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Peter Thiel y sus adláteres de Palantir: El anticristo que aterrizó en la Argentina

Una figura clave del poder tecnológico global desembarcó en la Argentina envuelta en misterio y polémica. Entre negocios, geopolítica e inteligencia artificial, la presencia de Peter Thiel reaviva interrogantes sobre el rol de las élites digitales, el avance del capital privado sobre los Estados y los riesgos de una nueva arquitectura de poder mundial.

Por: Ricardo Monetta

29 abril, 2026

6:46 pm

Este misterioso y, a la vez, poderoso personaje llegó a la Argentina rodeado de guardaespaldas, con el objeto de quedarse por dos o tres meses. A tal efecto, se compró una mansión en Barrio Parque, de la Capital Federal, por apenas U$S 12 millones de dólares. (Su fortuna asciende a U$S 34 mil millones de dólares), supuestamente para estudiar la experiencia anarco-capitalista capitaneada por los hermanos Milei. (?) (Nos toman por bol….)

Peter Thiel encabeza a los multimillonarios de Silicon Valley, California, que se hacen llamar anarco-capitalistas y se proponen en el mundo apoderarse del Estado para destruirlo desde adentro y reemplazarlo, acabando con las formas democráticas e instaurando una dictadura de los algoritmos (al servicio de los multimillonarios), lo que en esta primera etapa consiste en respaldar sin reparos la hegemonía militar de EE.UU. e Israel.

Hay que desconfiar, y mucho, de este tipo, como así también de Elon Musk, quienes consideran que no solo es un derecho individual de algunos ricos acceder a todo tipo de trasplantes, incluido el del cerebro, sino que confían en la Inteligencia Artificial (es dueño de Palantir) para modificarlo todo, incluidos los sentimientos, dando lugar a transhumanos aspirantes a la eternidad (?). Hay que consignar que Thiel y sus adláteres de Palantir, Karp y Szeminska, y su hijo putativo, el vicepresidente Vance (y los neopentecostales sionistas, de los cuales el “pastor” Dante Gebel es un buen ejemplo de su ala soft), son la némesis del verdadero cristianismo, su enemigo mortal: el anticristo.

Hay que aclarar que los enemigos de estos “anticristos” son los soberanistas, ya sean comunistas, socialistas, radicales, peronistas y todas las naciones cuyos pueblos y dirigentes, a pesar de sus diferencias, acuerden algo tan elemental como preservar y acrecentar las capacidades nacionales de fijar rumbos de sus existencias. Pero hay más claro aún acerca de la razón por la cual estos anticristos sostienen que EE.UU., en manos privadas, debe ganar la carrera de la IA y del poder militar: consideran que la rivalidad con China solo se puede resolver con la derrota inapelable de la misma China, porque de lo contrario los orientales vencerán.

Hay una autopercepción en Silicon Valley de que han descubierto la verdadera “patria”. Tan es así que tanto Karp como Thiel, y Palantir, participan de la idea de que defender a Occidente es demasiado importante para dejárselo en manos del Estado. Tanto el cofundador de Palantir, Alexander Karp, como su asesor legal Nicholas Zaminska son elogiados en el New York Times por Jamie Dimon, Eric Schmidt y el general Mattis, inspiración declarada del gobierno de Keir Starmer, de Londres.

La estructura del manifiesto es la siguiente: Karp y Zaminska empaquetan neoconservadurismo clásico en el lenguaje de innovación y emergencia civilizatoria. No proponen regular el poder de Silicon Valley, sino expandirlo (por eso Thiel vino a la Argentina), orientarlo, darle una misión más grande. O sea, la IA como el átomo de este siglo.

Es la misma operación retórica del populismo de derecha contemporánea, la de Trump incluida: un diagnóstico compartido que desemboca en una solución excluyente. La crítica al consumismo digital trivial, al vaciamiento de la clase política, a la impunidad de las élites financieras, son algunas observaciones que resuenan. Funcionan como respuesta de entrada a un edificio ideológico muy distinto.

