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«El Cordobazo»: crónica de una épica que hizo historia en la política argentina

Cuando el tiempo descongela la memoria y se abre el baúl de los recuerdos, tomé conciencia de que fui partícipe de un momento histórico que transformó a la política argentina, que reaccionó a las ansias dictatoriales del gobierno militar de Juan Carlos Onganía. Un año antes se había producido, en la vieja Europa, lo que se denominó "El Mayo Francés".

Por: Ricardo Monetta

28 mayo, 2026

7:24 pm

Pero eran parecidos, aunque diferentes. Eran casi dos caras de la misma moneda, en cuanto a una respuesta contestataria a los designios de la época. Por esos tiempos, América Latina «hervía» de fervor revolucionario. Hacía solo dos años que el Che Guevara era ejecutado en Bolivia y su leyenda revolucionaria se esparció por todo el planeta. Las esperanzas de una sociedad desalineada, herencia del siglo XIX, habían recorrido con pavor distintos caminos sin encontrar respuestas. Pero no hay que confundir los hechos. El Mayo Francés fue una rebelión contestataria desde un espacio civil intermedio, llámense estudiantes y clase media burguesa, que buscaba romper la presión asfixiante de un espacio familiar conservador y retardatario que empezaba a ser un obstáculo para el desarrollo de las sociedades modernas. EE.UU. y Europa vivían la época de la posguerra y los jóvenes querían pensar en algo más que en la mera subsistencia. Los gobiernos no se daban cuenta de que la sociedad cambiaba, las universidades crecían y se masificaban, y el choque entre los jóvenes estudiantes y el viejo orden era inevitable. Los jóvenes buscaban espacios libres para romper la moral dominante y el Barrio Latino de París era un territorio libre donde podía expresarse quien quisiera. Por eso, el Mayo fue una revolución cultural. Pero jamás fue una rebelión con ánimo destituyente del poder político.

La diferencia con el Cordobazo estriba en que, en nuestro país, venía signado por una dictadura que ya llevaba tres años, la de Onganía, en la cual se habían conculcado todas las reivindicaciones laborales, sociales, educativas, etc., que asfixiaban a una sociedad que toleraba, pero no compartía, la rigidez de un régimen corporativista apoyado por la cúpula mayor del clero. Onganía venía adoctrinado en West Point, EE.UU., donde asimiló la Doctrina de Seguridad Nacional con todos los elementos que ello implica para dominar cualquier intento de rebelión popular.

En ese contexto histórico, se produjeron decisiones políticas contra los derechos de los trabajadores y de los estudiantes, bajo el lema de modernización y transformación del Estado. Se planteó un plan económico cuya base filosófica y política se asentaba en el más crudo neoliberalismo, que proponía el quiebre de la industria nacional y dejar el mercado de consumo en manos de los monopolios. Además, se decretó la paralización de la Comisión del Salario, la ley de represión de los conflictos sindicales, la intervención de los sindicatos, el retiro de la personería gremial de los mismos, la violación de los contratos colectivos de trabajo, la ley de congelamiento salarial, la modificación de la ley de indemnizaciones, la eliminación del «sábado inglés» y, nada menos, que la intervención a la Universidad con «La Noche de los Bastones Largos», donde alumnos y profesores fueron desalojados y apaleados en forma miserable y cobarde, en una brutal ofensa a los académicos.

En este clima hostil, en medio de una indignación popular, el paro activo por 48 horas no se hizo esperar. Fue entonces que se citó a una reunión de la plana mayor del sindicalismo cordobés, con figuras de notable liderazgo gremial y político como Agustín Tosco, figura consular, René Salamanca, Elpidio Torres, Atilio López de UTA (asesinado en los Bosques de Palermo por la Triple A). Agustín Tosco era secretario de Luz y Fuerza, el gremialista más valiente, honesto e inteligente que he conocido. Entre ellos, en un café de Avenida Olmos, Córdoba, acordaron la realización de un paro activo con abandono de los puestos de trabajo y marcha sobre el centro de la ciudad para el 29 de mayo de 1969, a partir de las 11 hs., partiendo cada columna desde sus lugares de trabajo. Los estudiantes de la periferia los esperaban en la Plaza Vélez Sarsfield, y los demás estábamos en Barrio Clínicas. Para eso ya había una combinación de elementos sensibles a partir de huelgas reprimidas en todo el país, que se verificaron con los asesinatos de Juan José Cabral en Corrientes, y Adolfo Bello y Luis Blanco en Rosario.

