En toda manifestación multitudinaria, más allá del núcleo duro de los manifestantes, siempre hay dos tipos de infiltrados: los de los extremistas de partidos de derecha que vienen sumando votos, como Marine Le Pen, y los delincuentes comunes que se suman a los manifestantes y aprovechan para saquear.

Esta enorme manifestación comenzó el 21 de septiembre en el Colegio Saint-Exupéry de Gretel, en la periferia obrera de París.

Mientras tanto, el contagio de la lucha francesa impactó de lleno en la juventud italiana, encendiendo un debate profundo en las escuelas y universidades frente a un presupuesto de dos puntos del PBI por debajo del promedio europeo y con salarios docentes estancados. A esto se suma el rechazo frontal al rumbo autoritario y las medidas reaccionarias de la extrema derecha de Giorgia Meloni y de su ministro de Educación, Giuseppe Valditara, que incluye un racismo explícito sobre los estudiantes de origen migrante.

En Alemania, las juventudes han interrumpido del 22 al 16 de octubre con contenedores y vallas en los accesos a los colegios… Para colmo, el gobierno pronazi de Friedrich Merz quiere reintroducir el servicio militar obligatorio (?).

La pregunta es: ¿por qué salen los estudiantes y los jóvenes a las calles a protestar? Estas luchas no caen del cielo. Los últimos años han sido testigos del despertar de una generación que se movilizó en todo el mundo contra las atrocidades de los imperios coloniales de EE. UU. y Europa, conscientes de que sus perspectivas bajo este sistema globalizado, aferrado a políticas de ajuste y guerras absurdas, poco tienen que esperar.

Mientras los ecos de la Marsellesa y la Internacional sonaban en las calles de París, la Francia sublevada les mostraba un camino a los explotados y oprimidos de todo el mundo.

Hace pocos años, un gran filósofo, Enzo Traverso, escribía: «Las marchas revolucionarias son como la respiración de la Historia». En estos momentos, en el mundo, la «derecha» está sacada. Hablan de defender a Occidente, cuando este mismo Occidente, en nombre de la civilización, ejecutó el colonialismo explícito, el saqueo de bienes y riquezas en otras partes del mundo. Y Francia ejerció ese «occidentalismo» por siglos. Y así fue que, en nombre de la civilización, imponía dictadores, normas y lenguas. Esa Francia, hija de la inmigración, puebla hoy las barricadas. Porque ahora en Francia transpira anticolonialismo. Porque exuda el odio de generaciones a ese Estado imperialista que, además de entregarles su desprecio, los condena a la carencia de futuro.

En aquel recordado Mayo Francés del 68, los estudiantes escribieron en aquel «otro París»:

«La barricada cierra la calle, pero abre el camino».

Si lo sabremos nosotros con nuestro Cordobazo, porque de esas cenizas germinará el futuro.

Fuente: Opinión

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