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Se viene el mundial, ¿se viene?

Hubo tiempos en que la cercanía de un Mundial despertaba una ansiedad colectiva imposible de ocultar. Esta vez parece distinto. Entre recuerdos de hazañas futboleras, tragedias, manipulaciones políticas y héroes populares, surge la pregunta incómoda de qué pasa cuando ni siquiera el fútbol alcanza para disimular el malestar de una sociedad que siente que perdió mucho más que algunos partidos.

Por: Sergio Brodsky

31 mayo, 2026

11:05 am

No hay clima de inminencia, ese clima de ansiedad que anticipa el comienzo de una Copa Mundial de fútbol. Esa fiesta que está por cumplir pronto los cien años, precisamente en 2030, cuando se celebre el aniversario de su inicio en el memorable Estadio Centenario de Uruguay. Allí ganaron los locales una final amañada en la que Argentina ganaba dos a cero y la Celeste lo dio vuelta, 4 a 2 en el segundo tiempo, con un clima de presión tal que hizo declarar a Luis Monti que: “En el 30, en Uruguay, me querían matar si ganaba, y en Italia, cuatro años más tarde, si perdía”, es que a las amenazas personales y a su familia en Montevideo se sumaron unas más graves de Mussolini cuando en el 34 vistió la Azzurra, para confirmar, además, de entrada, que el fútbol trasciende largamente la dimensión deportiva y atraviesa el ámbito económico, político y social.

El 38 fue en Francia, ganó otra vez Italia y luego vino la guerra. Volvió con el Maracanazo del 50, en el que Uruguay venció a Goliat 2 a 1, cuando Brasil, en el Estadio Maracaná repleto, necesitaba solo un empate para coronarse. Nació la epopeya por un lado y la tristeza sin fin encarnada en el arquero Moacir Barbosa que, por no cubrir el primer palo en el segundo gol uruguayo, fue el chivo expiatorio de la derrota, bautizado desde entonces como “el hombre que murió dos veces”. La idea del triste apodo fue del escritor mexicano Juan Villoro. Dicen que una vez una señora cruzaba la calle con su niño del brazo y, al encontrar a Moacir, dijo al pequeño: “¿Ves ese hombre que está ahí, hijo mío? Ese hombre está muerto”. Tan apasionado es el fútbol que el mismo Barbosa asumió que “la pena máxima en Brasil por un delito es de treinta años, pero yo he cumplido una condena de por vida”, al haber sufrido el destierro social. Moacir falleció físicamente el 7 de abril de 2000, por segunda vez.

Los brasileños se desquitaron ganando los mundiales de 1958, 1962 y 1970, instaurando el jogo bonito con una generación de cracks en la que se destacaba, además de Pelé, Mané Garrincha (sobrenombre que proviene de un pájaro torpe y veloz que vive en la selva del Mato Grosso), un muchacho zambo que, al ser operado sin éxito, quedó con ambos pies girados para adentro, por lo que el médico pronosticó que no podría seguir jugando al fútbol, pero no contó con la tozudez de Manuel, que utilizó su condición para engañar a los rivales, confundidos al no saber para dónde engancharía con sus pies dados vuelta. También un psicólogo de la selección desaconsejó su incorporación a la Verdeamarela porque su deficiencia mental, decía, lo hacía incompatible con el juego en equipo. Otra vez la ciencia se equivocaba cuando Garrincha ganó el Mundial de Suecia y el de Chile (58 y 62), siendo elegido el mejor jugador en el segundo caso.

En el país que se precia de ser el más alegre del mundo, puro mito, el ídolo murió solo y abandonado el 20 de enero de 1983, tirado en las calles de Río de Janeiro, luego de una ingesta continuada de alcohol y de días sin comer. Las sombras de su niñez habían vuelto luego de una felicidad efímera y tormentosa.

Inglaterra ganó en su casa en el 66 a Alemania con un gol que no fue válido, cuando claramente se observa que la pelota no traspasa la línea del arco. Así, ratificando que mañas y picardías son universales, pierde vigor moral el supuesto fair play europeo cuando se quejan con escándalo de la Mano de Dios. Aún más cuando, en el polémico encuentro con Argentina en ese Mundial, el árbitro alemán Rudolf Kreitlein expulsó a Rattín por supuestos insultos, aunque el jugador no hablaba alemán y el árbitro no entendía español. Rattín, pidiendo un traductor, se negó a salir de la cancha por casi diez minutos y, al retirarse, se sentó en la alfombra roja destinada a la reina y retorció un banderín con los colores británicos. El público inglés estalló llamando “animals” al equipo argentino, que terminó perdiendo uno a cero en un partido imposible.

