La cara más violenta de la anestesia es la indiferencia frente a la crueldad y al dolor. La banalización del mal, el hábito de ver todos los días personas, jóvenes y niños comiendo de la basura, jubilados y discapacitados apaleados. La apatía, la connivencia. Cerrar los ojos, zozobrar en la costumbre. La renegación, negar que se niega, dice Ulloa, es la posición del idiota. Agrego, la del perverso.
En los hechos espantosos, violentos, macabros, en apariencia extraordinarios, que sucedieron en estos días en San Cristóbal, en Chajarí y en Federación —a los que no me voy a referir porque los medios y las redes los han convertido ya en indigestos—, la insensibilidad más absoluta frente al sufrimiento del otro se expresa cabalmente como síntoma paroxístico de una degradación ética y social normalizada.
Uno de los modos de resistencia frente a la cultura de la mortificación es —acudo a conceptos de Fernando Ulloa— el escándalo. El término, dice, tiene un origen interesante: alude al escandal, una pequeña vela triangular que inventaron los vikingos para orientar el aire contra la vela mayor y poder navegar contra el viento que la hace ruidosa. Ulloa habla de la necesidad de escandalizarse frente a la crueldad, a la destrucción de la ternura —afecto que se le opone— en los lazos sociales, de ser, incluso, éticamente escandaloso.
El escándalo es una reacción ruidosa que visibiliza y denuncia la violencia institucional y social. Es, en el mejor de los casos, el señalamiento estrepitoso de la indiferencia frente a la crueldad que quiebra la ternura y la dignidad en situaciones de desamparo y encerronas trágicas. Es, creo, una saludable estridencia de quien aún puede indignarse frente a las injusticias y actuar. Por eso es lo contrario del adormecimiento. Nada tiene que ver con el morbo mediático o el oportunismo político; más bien, esta forma del escándalo se les opone.
Es, siguiendo a este fructífero psicoanalista, el posicionamiento que posibilita el pasaje de la queja a la protesta, de la intimidación a la intimidad y de la infracción a la transgresión. En el primer caso se trata de una actitud pasiva, individualista y victimizada que sostiene la cultura de la mortificación, frente a la protesta como acto digno, colectivo y creativo que la transforma. Requiere lucidez y valentía para exigir derechos y justicia. Es, en definitiva, el tránsito del descontento pasivo a la acción colectiva, activa y organizada para modificar la realidad.
La segunda es la actitud que transforma el miedo y el silencio (intimidación) en empatía y pensamiento crítico. En el tercer caso se trata de pasar de la infracción como conducta ventajera, resignada y anómica, a la de la transgresión que supone una toma de conciencia y una recuperación del deseo y la lucha.
Fernando Ulloa ha sido el referente del psicoanálisis argentino que ha hablado de la ternura, de la necesidad de la ternura como resistencia frente a la barbarización de los lazos sociales que atraviesan nuestros mundos, en tiempos de ferocidades; el que ha desnudado los mecanismos socioculturales de la crueldad; quien creó estas herramientas conceptuales para pensar lo inconcebible e insoportable de los efectos traumáticos de la cultura de la muerte en la época de la dictadura y de los procesos de exclusión y violencia de los 90. Su vigencia es notable y su utilidad inapreciable para intentar transformar el adormecimiento en escándalo. Y este en esperanza de cambios.

