Cuando hace más de 4.000 años, en la antigua Mesopotamia (Babilonia) y Egipto, los sacerdotes y los comerciantes comenzaron a guardar granos, metales y objetos de valor en lugares seguros y a realizar los primeros préstamos y cobros de intereses. El primer banco del mundo, en términos de institución moderna y operativa hasta la actualidad, es el Banca Monte dei Paschi di Siena, que fue fundado en 1472 en la ciudad de Siena, Italia. Pero el banco central más antiguo del mundo fue el Riksens Ständers Bank, de Suecia. Desde 1668 hasta hoy, los bancos en general formaron parte del desarrollo y también de los quebrantos de las economías de distintos países, dependiendo del color político bajo cuyo dominio desarrollaban sus actividades. Muchas veces, la codicia y la corrupción, a través de un proceso de alquimia financiera, han impuesto a los gobiernos de distintas ideologías llevar a los pueblos a un subdesarrollo extremo, lo que hizo que la guerra fuera la única opción para subsanar el desastre económico.
Muchas veces el germen de la corrupción ha acompañado al género humano desde los inicios de la actividad bancaria, aunque ahora se ha perfeccionado hasta niveles que nunca hubieran imaginado los primeros prestatarios.
En la antigua Grecia, los templos eran los encargados de realizar la actividad de intermediación financiera, prestando a particulares y monarcas, a los que se ofrecía también el servicio de guarda y custodia del dinero. Pero violaban ya, desde ese primer momento, su obligación y entregaban parte de estos fondos que debían estar en las cámaras de los primeros bancos por haber sido depositados a la vista. Isócrates y Demóstenes ya habían hablado, cuatrocientos años antes de Cristo, de cómo los banqueros usaban su poder social e influencia para obtener privilegios y mantener su fraudulenta actividad: prestar el dinero que les dejaban en custodia, es decir, la reserva fraccionaria. Lo cual llevó a crisis financieras, como la sufrida en Éfeso, que motivó que las autoridades concedieran el primer privilegio expreso a la banca que consta históricamente, en virtud del cual se estableció una moratoria de diez años para la devolución de los depósitos. El primer «corralito» documentado en un contexto en el que la rentabilidad de la actividad fraudulenta de los banqueros, mientras no fueran descubiertos y no quebraran, era elevadísima.
Calixto I, antes de ser papa, quebró un banco en el año 190, en la época del emperador Cómodo, hijo de Marco Aurelio, al que le gustaba pelear disfrazado de gladiador. Al final, el Imperio cayó como consecuencia de la inflación endémica, ligada a un excesivo gasto público (incluyendo el destinado a las clases populares con el famoso «pan y circo»), junto con un intento desesperado de control de precios que derivó en desabastecimiento y crisis económica. De forma similar a como sucede en los procesos inflacionarios actuales, en los que los causantes del encarecimiento de los bienes y servicios intentan convencer a la población de que la culpa es exclusivamente de los «malvados comerciantes» y eluden la responsabilidad del emisor monetario y de aquel que le otorga privilegios para su actividad ilegítima, aunque sobre el papel pueda ser legal.
Habría que esperar 800 años para que se descubriera el negocio bancario de las ciudades italianas de la Baja Edad Media. Antes, la actividad financiera se había cedido a los monasterios tras la ruptura de las cadenas comerciales y el golpe a la división del trabajo, lugares donde se realizaba la guarda y custodia del ahorro. Órdenes como la de los Templarios otorgaban préstamos a gobernantes, lo cual despertó envidias y suspicacias que motivaron su desaparición de la mano de Felipe IV de Francia. Es a finales del siglo XI cuando se produce el auge de la banca en Génova, Venecia y Barcelona, gracias a la financiación del comercio con Constantinopla y Oriente.
