El 5 de junio el Indio Solari se vuelve inmortal. Lo era hace mucho, pero ahora sus letras nos hablarán mucho más que un rato en la esquina; ahora sus letras nos convocan, su voz resuena en el corazón de quienes lo siguieron por toda la Argentina, pero también tiene eco en quienes nunca lo pudieron ver, pero lo escucharon. El Indio es la piba tirada en un basural, es el pibe olvidado en una cárcel sucia, es el gurí que camina yendo a la escuela, es la madre que corre para llegar a tiempo a todos lados, es el padre que ruega que su hijo o hija vuelva sano a casa cada fin de semana. El Indio es calle, es barrio, es Argentina profunda, es resistencia silenciosa y es grito de injusticia a la vez.
El Indio es patria. Por esos caprichos del calendario, o quizás porque nada es casualidad, el 3 de junio de 1770, hace 256 años, nacía Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano. Manuel fue el cuarto de dieciséis hermanos; tres de ellos fallecieron siendo niños. El apellido Belgrano, expresado en el escudo de la familia, tiene un significado que marca el espíritu belgraniano: “Che bel grano”, “qué bello grano”; de allí las tres espigas en el escudo. Fruto de la tierra, la semilla que se siembra y florece en un grano que alimenta. Síntesis de estos hombres que plantaron y sembraron para ver florecer bellos granos en el campo de la patria a la que tanto amaron.
La infancia de Belgrano transcurrió en una casa tradicional española que, sin embargo, no tuvo un patriarcado fuerte, sino una crianza en apertura de pensamiento, en elección de acciones que influyeron en el ideario que abrazaría Manuel a lo largo de su vida. Sus primeros estudios fueron en su casa, como era costumbre en esa época. A los 14 años ingresó al Real Colegio San Carlos, el colegio más prestigioso de Buenos Aires, antecedente del reconocido Colegio Nacional de Buenos Aires, donde estudió latín y filosofía.
Su padre envía a Manuel y a su hermano Francisco a estudiar a Europa, a la Universidad de Salamanca, cuna del pensamiento ilustrado europeo, para que se formen en el comercio y puedan así continuar con el legado familiar. En los años que está allí, toda Europa es conmovida por la Revolución Francesa y, como él mismo lo expresara, “se apoderaron de mí las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad y solo veía tiranos que impedían al hombre disfrutar de sus derechos”.
“¡Salvación! / El muchacho es bonito / Obediente y sensible / Lo viejo no acaba de morir / y lo nuevo no nace…”, escribe el Indio en Canción para un terrorista bonito. ¿Acaso este es Belgrano?
Manuel Belgrano regresa a Buenos Aires en 1794 para tomar el cargo de secretario del Consulado de Buenos Aires y escribe colaboraciones en el periódico Telégrafo Mercantil: “Sucedía esto a mi regreso (…) y tuvimos este medio de reunirnos los amigos sin temor, habiéndole hecho entender a Cisneros que si teníamos alguna junta en mi casa, sería para tratar los asuntos concernientes al periódico. Nos dispensó de toda protección e hice el prospecto del Diario de Comercio que se publicaba en 1810, antes de nuestra revolución; en él salieron mis papeles, que no eran otra cosa más que una acusación contra el gobierno español; pero todo pasaba, y así creíamos ir abriendo los ojos a nuestros paisanos”.
Este Belgrano era la semilla que comenzaba a brotar; sus escritos se difundían para que el pueblo de Buenos Aires pudiera comprender que el mundo estaba cambiando. “Tanto fue, que salió uno de mis papeles, titulado ‘Origen de la grandeza y decadencia de los imperios’, en vísperas de nuestra revolución, que contentó tanto a los de nuestro partido como a Cisneros, y cada uno aplicaba el ascua a su sardina”, escribiría Belgrano en su autobiografía años después.
“Seré heraldo de buenas noticias / Solo si te quedás un rato más / Los espíritus soplan si quieren / Y vos que recién te enterás / Tarde otra vez, mi amor” (Había una vez – Indio Solari).
Las palabras del Indio en la patria de Belgrano entretejen la historia de un amor tan grande como contrariado: “Estas eran mis ocupaciones cuando, habiendo salido por algunos días al campo, en el mes de mayo me mandaron a llamar mis amigos a Buenos Aires, diciéndome que era llegado el caso de trabajar por la patria para adquirir la libertad y la independencia deseada (…) Se vencieron al fin todas las dificultades y, aunque no siguió la cosa por el rumbo que me había propuesto, apareció una junta, de la que yo era vocal, sin saber cómo ni por dónde, en que no tuve poco sentimiento. Era preciso corresponder a la confianza del pueblo, y todo me contraje al desempeño de esta obligación, asegurando, como aseguro, a la faz del universo, que todas mis ideas cambiaron, y ni una sola concedía a un objeto particular por más que me interesase: el bien público estaba a todos instantes a mi vista” (Belgrano. Autobiografía, 1814).
