Como el libro iba dirigido a los niños, la amenaza era doble para la visión censora. En verdad, sus cuentos molestaron a los tiranos porque cuestionan un orden absoluto y natural de las cosas, un orden injusto, y sugieren que otra realidad es posible cuando florecen los valores de la solidaridad y de la resistencia a las arbitrariedades de los poderosos, por la construcción de un universo más amable, sensible y bello.
La temática de los relatos abre la posibilidad de pensar y, sobre todo, imaginar una sociedad más igualitaria, una comarca que se realiza en el bienestar común a partir de la unión, la resistencia a los atropellos, la cooperación entre los seres y la reparación de las injusticias.
El libro invita a ver la realidad desde distintos ángulos y, en ese sentido, el relato del “caso Gaspar” es emblemático. Gaspar es un vendedor que —aburrido de ofrecer manteles caminando con los pies— comenzó así a andar con las manos, de modo que todas las cosas se veían diferentes ahora. Claro que no todos lo aceptaron de esa manera. “Me rechazan porque soy el primero que se atreve a cambiar la costumbre de marchar sobre las piernas… si supieran qué distinto se ve el mundo de esta manera, me imitarían… paciencia… ya impondré la moda de caminar sobre las manos…”, decía sin resignarse.
Muchos creyeron que estaba loco y que había que encerrarlo: “Cuidado, un loco suelto —gritaron a coro al ver a Gaspar—”, que los escuchaba divertido, lo más campante: “¿Loco yo? Bah, opiniones”. La policía lo detuvo, aunque no sabían definir el delito que Gaspar estaba cometiendo. Luego de infinidad de consultas a comisarios y jueces llegaron a la conclusión de que no había ninguna ley que prohibiera desplazarse con las manos.
Las leyes no prohíben caminar con las manos pero sí, con su fuerza, normalizan la posesión de grandes propiedades para pocos y la expulsión, el desahucio y el destierro de la mayoría. Son las leyes que sacralizan la propiedad privada de los que pueden comprar el aire, el agua, los lagos; se apropian de la naturaleza y de las callecitas… mientras otros viven la intemperie y el desamparo, sin puerta, sin ventanas ni sueños.
En el drama de esa arbitrariedad se monta el cuento del “Pasaje de la oca”. El vecindario vive contento hasta que un día Álvaro Rueda llegó con su automóvil para informar que era el dueño de ese terreno y que lo haría desaparecer, lo haría demoler para construir un gran edificio con la finalidad de archivar su valiosa colección de estampillas.
Los vecinos, angustiados por la inminencia del desalojo, se reunieron en asambleas, pensaron, discutieron, se sintieron juntos, fuertes y solidarios. Los unía una historia compartida, la fraternidad, los afectos que les daban identidad común: una comunidad barrial. Encontraron así, entre todos, una solución.
Cuando la ciudad dormía, tomaron el pasaje por las puntas y lo mudaron al campo, que con generosidad recibió la callecita fundadora de lo que, con el correr del tiempo, llegó a ser el fabuloso pueblo de la Oca, para desconcierto y desmayo del propietario que encontró vacía la calle cuando se proponía demolerla.
Un poco más difícil fue para los gatos resolver las fechorías de su congénere, el comesol. También conocido después como acaparasol, ese felino parecía un bobo e incluso recibía la burla de los gatos del barrio. Sin embargo, vivísimo —si se puede decir así, y así lo dice el cuento—, pergeñaba la construcción de un artefacto-embudo que absorbía todos los rayos solares.
La subestimación del resto les impidió ver el peligro que se acercaba. Aún más: lo ayudaron con algunos materiales. Total —pensaron— ¿qué daño podría hacer un pobre e inocente loco? Cuando se despabilaron de la soberbia y la estupidez, el tigrecito ya se tragaba los rayos de sol con su embudo y los guardaba en toneles que vendía a precios monopólicos. Así, la oscuridad, el frío helado y la miseria se apoderaron de este país de los gatos.
Algunos pocos pudieron salvarse comprando los toneles de sol, pero la mayoría padecía el frío glacial. Finalmente, el pueblo gatuno, luego de arduos debates y un difícil proceso de unidad, urdió un plan para aleccionar al codicioso y angurriento acaparasol y devolver a todos el derecho a la luz y el calor. Esa lucha colectiva contra el egoísmo del gato malvado los convirtió en un pueblo feliz.
El “año verde”. Así llama Elsa Bornemann, en su imaginación, al tiempo en que los sueños deben cumplirse. Ese relato, que tituló precisamente “El año verde”, describe a un rey que todos los años prometía, al llegar diciembre, que todos serían felices ese año, porque era el año verde.
El rey estaba tan lejos del pueblo cuando declamaba su discurso sobre el año verde que no veía los pies descalzos de la gente. Además, no podía escuchar porque era sordo. Así los años pasaban con la promesa de felicidad y la inminencia del año verde que la traería.
Al fin, cansado de promesas, un muchacho tomó un día una lata de pintura verde y una brocha con tanto entusiasmo que comenzó a contagiar al resto a pintar todas las casas y todo el pueblo de verde, hasta que el reino mismo fue pintado de ese color, lo que obligó al monarca a huir despavorido.
Por fuerza de la decisión de todos decretó, ese día, la llegada del año verde: aquel en el que la esperanza de ser felices por fin se concreta.
Estos cuentos prohibidos por la dictadura nos muestran tiranos autoritarios y crueles que parecen bobos, que prometen la felicidad pero se apropian de lo que es de todos; hasta de los recursos naturales: el sol, el agua, la vida. Egoístas, voraces, codiciosos, roban la alegría a una comunidad que se resiste, pelea, se une, piensa, lucha y logra la justicia.
Es ese ideal humanista de este maravilloso libro, esos sueños de igualdad y de un mundo mejor —los mismos que enarbolaban nuestros treinta mil desaparecidos— el que enfureció a la dictadura de este pueblo gris, tan gris hoy como ayer, con tiranuelos que parecen bobos pero que entregan el sol, el aire, se roban callecitas y sueños.
Un país tan pero tan de ceniza que necesita que hundamos la brocha en la lata y lo pintemos de todos los colores; sobre todo el verde, el color de la esperanza, el color del año en que todos, juntos, peleando, resistiendo y cooperando —qué duda cabe, Elsa— seremos felices.
(1) En este marzo que conmemora los 50 años del golpe propondremos todos los domingos una columna que trate de los libros prohibidos por la dictadura, para que, sobre todo, los niños y los jóvenes sepan la tragedia que sufrió la Patria, para que nunca más suceda, bajo ninguna forma. El próximo domingo será dedicado a Haroldo Conti y su novela Mascaró, el cazador americano.
(2) Julio Juan Bardi, militar, ministro de Bienestar Social y Salud Pública de la dictadura del genocida Jorge Rafael Videla.

