Si la realidad pierde su densidad humana, el sufrimiento ajeno se convierte en contenido, un producto más de las narrativas que responden a la insensibilidad de un grupo de la especie llamada humana que juega a ser dioses del Olimpo a costa del sufrimiento de los demás. La naturalización del genocidio de Gaza denota que no solo fue un conflicto, sino que fue la bisagra que dobló para siempre el concepto de compasión global que debería ser inherente en aquellos que tienen el poder decisorio de quién o quiénes pueden seguir viviendo, transformando la dignidad humana en un destino inevitable cuyo pecado es haber nacido en el lugar equivocado, en el momento equivocado de la Historia, y suponer ser un obstáculo para las huestes mesiánicas del fundamentalismo nacionalista extremo y religioso, como ejemplo de un “destino manifiesto” o bíblico como pretexto para cometer las atrocidades más sórdidas disfrazadas de “cruzadas libertarias”, con una narrativa maniquea que ya no engaña a nadie que tenga un mínimo de razonabilidad y espíritu crítico.
Esta nueva aventura guerrera de un imperio en decadencia, con un socio que ha sido cooptado por una ideología de proyecto colonizador del gran capital como lo es el sionismo, se aprovecha de la tecnología y del poder militar para abandonar sus promesas de libertad y progreso y convertirse en el instrumento perfecto de una barbarie limpia, abstracta, de “precisión quirúrgica”, como se dice ahora, y sobre todo “rentable”. Es en este mundo distópico, en medio de un caos institucional, donde la historia deja de ser una conspiración y se revela como el “manual” de operaciones no escrito de nuestra época, donde la impunidad, el chantaje institucionalizado y la ingeniería geopolítica se fusionan y se constituyen como beneficiarios finales.
Esta guerra entre EE.UU., Israel e Irán se veía venir porque la frustración de la “banda Epstein”, Donald Trump y Benjamín Netanyahu los había dejado lamiéndose las heridas luego del frustrado ataque de junio de 2025, de la ya famosa Guerra de los 12 Días. A partir de ese momento, se empezó a diseñar y a convencer, a través de los medios de comunicación, un proyecto de satanización y demonización de Irán como si fuera un peligro para “Occidente”, su existencia como nación y su carrera armamentística, incluida la “bomba nuclear” tan temida. Hace casi 30 años que Bibi Netanyahu venía con ese relato mentiroso para encontrar una justificación a todas sus acciones deshumanizantes.
Mientras tanto, Donald se metió solo en una trampa, condicionado por su fracaso en apoyar a la OTAN en la guerra Rusia-Ucrania. Lo de Venezuela solo tuvo la espectacularidad del secuestro de Nicolás Maduro, sin que en los tribunales de Nueva York le encontraran ninguna vinculación con los carteles del narcotráfico. Y el petróleo de las zonas más ricas lo manejan Rusia y China, que habían firmado contrato con Venezuela por muchos años, algo que la prensa se encargó de ocultar. Luego vino el fracaso de la imposición de aranceles a medio mundo, y sobre todo a China, ante quien se tuvo que doblegar porque Xi Jinping le contestó con la misma moneda. Y, como frutilla del postre, la extorsión de los “archivos Epstein”, que la Comisión de Justicia se encargó de clasificar y separar entre los que podían servir para extorsionar a cuanta personalidad política, financiera, de dinastías impolutas, actores y actrices del mundo del espectáculo, megamillonarios, embajadores, etc. Porque los archivos famosos no son un registro del pasado: son un arma cargada que puede torcer el brazo al más poderoso.
Donald Trump se erige como el personaje trágico y a la vez emblemático de esta dinámica perversa. Fue el “cazador” convertido en “presa”. Pero la prensa se calla, se alinea; la oposición negocia sus decisiones; el ciclo de noticias nacionales e internacionales se monopoliza en el ocultamiento. Para un Trump desencajado, sería la salvación enterrar las revelaciones de Epstein bajo el manto sagrado del patriotismo. Para Benjamín, que es otro líder atenazado por procesos judiciales masivos y una protesta social feroz, un conflicto abierto con Irán supone un elixir que lo transforma de acusado en imprescindible líder de la guerra.
En este contexto, apenas iniciada la acción bélica fue Israel quien atacó a Irán. Las fuerzas de EE.UU. tuvieron poca participación por ahora, manteniendo los portaaviones lejos de las costas iraníes. Pero lo que sobrecogió al mundo fueron dos noticias que no se pueden dejar de mencionar: una, la supuesta muerte del ayatolá Jamenei, anunciada por el propio Trump, que luego nadie pudo confirmar ni desmentir, ya que la Cancillería de Irán guarda silencio al respecto. De todos modos, es el patrón común de Israel tratar de decapitar a los líderes opositores como si eso supusiera la sumisión de la población civil. Pero los iraníes serán una teocracia religiosa, pero no son tontos. El mismo ayatolá había dejado documentación donde establecía una línea sucesoria en caso de fallecimiento o eliminación. Esta línea consta de cuatro capas de líderes religiosos que se irían sucediendo en caso de acefalía mayor, junto a quienes formarían parte del Consejo Asesor y que habitarán residencias distintas.
Otra información lamentable que recorre el mundo es el acto criminal perpetrado por un avión caza israelí que disparó un misil contra un autobús de niñas escolares que concurrían a clase. Se calculan entre 80 y 90 muertes inocentes. Sin comentarios. Nos hace recordar Gaza.
El engaño diplomático de Trump consistía en ordenar a sus enviados para las negociaciones, a su hombre de confianza, Steve Witkoff —empresario inmobiliario y no diplomático—, y a Jared Kushner, yerno de Trump, sionista vinculado al Mossad, que tampoco es diplomático, que recitaran como papagayos en la feria condiciones a todas luces inaceptables para Irán, pero que iban ganando tiempo para que la logística de las fuerzas militares de EE.UU. estuviera completa.
Por lo pronto, los Guardianes de la Revolución ya han tomado el control del estrecho de Ormuz. A partir de ese momento, el precio del petróleo se disparó y, si la guerra dura demasiado tiempo, la economía mundial reaccionará en forma negativa, porque por Ormuz pasa el 20 % de la producción mundial y los países de las monarquías árabes se verán perjudicados notablemente. Es el precio que tienen que pagar por prestar sus bases a EE.UU.
En las guerras se conoce cuándo comienzan, pero no cuándo terminan. Por eso la coalición anglosionista no se puede permitir una extensión prolongada de la misma, porque la economía norteamericana, entre algodones, puede caer en recesión.
Lo que está sucediendo en Medio Oriente no es una excepción, ya que la violencia no es una anomalía que irrumpe en un mundo pacífico, sino una de sus formas extremas de regulación del poder y de las psicopatías de sus líderes.

