La escena es impresionante. El miliciano no tiene dudas. En tiempos de crueldad, aludir al dedo mutilado de Lula debe ser redituable. Es el significante de una falta que lo humilla, que deja al desnudo su insuficiencia; entonces lo llama «nueve dedos». La burla debería, en su imaginación, ser celebrada. Sin embargo, Lula narra que el accidente es producto de la explotación laboral, del trabajo precarizado e ilegal que sufrió siendo menor de edad, trabajando como tornero mecánico, experiencia desconocida por el canalla ahora fugado. Lejos de avergonzarlo, la falta testimonia la dignidad; es el símbolo de la injusticia, de una opresión ancestral, de la esclavitud y la desigualdad de los desposeídos. Esa falta que, para quien representa a los explotadores, significa la impotencia de la desposesión, es para Lula el sentido de su dignidad, de su lucha, de su existencia.
Es que no solo han cambiado tempestuosamente los vientos de una cultura que ya no celebra la crueldad, sino que la escena transparenta lo que está en juego: la desigualdad. La ausencia del dedo índice simboliza la desposesión de los trabajadores, de los medios de producción, de la riqueza que producen, de la humanidad de los que representa, y el gesto de Lula, de exigir disculpas, repara a los desposeídos por un sistema de injusticia social. Fue una escena más reveladora que mil discursos. Nunca sabremos cuánta incidencia habrá tenido en la remontada histórica del líder del Partido de los Trabajadores, pero sucedió, seguro, en un momento en el que el goce esclavizador y prepotente de las derechas va trocando en el mundo que vislumbra nuevas luchas por la igualdad, por la justicia social, por la libertad, por una nueva oleada histórica en la que el esclavo intenta liberarse del amo.
Es necesario mirar Europa y sus revueltas. Los resultados electorales de Brasil, Estados Unidos e Israel. La descomposición del «modelo paraguayo». Es que la injusticia del capitalismo perdura, más allá del declamado fin de las ideologías, del fin de la historia después de la caída de la Unión Soviética (1). Las desigualdades económicas y sociales, la explotación del hombre por el hombre y sus consecuencias son cada vez más graves y descomunales.
No a otra cosa se refirió el papa León XIV ayer en Uruguay. Dijo, en un discurso muy profundo, que «la soledad, la angustia y la pérdida de la esperanza pueden llegar a ser tan profundas que una persona deje de encontrar razones para continuar viviendo. Ante la dolorosa realidad del suicidio, la atención sanitaria, los vínculos familiares y la cercanía de la comunidad resultan inseparables. Nadie debería llegar a sentirse extraño entre los suyos, ni pensar que su ausencia importa menos que su presencia. Otras formas de sufrimiento se manifiestan en el cuerpo o en las condiciones de vida: la enfermedad, la discapacidad, el dolor físico, la pérdida de autonomía, la pobreza, la falta de trabajo o la exclusión pueden hacer especialmente necesaria la ayuda de los demás. Recientemente he experimentado en primera persona las limitaciones que impone la enfermedad y he recibido cuidados por los que estoy profundamente agradecido. Esta experiencia me lleva a pensar en tantos hombres y mujeres que carecen de medios para obtener un diagnóstico oportuno o recibir los tratamientos que necesitan. Procurar que la atención sanitaria esté al alcance de cada persona, independientemente de sus recursos, es una responsabilidad que interpela a toda la sociedad. Quien atraviesa cualquiera de estas situaciones no deja por ello de ser miembro pleno de la sociedad ni pierde nada del valor de su vida…».
Es un mensaje bellísimo en el que reivindica el valor de la vida humana. De toda vida humana. Es un mensaje vivo, grave, en el que, lejos de condenar el suicidio, lo comprende como el producto de la desesperanza que generan la insensibilidad, la exclusión laboral y social y las desigualdades. A lo que agrego que, en un país tan rico, ningún niño debería irse a dormir sin comer.
Exalta la necesidad de cuidado y protección de los más vulnerables y destaca el derecho humano igualitario a la salud, a la vida plena y a la justicia social. Es un mensaje profundamente espiritual y político que interpela el sufrimiento intolerable de las existencias que se expresan en el suicidio y en la ausencia del Estado como garante de ese acceso igualitario a la salud y a la protección social, a la salud como un derecho y no como un privilegio. Realiza un diagnóstico preciso. Señala un tratamiento muy claro.
(1) Ayer se recordó un aniversario de la Revolución rusa, paradójicamente la Revolución de Octubre. Sucede que Rusia por entonces utilizaba el calendario juliano (atrasado 13 días) y el resto de Occidente, el calendario gregoriano. Lo importante es que —más allá del destino de esa revolución— sus causas en las flagrantes desigualdades e injusticias y sus aspiraciones de un mundo mejor, más humano, siguen intactas.
Sergio Brodsky