Había en toda la ciudad un clima de inminencia. Algo tenía que pasar. Y pasó. En el amanecer de aquel histórico 29 de mayo, la población cordobesa se despertó con el ulular del despliegue policial que se ubicaba en sitios estratégicos.

La huelga era un paro activo sin violencia, a pesar de la bronca acumulada. Así fue que los obreros de Materfer, Perkins, IKA Renault, Grandes Motores Diesel y Fábrica de Aviones, todos juntos, iniciaron una larga marcha hacia el centro de la ciudad, donde iba a realizarse un gran acto. En el camino se unían a las columnas ciudadanos comprometidos en la lucha contra la dictadura. Al mismo tiempo, otra gran columna de la fábrica Santa Isabel, de automotores, se unió llevando, por las dudas, bulones. Mientras tanto, desde Villa Revol, el líder Agustín Tosco, al frente de su columna, avanzaba hacia el centro de la ciudad en una marcha a la que se le sumaban civiles para acompañar a semejante líder gremial.

Al mediodía, la columna de IKA Renault es interceptada en barrio Horizonte, pero las fuerzas populares la desbordan sin violencia y se dirigen hacia la Plaza Vélez Sarsfield. A las 12:15 hs., la Caballería carga contra los manifestantes y cae herido el obrero Oscar Castillo. Todas las columnas agrupadas, incluyendo a los estudiantes, sumaban cerca de 8.000 personas. Y se produjo entonces la instancia que provocó el desborde: en la intersección de Boulevard San Juan y La Cañada cae herido de muerte el obrero Máximo Mena. La noticia corrió como reguero de pólvora y es entonces que el conflicto se desmadra. Bancos y edificios de empresas extranjeras sufrieron roturas de vidrios e incendios. Durante varias horas, casi 30.000 activistas «tomaron la ciudad».

Mientras tanto, en Barrio Clínicas, barrio eminentemente estudiantil, se organizó un bloqueo desde sus inicios en Plaza Colón hasta Alto Alberdi, con un perímetro total de 150 cuadras. En el «Clínicas» se colocaron barricadas con todo tipo de enseres y los vecinos colaboraban con muebles viejos y carros que atravesaban la calle. A la noche se cortaba la luz y la policía no se animaba a entrar. Desde los techos se arrojaban todo tipo de proyectiles, pero no armas de fuego. Fue entonces que el gobernador pidió a la Presidencia que enviara tropas del Ejército, que llegaron de la mano del general Calcagno, junto con un grupo de artillería y asalto.

Ante el cariz que tomaba la situación, el Comando del Tercer Cuerpo de Ejército dio a conocer un comunicado donde daba cuenta de la formación de un Consejo Especial que tenía la función de juzgar a las personas que fueran sorprendidas en actitud beligerante. Aun antes de que se asomara el sol del día siguiente, se escuchaban disparos de armas de fuego. Las cifras oficiales hablan de más de 20 muertos, pero se creía que había muchos más.

Yo recuerdo que en las paredes de la Maternidad Nacional, frente a Plaza Colón, alguien había escrito con aerosol: «Barrio Clínicas, único territorio libre de América». Por muchos años se conservó la consigna.

Muchos años después se tomó en cuenta la dimensión del Cordobazo. Este acto revolucionario le quitó el prestigio político a Onganía, que enseguida tuvo que renunciar, asumiendo Alejandro Lanusse. Él mismo escribió: «Yo intuí que ese 29 de mayo fue el momento crítico que marcó el fracaso de la Revolución Argentina de los militares».

Como decía Agustín Tosco: «La derecha, el fascismo, en todas las instancias históricas que le ha tocado protagonizar, ha ido a los extremos, y si alguna vez se ha parado a dialogar, ha sido para fortalecerse y atacar con ímpetu y con mala saña. La movilización constante y la lucha popular son la mejor manera de enfrentarlo».

¿Habrá algunos argentinos que tengan el valor de los ejemplos que siguen vigentes desde hace 57 años?

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