Las recientes elecciones legislativas de medio término en EE. UU. resultaron un verdadero misil en la línea de flotación de la administración del arrogante «orangután naranja», Donald Trump, que inesperadamente lo coloca en una situación con muy poco margen de acción política directa, porque sus decisiones van a ser controladas por un Congreso adverso. Pero, además, lo notable de estas elecciones fue que aparecieron actores ignorados en la sombra política, de origen étnico, que no tienen nada que ver con el racismo predominante de los anglosajones sionistas.
Ya el primer signo se había producido con el nombramiento de Zohran Mamdani en la alcaldía de Nueva York, nada menos, a pesar de ser acusado de comunista por Trump, y con la diputada por Detroit, Rashida Tlaib, que desataron un fenómeno similar al «macartismo» y la Guerra Fría de décadas anteriores, hasta cometer el dislate verbal de Trump de acusar a Cuba de propiciar que los jóvenes yanquis se hubieran volcado al socialismo por primera vez en la historia.
Muchos mostraron su preocupación, a pesar de ocultar lo más posible la información de que dos concejales del Partido Comunista fueron elegidos en la ciudad de Bangor, Maine, e Ithaca, en Nueva York.
Pero el detalle sustantivo de la historia nos marca que, en 1949, 538 municipalidades tenían alcaldes socialistas. Ese partido tenía decenas de legisladores estaduales y nacionales, y el Partido Comunista había elegido como diputados, a través del American Party, a Víctor Marcantonio, Hugh DeLacy y Leo Isaacson. Tanto Nueva York, California, Minnesota, Wisconsin y Dakota del Sur eran estados con fuertes contingentes socialistas y comunistas. ¿Y qué fue lo que pasó? Ocurrió que hizo irrupción el «macartismo» (la persecución política), que eliminó este desarrollo.
Pero el germen del socialismo no murió. Solo quedó encapsulado hasta hace poco. La rebelión de los jóvenes de distintas clases sociales, el desgaste de una sociedad sometida a una economía de guerra pésima, antes administrada por la administración republicana, y, sobre todo, por una inflación desbocada por la crisis del petróleo y, especialmente, del diésel, componente fundamental de la logística de EE. UU., determinaron que un tsunami de votos sepultara los designios imperiales de un autoproclamado emperador guerrero, con pretensiones de estadista, que ni siquiera supera la talla de un Nerón de cotillón farsesco.
Y de pronto, como si fuese una profecía autocumplida, no solo la derrota en las urnas fue demoledora, sino que perdió en estados clave, donde el racismo y la supuesta supremacía «blanca» terminaron con la narrativa absurda de los grandes medios para ocultar las mentiras y la defraudación al erario público por el enriquecimiento personal del presidente y sus amigos, en complicidad con Wall Street y el CIM.
Pero sucedió que los votantes menos pensados, que sufrieron durante décadas el desprecio de los supremacistas de Washington, como eran los inmigrantes y los hijos de esos inmigrantes, demostraron que la dignidad, el orgullo y el intelecto no son patrimonio exclusivo de determinados grupos étnicos ni raciales, sino que simplemente se ganaron un lugar en la vida y en el escenario político, de tal manera que coparon las elecciones tradicionalmente dominadas por los dueños del capital, en un sistema donde la acumulación de dinero permite las más obscenas estrategias políticas disfrazadas como «donantes», así como los medios masivos de las corporaciones operaban en contra de la rebelión de los sometidos por el sistema.
Fue así que Xavier Becerra, hijo de migrantes mexicanos, de 68 años, le ganó a Steve Hilton, nada menos que en California, con sus tecnócratas feudales que gastaron U$S 435 millones de dólares en la campaña, con el 65 % contra el 34 % de su oponente. Aquí el gran perdedor fue Mark Zuckerberg, dueño de Meta y otras plataformas, y gran «felpudo» de Trump.