Pero se vuelve a repetir el esquema: al principio los bancos cumplen, pero al final acaban incrementando la liquidez de forma fraudulenta. En el siglo XIII se extiende esta práctica para beneficiar a los propios banqueros y surgen familias que luego articularían el sistema monetario y financiero moderno: la nobleza veneciana. Todo este proceso, ampliamente documentado por el profesor Jesús Huerta de Soto, se hacía con la existencia de un patrón oro irreal, que se violaba sistemáticamente porque las entidades financieras emitían billetes por encima del metal amarillo. La Florencia del siglo XIV de la Casa Médici fue el siguiente lugar en el que la banca tuvo su refugio, mezclando los negocios con la actividad papal, así como con la nobleza francesa y británica. Los matrimonios de conveniencia permitieron a esta familia conectarse con las élites de la época, que sirvieron de centro neurálgico a las estructuras de poder.
Hubo que esperar mucho tiempo para que llegara el único intento real de crear un banco que respetara los derechos de propiedad de los ahorristas: fue en Ámsterdam, en 1609, a través de una entidad que nació como un banco municipal, que creció como la espuma precisamente por cumplir la esencia del contrato del depósito irregular del dinero. Financió proyectos empresariales rentables, generó crecimiento económico y fue citado elogiosamente por David Hume y Adam Smith, nada menos. Pero a finales del siglo XVIII estalló la Cuarta Guerra Anglo-Holandesa, que forzó al Banco de Ámsterdam a abrir la espita del crédito para financiar al gobierno y a los industriales de su país, lo cual lo llevó al desastre.
Posteriormente, su modelo intentaría ser emulado por el Banco de Inglaterra, en una relación derivada de la influencia de la Casa de Orange, pero desde el principio la entidad estuvo enfocada en la financiación de los gastos públicos. Dijo pretender acabar con los abusos de la banca y del Gobierno, pero nunca llegó a cumplir su promesa. Un terrible proceso inflacionario ligado a la burbuja de la Compañía de los Mares del Sur (South Sea Bubble) acabó alumbrando la base del modelo actual, con billetes de banco de curso forzoso para pagar deudas privadas e impuestos, aunque todavía ligados al oro, al menos nominalmente.
Llegamos así a los albores del sistema bancario moderno, con coeficiente de reserva fraccionaria y el banco central como prestamista de última instancia.
El economista irlandés del siglo XVIII Richard Cantillon fue uno de los pocos que se dio cuenta del mecanismo de transferencia de riqueza que suponía la creación masiva de dinero que no fuera ahorrado previamente: los ganadores son aquellos que reciben el dinero primero y los perdedores quienes sufren la inflación sin haber recibido los beneficios iniciales.
El propio Keynes, padre teórico de los defensores de la intervención del Estado en la economía, era muy consciente de los perniciosos efectos que tiene el motor financiero sobre el desarrollo de las sociedades:
«El proceso de inflación puede confiscar, de manera secreta y desapercibida, una parte de la riqueza de los ciudadanos. No hay manera más sutil ni más segura de derribar las bases de la sociedad que corromper su moneda.»
Esta es la clave de bóveda que sostiene todo el edificio económico y la llave maestra del poder, que es tan poco comprendido por las sociedades. El dinero de nueva creación, junto con el ahorro forzosamente prestado de forma múltiple y masiva, termina en las cuentas de multinacionales en las cuales los bancos de inversión y grandes gestoras tienen un peso específico, logrado en parte gracias a este proceso inflacionario. La manipulación monetaria y la intervención política de la Bolsa en los sectores estratégicos, cuando tienen problemas, son rescatados por la inyección de dinero público y el capital (Goldman Sachs – Lehman Brothers).
Eso sucede con los grandes bancos, tanto en Estados Unidos como en Europa.
Al final de la historia, los bancos actúan como fondos de inversión especulativos insertados sobre una infraestructura crítica. Esta estructura está diseñada para extraer subsidios del resto de la sociedad, amenazando a los civiles con crisis si las apuestas de los bancos fracasan. En esto estamos.
«Creo sinceramente que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que los ejércitos permanentes.»
Thomas Jefferson
Presidente de los Estados Unidos.
Fuente: Historia Secreta de Estados Unidos.

