Así encabeza la OXFAN su informe 2026. OXFAN es una organización internacional, no gubernamental, de la que participan 19 ONG. Su nombre es un acrónimo de la entidad fundadora, Oxford Committee for Famine Relief (Comité de Oxford para aliviar la hambruna), en 1942, durante la Segunda Guerra Mundial. Su estudio permanente del modo de distribución de las riquezas en el planeta se ha convertido en referencia internacional.
El control e influencia de los más ricos sobre la política no es algo nuevo; de hecho, se trata de un fenómeno habitual en muchos países de todo el mundo.
En un artículo anterior me referí al deterioro de la calidad representativa en las democracias modernas. Ahora veamos cómo, además, existe sesgo en la actividad política. El informe OXFAN de 2024 decía:
Las empresas vinculadas a los 10 hombres más ricos del mundo gastaron 88 millones de dólares en actividades de cabildeo (nos resulta más conocida la voz inglesa lobby) en Estados Unidos, más que todos los sindicatos juntos.
Alguno podrá apurarse a decir que eso es ilegal, para lo que habría que entrar en algunas consideraciones. Todo depende. Desde el punto de vista empresarial puede esgrimirse que son actividades para obtener resultados beneficiosos, una especie de propaganda. Habría que hilar más fino y preguntarse si los mecanismos de control son eficientes como para detectar conflictos de intereses de funcionarios públicos provenientes del sector privado (por ejemplo, diputados o senadores con antecedentes de asesoramiento o dependencia en privados interesados en brindar servicios al estado o en la explotación de recursos comunes). Para decirlo más simple: el lobo en el gallinero o el doble estándar de jugar como regulador y regulado.
En un artículo de Reventós y Torrens que puede trasladarse a nuestra realidad, titulado “Los ricos, los pobres y el espejo que no queremos mirar”, dicen, haciendo foco en su país (España):
Los milmillonarios tienen 4.000 veces más probabilidades que el ciudadano común de ocupar un cargo político. El 11% de los milmillonarios del mundo han ocupado o aspirado a cargos públicos. Elon Musk compra Twitter por 44.000 millones de dólares y lo convierte en una plataforma para amplificar sus ideas políticas y atacar a sus enemigos. Pero no vayamos tan lejos. Los parlamentarios del Congreso y del Senado españoles no son milmillonarios. Pero el 57% tiene más de una vivienda (muy por encima de la media de la población), las propiedades múltiples son muy superiores también a la media de la población, el salario medio sin contar complementos por cargos y funciones, es de unos 3.300 euros brutos mensuales (la media de la población está en menos de 2.700, y muchos millones de trabajadores están muy por debajo de los 2.000). Resumiendo, la realidad de la mayoría de los parlamentarios y parlamentarias españoles están en niveles de patrimonio superiores a la mayoría de la población. No es nada extraño que estén sesgados hacia determinadas políticas económicas que benefician a los ricos.
Cuál sería la sorpresa de los articulistas españoles si supieran que el desfasaje que relatan para su país hay que multiplicarlo por 6 o por 11 para nuestro país. Nuestros diputados (¿podemos decir con seguridad “nuestros”?) tienen un ingreso bruto por su función de $ 6.000.000 y “nuestros” senadores $ 11.000.000. No estoy en condiciones para afirmar que tienen más de una vivienda como los españoles, pero por casos de cercanía podemos suponerlo con gran razonabilidad. Según el INDEC el ingreso promedio de los argentinos es de alrededor de $ 1.100.000 y la línea de pobreza se traza a la altura de $ 1.400.000.
Es decir, los representantes de los ciudadanos tienen ingresos muy superiores a la generalidad de las personas, con estándares de vida que no los hace partícipes de las necesidades cotidianas de cada uno. No tienen necesidades de hacer cuentas en el supermercado, ni hablar con la inmobiliaria para avisarle que se va a atrasar unos días con el alquiler, ni ponerle la mejor cara al empleador ante el pedido para que se quede una horita más (que, por supuesto, no va a pagar), ni rascar el bolsillo para cargar la SUBE, ni recurrir al fiado del almacenero del barrio (devenido en financista involuntario), ni de tantas cosas que ni siquiera pueden suponer. Hacen su vida lejos de la inestabilidad y, como para dejar evidente el sesgo, mandan sus hijos a colegios privados, recurren a los más caros prestadores de salud, compran ropa en el extranjero y hacen vacaciones al estilo Disney.
Supongamos que no reciben favores. Supongamos que no van a lujosas cenas invitados por empresarios, o que no reciben pasajes aéreos, menos que reciben favores dinerarios (nadie imaginaría semejante cosa). ¿Por qué habría de suceder? Simplemente, están cursando la vida sin tocar el barro de las luchas cotidianas y, en su impoluta honorabilidad, piensan y actúan como ricos.
Recuerdo una conversación con Alcira Argumedo en el living de mi casa (la hermosa y sabia Alcira), debió haber sido por el 2011/2012. Era diputada nacional, vestía con ropas sencillas, le vi usar la misma cartera Primicia negra, cuadradita, durante varios años y, en ocasiones, andaba en su Fiat 600. Ese día, tomando un té, contaba entre risas que por cercanía tenía la costumbre de ir al Congreso caminando. Una vez se le había hecho tarde en la Facultad (tenía una Cátedra en Sociología de la UBA) y no tuvo más remedio que ir en el auto. Cuando encaró al estacionamiento del Congreso con su Fitito el que controlaba el acceso no la dejó entrar porque no le veía como diputada. Se vio obligada a mostrar su credencial. Esta historia, que es bastante más de una década vieja, la contaba para explicar con simpleza y elocuencia el estándar de vida de sus colegas.
Mientras escribo, fue aprobada la reforma a la ley de protección a los glaciares. ¿Cuánto de lo apuntado acá habrá tenido que ver en la decisión de los 137 diputados que votaron a favor y de los 3 que se abstuvieron? Esto también tiene una pregunta oculta: ¿Cuántos de los que votaron en contra lo hicieron porque tenían la certeza que su voto no modificaba el resultado final?
La trama social es muy compleja, hay un peso de responsabilidad enorme de los que ocupan espacios de poder, pero también hay una acción sinérgica del conjunto social. La trampa es que el modelo nos empuja a tomar caminos que sostienen las inequidades sociales. No se trata solamente de votar bien. Y esto es importante tenerlo en cuenta a la hora de echar culpas. ¿Cuál es la posibilidad real de informarse adecuadamente para emitir el voto? ¿Qué beneficios se obtienen en las elecciones del costo (material, intelectual) de formarse e informarse por un voto individual? ¿Cuál es la cuota parte de la “ignorancia racional”?
El vecino, tiene la misma realidad que la mía, es un laburante, hizo su análisis, diferente al que hice yo. ¿Tengo derecho a pensar que lo hizo de manera dañina? ¿Es un efecto deseado de los estratos superiores del sistema que yo piense así? La desconfianza induce a la vigilancia del otro. Andamos por la vida fabricando tabiques, poniendo del otro lado al que piensa diferente. Es la disputa todoterreno, de todo el día, de todos los días, la que ocurre aún en silencio, la que se convierte en el motor complementario de la hegemonía dominante.
El deseo individual de consumo es el que da solidez a la propuesta del sistema, que propagandiza que cada persona debe hacer uso del derecho a poseer, a adquirir hasta lo más superfluo. Somos parte de ese todo, actores necesarios. Identificar la conducta es el primer acto de revelación, la que con un poco de entusiasmo puede conducir a la rebelión. Bien sabemos que los cambios ocurren por la presión social.