También la hija de inmigrantes mexicanos, Gina Hinojosa, venció, tras largo dominio republicano, a Greg Abbott, constituyéndose en la primera gobernadora latina de Texas. Esto sin dejar de mencionar a James Talarico, en el mismo Texas, que se quedó con la senaduría del mismo estado. Y la sorpresa continuó con el triunfo de Abdul El-Sayed, primer senador musulmán por el estado de Michigan, epidemiólogo, acusado de «terrorista» potencial por Donald Trump. Y varios casos más que evidencian que hay momentos en que los pueblos dicen basta al engaño y a la manipulación de la mentira de una democracia digitalizada a imagen y semejanza de una élite que, desde su fundación, construyó su poderío a través del poder bélico, el dólar como moneda única de comercialización en el mundo y Hollywood como entretenimiento y adoctrinamiento de los valores que jamás se cumplieron.
Ahora bien, dicho esto, el interrogante es: ¿cómo las élites sobrevivirán al «colapso» Trump? ¿Cómo rescatar al hombre que transformó la política exterior de EE. UU. en un ejercicio de voluntad personal y depredación estratégica, y que enfrenta la posibilidad de un impeachment o juicio político?
Quienes conocen el verdadero funcionamiento del poder en EE. UU. saben que las urnas raramente despojan a las élites de su botín. El cambio, si llega, será cosmético. El «Estado profundo» del poder, ese que se ejerce desde los directorios de las corporaciones como Silicon Valley, las oficinas del Tesoro y los cuarteles generales de las corporaciones bélicas, no se somete a los ciclos electorales.
La «Doctrina Donroe» no nació de un discurso improvisado: nació de una estrategia deliberada, codificada en la Estrategia de Seguridad Nacional de noviembre de 2025. No se trata solo de petróleo. Se trata de minerales críticos como el litio, el cobre, el tungsteno, las tierras «raras» y, además, de las cadenas de suministro y de expulsar a China y Rusia del hemisferio, y de convertir a América Latina en la reserva estratégica de un imperio que ya no confía en el orden liberal que construyó en 1945.
A pesar de la derrota electoral, eso no implica que los métodos de la política de Donald Trump y de la Doctrina Donroe lleguen a su fin. Las élites tecnológicas, financieras y bélicas no retrocederán en su intento de controlar los «commodities» del sur global, porque sencillamente de ellos depende su existencia.
Lo que sí puede cambiar es el método. La Doctrina es el síntoma de un cambio estructural más profundo: el capitalismo digital-militar se ha replegado al continente americano y ya no necesita de la democracia para expandirse. En su lugar, construye infraestructuras de control (Palantir) y datos satelitales que operan por encima de los Estados americanos, que entregaron su soberanía para constituirse en un laboratorio regional, precedidos por gobiernos de destrucción interna que obligan a una dependencia absoluta del «patrón del norte».
Pero, como la geopolítica es sometida constantemente a una dinámica de cambios, apareció el fenómeno «Lula» en Brasil, que significó perder el mayor centro de poder geopolítico de Latinoamérica. Además, le siguió la derrota catastrófica en el propio seno de EE. UU., a lo que, como «cereza del postre», se sumó la defección fulminante del presidente Peña en Paraguay, uno de los ejemplos del «neoliberalismo vernáculo» que supimos conseguir.
El Departamento del Tesoro, a través de Office of Foreign, es el brazo financiero de la Doctrina Donroe. De él dependen las ayudas financieras de rescate de países subordinados.
Es cierto que el dominó caído en los gobiernos vasallos le quita poder político a lo que le queda a la administración Trump. Pero conserva facultades como jefe de Estado para adoptar el lenguaje de la narrativa como posibilidad de una nueva era.
Tanto Donald como Benjamín entraron en una fase crítica cuya única salida, en sus mentalidades, es profundizar la guerra. Solo sé que ocurrirá. No sé cuándo.
Solo queda recomendar a nuestro «Javo»: «Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas en remojo».
Fuentes: Opinión/Rebelión (foto)