En el 74 ganó Alemania, pero casi nadie se acuerda más que de un equipo extraordinario, moderno, original: Holanda, la Naranja Mecánica que salió subcampeón con tácticas súper creativas, una polifuncionalidad en la que no había puestos fijos y la presión al perder el balón al modo de una manada de lobos, por la que todo el equipo arreciaba al jugador rival para recuperarla. No creo que los holandeses conocieran a Pichon-Rivière, que utilizó la misma táctica con sus pacientes mentales del hospicio para ganarle al equipo de los médicos: asfixia de todo el equipo sobre el rival que tenía la pelota, que caía en un pánico fóbico que lo paralizaba.

En el 78 comienzan mis recuerdos personales. La euforia impostada era el síntoma de un Mundial manipulado políticamente por la dictadura cívico-militar mientras, a pocas cuadras del estadio, funcionaban campos de concentración clandestinos donde secuestraban, torturaban y desaparecían opositores al régimen. En ese Mundial, en el que ganamos la copa al cinismo y al terror, las únicas que mantuvieron la dignidad fueron, de los jugadores, Carrascosa, el capitán de la selección que se bajó del equipo, y, por supuesto, las Madres de Plaza de Mayo, que aprovecharon para denunciar ante la prensa extranjera el genocidio simultáneo a la “fiesta deportiva sin igual”.

El Mundial de España en el 82 comenzó con una derrota en el debut argentino contra Bélgica, un día antes de la rendición en Malvinas, episodio que ató para siempre ambos acontecimientos. Así se leyó, inevitablemente, la genialidad, la epopeya de Diego que eliminó a los ingleses en el 86: un gol con la mano y el otro, el mejor de todos los mundiales. Encima trajo la copa. Andrés Burgo escribió sobre ese acontecimiento, que parece unir hechos tan disímiles, un libro extraordinario que se titula, precisamente, El partido.

El 90, el recuerdo sobrevuela el gol del Cani, casi milagroso, con que eliminamos a Brasil, y una final en la que los perjudicados fuimos los argentinos. En el 94, los yanquis y la FIFA le cortaron las piernas a Diego y se vengaron de tanto coraje para denunciar sus mafias. El 98 fue Passarella dejando fuera a Redondo porque no quiso cortarse el pelo, en una absurda idea de disciplina. El 2002, Argentina se fue enseguida, como se iban los jóvenes después del estallido del modelo neoliberal, obligados al exilio por un país injusto que los arrojaba a la miseria.

Después de varias frustraciones, volvió la ilusión a la tierra del Diego y de Lionel, de los pibes de Malvinas, que jamás olvidaré (“Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar”, canción escrita por Fernando Romero y popularizada por La Mosca Tsé-Tsé). El deseo de ganar la tercera estaba intacto por la calidad de los futbolistas y por haber ganado la Copa América en el Maracaná, a Brasil nada menos. Encima podíamos ver al Diego desde el cielo, con Don Diego y la Tota, alentando a Lionel.

Hoy no está ese clima de fervor e ilusión. Tal vez no pueda alegrarse tanto al ver a jugadores de la selección sacarse fotos fascinados con el máximo criminal del mundo, con el representante del Imperio que tanto denunció, el mismo que asfixia a Cuba, la amenaza con invasiones y muerte, nada menos que a la isla que tanto amó como símbolo de la liberación de la Patria Grande.

Tal vez los pibes de Malvinas se sienten esta vez olvidados, vaya a saber, por un país que votó un presidente que admira a Margaret Thatcher y entrega la soberanía por la que dieron sus vidas. Tal vez, desde el cielo, Diego, decepcionado, nos reproche ser cagones para no defender a los jubilados, por no reaccionar ante las injusticias y la aniquilación de las personas con discapacidad, los pobres, los trabajadores, los universitarios; el pueblo sufrido por un gobierno que, estoy seguro, no dudaría en calificar de fascista.

No hay clima de Mundial, no hay. Es que es un Mundial muy loco también, en el que uno de los países organizadores ha amenazado con bombas a los otros. Y es que la gente no está para festejos, está para ver cómo consigue el mango que lo haga morfar, está cayendo en la cuenta de que todo es mentira, nada es amor, y que ni siquiera el fútbol, como recurso de desahogo en el que se desplaza la expectativa de gratificación ante tantas frustraciones, va a funcionar esta vez, en la que caímos tan abajo, en la que, como sociedad, nos fuimos al descenso.

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