“Un poco sincero y sé que siempre hay peligro allí / Demasiado sincero y todo el asunto se hará fatal / … Quiero recordar esa noche oscura / cuando Dios huyó / miró para todas partes / y después se escapó” (De las ventajas de caminar – Indio Solari).
Belgrano, como el Indio, no tuvo inconveniente en decir verdades a quienes quisieran escuchar. Es la voz de los sin voz, esa que se quiere callar, ocultar. “Belgrano no puede hacer milagros; trabaja por el honor de su patria y por el de sus armas cuando le es dable, y se pone en disposición de defenderse para no perderlo todo; pero tiene la desgracia de que siempre se le abandone, o que sean tales las circunstancias que no se le pueda atender. Dios quiera mirarnos con ojos de piedad y proteger los nobles esfuerzos de mis compañeros de armas, que están llenos del fuego sagrado del patriotismo y dispuestos a vencer o morir” (Carta a Bernardino Rivadavia, Tucumán, 1812).
“Si rezo solo Dios se aburre igual / Pero así, creo, me escucha mejor / Parece que en el cielo no se portan bien… / Se ensucian con su más feo esplendor / Y allí esa fiel serpiente / la que jamás miente / (la que se fue enroscando al puñal) / silba bajito” (Rezando solo – Indio Solari).
Belgrano creía en la libertad, luchaba por la independencia, pero descubría que se iba quedando solo, que los señoritos de Buenos Aires no buscaban ni la igualdad, ni la fraternidad, ni la independencia… solo buscaban salvarse solos. “Estamos en la mayor miseria, y no tenemos lo que necesitamos para movernos; es un prodigio cómo se conserva esta fuerza que pasa meses sin recibir más socorro que un peso: su comida es carne flaca y maíz rosa; cuido que siquiera estén vestidos, pero no por esto tienen las prendas necesarias; el invierno lo han pasado con pantalones de brin y los más sin un miserable poncho. No hablemos de necesidades, porque a esto no hay quien nos gane” (Carta a Tomás Guido, Tucumán, 1818).
“No se hace fruto de un error / atrayendo la atención / hace tu trabajo bien / Zapatones de combate grises / anteojitos de boy / Tu corazón de barro va / persiguiendo una ficción / en la que sos un diablo siempre leal” (El tábano en la oreja – Indio Solari).
Belgrano fue, al igual que el Indio, un despreocupado por la imagen exterior, pero un leal a su imagen interior. “No tengo, ni he tenido, quien me ayude, y he andado los países en que he hecho la guerra como un descubridor (…) Entré a esta empresa con los ojos cerrados y pereceré en ella antes que volver la espalda. En fin, mi amigo, espero en usted un compañero que me ilustre, que me ayude y que conozca en mí la sencillez de mi trato y la pureza de mis intenciones, que Dios sabe no se dirigen ni se han dirigido más que al bien general de la patria y a sacar a nuestros paisanos de la esclavitud en que vivían” (Carta a San Martín, Jujuy, 1813).
Que Manuel y el Indio se conocieron, no tengo dudas. Los espíritus del universo nos brindaron la señal. Manuel nació el 3 de junio y el Indio se fue el 6. A la muerte ninguno le temía, pero sí al olvido de su voz. Por eso nos dejaron en sus textos fragmentos de lucha y sudor, señales de amor que rondan las calles y que el reino del poder no puede controlar. Manuel dejó una huella que se niega a ser borrada, aunque mucho se haya intentado al petrificarlo en el bronce; el Indio seguirá cantando verdades que no podrán esconderse, porque ellos tuvieron una misión y un destino al cual no se negaron, el que eligieron transitar: vivir en el corazón del pueblo, más allá del tiempo y de la cruel realidad.
“Yo soy mis sueños si vos / vos sos tu sueño sin fin / No ves que la eternidad mañana acaba y te vas” (Tatuaje – Indio Solari).
“Pensaba en la eternidad a donde voy, y en la tierra querida que dejo. Espero que los buenos ciudadanos trabajarán por remediar sus desgracias” (palabras atribuidas a Belgrano en sus últimas horas).
Partieron dejando un legado que ya nadie podrá borrar. Sin la egolatría de buscar la eternidad, pervivirán en la historia de la argentinidad porque supieron interpretar a cada hombre y mujer de su patria, que encontró en ellos su identidad.
Verónica López
Lic. en Ciencias de la Educación