La objeción más seria es también la más obvia: la tecnología siempre terminó incorporada a la maquinaria de guerra del Estado. El radar, Internet, el GPS, la energía nuclear emergieron o fueron acelerados por la lógica militar. (¿Qué tiene de nuevo en este caso?). La diferencia no está en la incorporación, sino en quién conduce el proceso y en qué dirección corre la causalidad.

En los casos históricos clásicos, la secuencia fue: el Estado financia, la tecnología emerge, después el sector privado. El poder soberano mantuvo, al menos formalmente, la conducción. Hubo deliberación pública, marcos regulatorios, tratados internacionales. La biotecnología tuvo moratorias. Existía una arquitectura de control que no era solo retórica.

En cambio, Karp propone invertir esa secuencia. El capital privado ya construyó la infraestructura y ahora le ofrece al Estado su uso en sus términos, bajo su lógica. Palantir no trabaja para el Pentágono como Boeing fabrica aviones: define qué información ve el Pentágono, cómo la interpreta y qué decisiones habilita. Eso es poder sobre el conocimiento, no solo poder industrial.

La segunda diferencia es la velocidad. La IA no tiene el ciclo largo de la física nuclear o la ingeniería aeroespacial, que permitiría, aunque sea en teoría, supervisión y deliberación. Se despliega en tiempo real, se actualiza sola y sus efectos son difíciles de atribuir.

La tercera diferencia es la más importante: en este caso, la tecnología no solo se incorpora a la guerra, sino que redefine qué cuenta como guerra. La vigilancia de poblaciones civiles, la manipulación internacional, la predicción de comportamiento político son ahora (oh, qué casualidad) parte de la defensa nacional. Y este no es un fenómeno solo norteamericano.

Europa misma protagoniza su propia reconversión industrial hacia la lógica bélica, porque sus élites tienen el sueño húmedo de poder luchar contra Rusia. Y eso no es coincidencia: es el mismo clima ideológico operando en simultáneo a ambos lados del Atlántico, en el norte y sur de Sudamérica.

Tan es así que Renault anunció el desarrollo de un dron de uso militar y civil y selló una alianza con el Grupo Turgts Gaillard. También Volkswagen negocia con la firma israelí Rafael la producción de componentes para sistemas de defensa antimisiles. Los analistas de Citi bautizaron este fenómeno como el “trade anything but autos”: la industria europea, en crisis por la caída de las ventas y la competencia china, encuentra en el rearme una salida (de invertir en proyectos industriales y de manufacturas, ni hablemos).

La transición de ruedas a armas es posible porque las capacidades subyacentes son transferibles. El marco institucional ayuda: la Unión Europea movilizará 800.000 millones de euros para acelerar la inversión en defensa (y en defensa también de las cuentas privadas, al igual que las sumas destinadas a Ucrania), y esto porque Trump los obliga a imponer el 5,5% del PBI a costa de los programas sociales, salud y educación.

Alemania no olvida su pasado nazi, encarnado con su premier Merthz, y asigna 12.000 millones de euros para construir su arsenal de drones. La startup de defensa más valiosa del continente, Helsing, comenzó haciendo software militar y expandió su oferta de drones con asistencia de IA y jets de combate autónomos. El modelo de negocio es idéntico al de Palantir: tecnología privada que define las capacidades operativas de los Estados.

En Europa, como siempre patéticos, el discurso de legitimación no apela a la grandeza civilizatoria sino a la autodefensa ante la amenaza rusa. Deberían saber que van 15 años atrasados.

El presupuesto militar de EE.UU. para 2027 ha sido propuesto en una cifra récord de U$S 1,5 trillones, más de un 40% de aumento para su “civilización” guerrera ante la inevitabilidad de un imperio que se hunde. Ahí es donde Palantir y Thiel aparecen, con su superioridad tecnológica, mostrando que las nuevas guerras ya se están incubando en el nido de las serpientes del nuevo fascismo.

Por último, la generación de inteligencia artificial exige enormes cantidades de energía y agua, por lo que no sería extraño que compre terrenos cerca de alguna empresa hidroeléctrica que pueda satisfacer esas necesidades.

Total, si nuestro país está de remate para los jeques y los nuevos “colonos”, en la Patagonia.

“Ay, Patria mía”.

Fuente: con información de Pájaro Rojo.

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