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En este guerra absurda también cabalga el poderoso caballero «Don Dinero»

En medio de la escalada bélica en Medio Oriente, y como siempre sucede, el peso de los intereses económicos atraviesa el conflicto. Petróleo, poder financiero, industria militar y geopolítica aparecen como engranajes de una guerra que, más allá de los discursos oficiales, vuelve a poner en escena al viejo protagonista de siempre: “Don Dinero”. Detrás de las decisiones políticas y militares se esconde una disputa por el control de recursos, mercados y hegemonía global.

Ricardo Monetta

15 marzo, 2026

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10:53 am

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Todas las guerras son un retroceso civilizatorio. Ya sean por expansión territorial, por ideologías, por geopolítica y también, por qué no, por dinero. El asunto está muy claro. La nueva aventura militar en la que se han embarcado el “clan Epstein”, Donald Trump, Netanyahu y los “archivos”, contra Irán parece ser una sed insaciable de poder y codicia. Por supuesto, la primera víctima del mundo, en mayor o menor grado, es la economía.

El lunes 2 de marzo, la ampliación del conflicto a toda la región del Medio Oriente, su prolongación en el tiempo y el cierre del estrecho de Ormuz —por el que transita el 20 % del petróleo del mundo por día— provocaron una suba inmediata del precio del “oro negro”. Hasta el petróleo del mar del Norte, alejado del conflicto, subió un 13 %. Es que la inestabilidad geopolítica preocupa a las empresas y ha provocado una corrección en los mercados bursátiles. Todo ello amerita la idea de que esta guerra no es más que el resultado del afán de poder del inquilino de la Casa Blanca, y que la economía, además de los inocentes, será una de las víctimas.

En términos generales, lo que se desprende de esta narrativa es una lógica puramente geopolítica que dominaría el mundo a partir de ahora. El problema de esta interpretación obcecada y criminal es que los retos económicos pasan a un primer plano junto a los juegos de poder. A partir de ahora, la lógica de acumulación de capital ya desempeñaría un papel fundamental en los conflictos por venir.

De hecho, lo que es cierto en relación a Irán es que, a finales de 2025, la República Islámica tuvo que hacer frente a un levantamiento de su población, exasperada por el agotamiento de su economía, que debilitó los cimientos del régimen. Lo mismo le ocurre a Donald Trump, que ya no puede ocultar su fracaso económico. Fue elegido con la promesa de poner fin a la crisis del poder adquisitivo y a la desindustrialización del país, pero se ve obligado a retomar los argumentos de sus antecesores para negar lo que es evidente: la existencia de una crisis del nivel de vida de sus compatriotas.

Su política proteccionista, con aranceles absurdos, ha sido incapaz de detener el desempleo industrial y la pérdida de competitividad del dólar como elemento de valor en las transacciones de comercio. Lo que sigue siendo, a pesar de todo, la principal economía del mundo se apoya en cuatro grandes pilares: los servicios financieros, el sector militar, la extracción de hidrocarburos y la tecnología de punta. Y como vemos, la guerra con Irán responde estrictamente a las necesidades de estos cuatro ámbitos.

Hay una cuestión subjetiva que es de enorme importancia para mantener el status de “amo del mundo”, como pretende Trump. Si los actores de todo el mundo confían en el billete verde es porque confían —o confiaban— en su capacidad para dominar el mundo. Y siempre encontrará compradores para pagar sus operaciones comerciales, y porque el cuantioso déficit público que tiene EE. UU. es parte integrante de este modelo económico, y también porque Wall Street utiliza la demanda como “materia prima”.

Pero la aparición de los BRICS (Brasil, Rusia, China e India) y la puesta en venta de los bonos de la Reserva Federal puso de manifiesto que la estructura de confianza de los competidores globales comenzó a diversificarse, dejando de lado el dólar a pasos acelerados. Entonces se comenzó a “acelerar la máquina” belicista que terminó en esta guerra absurda.

No es casualidad que los regímenes autoritarios, y en particular los con tendencia fascista, hayan hecho crecer el sector militar (el CIM agradecido). Este es un ámbito que permite dar la ilusión de crecimiento gracias al gasto público y compensar así los sectores deficientes de la economía.

Cuando el crecimiento mundial se ralentiza, el reparto de la “torta” se vuelve cada vez más difícil y conduce naturalmente al militarismo. Uno —recién lo explicamos— porque permite reforzar las condiciones de depredación que se han vuelto inevitables para los capitalistas de las grandes potencias.

Uno de los retos de esta guerra es el control de la producción petrolera, pero lo que se persigue es un control político. Por eso la remanida frase de Trump: “cambio de régimen”; o sea, cambiar el existente para poner un títere, como cuando derrocaron a Mosaddegh en Irán para entronizar al Sha de Persia, que ejecutó una perfecta dictadura mientras EE. UU. explotaba todo el petróleo. Hasta 1979, cuando el ayatolá Khomeini inició la revolución islámica que tanto EE. UU. e Israel no le perdonaron.

Trump no llegará nunca a una negociación por el petróleo iraní, porque lo que él quiere es una prolongación en el tiempo en las decisiones políticas que le aseguren la totalidad del petróleo de la cuarta reserva del mundo.

En la mente del inquilino de la Casa Blanca está la posibilidad, con esa conquista, de debilitar a China, que es su principal enemigo en el horizonte y uno de sus principales proveedores.

Detrás de esa fuerza bruta del “orangután naranja” hay, por lo tanto, un objetivo económico crucial para el modelo económico soñado por Donald: el de una economía basada primordialmente en el petróleo y el gas, que se apoya en grupos petroleros muy poderosos.

Trump se basa también en el sector armamentístico a través de tres palancas: una, declarar que la producción armamentística es necesaria para legitimar la defensa del país (?). El crecimiento militarista es una huida hacia adelante que se resuelve con la destrucción del enemigo. Pero los últimos fracasos de Afganistán, Irak, Ucrania y ahora Irán parecen indicar lo contrario.

Le cuesta también encontrar aliados de antaño, porque en este contexto económico los europeos están sumidos en una profunda crisis energética, y es desde el punto de vista económico que los sectores militares franceses, británicos y alemanes puedan acompañar en esta aventura a Trump, aunque comulguen algún credo imperialista en un sueño húmedo de recuperar esplendor perdido con una burguesía corrupta e ineficiente.

Mientras tanto, no es casualidad que Washington haya utilizado la Inteligencia Artificial para los ataques contra Irán, pero les falló y destruyeron una escuela con 158 niñas, como lo hace con los francotiradores en Gaza. Son crímenes de guerra, a pesar de que la empresa Claude Antropic se oponía a esos fines bélicos.

Ya a nadie razonable le cabe duda de que las motivaciones de este conflicto tienen dos raíces: el deseado resurgimiento norteamericano dentro de una lógica económica imperial y el destino manifiesto de Israel de justificar una guerra de peligro existencial que, en realidad, busca eliminar al último estorbo para colonizar territorios para la construcción del “Gran Israel sionista”. Todo lo demás es “pour la galerie”.

Fuente: Prensa Alternativa.

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