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De 1816 a 2026: qué queda del proyecto de independencia

La Declaración de la Independencia fue el resultado de meses de debates, acuerdos y definiciones sobre el modelo de país que los congresales querían construir. Doscientos diez años después, la venta de empresas estratégicas, la cesión de recursos considerados fundamentales para la soberanía y los gestos políticos hacia potencias extranjeras reabren la pregunta inevitable acerca de cuánto permanece vigente aquel proyecto de Nación que comenzó a delinearse en Tucumán en 1816.

Por: Veronica Lopez

12 julio, 2026

9:28 am

La semana de la Independencia siempre es un buen momento para el ejercicio de la memoria. El actual gobierno, solo en lo que respecta a la Nación, tomó la decisión de vender, concesionar o cerrar gran parte de las empresas que implicaban soberanía energética, tecnológica, nuclear, de transporte, etc. Son ejemplo de ello la privatización de la metalúrgica IMPSA, la transportista de energía Transener; en el sector energético, Nucleoeléctrica Argentina, Enarsa y Yacimientos Carboníferos Río Turbio; en el área de transporte, Intercargo, Belgrano Cargas y Corredores Viales; en servicios e infraestructura, Aguas y Saneamientos Argentinos y Correo Argentino; además de Radio y Televisión Argentina, Aerolíneas Argentinas y el Banco de la Nación Argentina. ¿Observa el lector que la mayoría de estas empresas llevan en su nombre la palabra Argentina? Se entregó la mayor vía navegable del país a empresas extranjeras; se persigue, encarcela y judicializa a habitantes de pueblos originarios que defienden la propiedad de sus tierras, con el fin de otorgarlas en usufructo a manos de tecnofinancistas. ¡Argentina 2026!

En 1816 se declara la Independencia Argentina. Fue en Tucumán (dato no menor), el actual noroeste, pero, por aquella época, el corazón de lo que aún se soñaba como Patria Grande. No fue que una mañana se levantaron y dijeron: «Hoy declaramos la Independencia». Hubo mucho trabajo y ejercicio político de quienes estaban convencidos de que no podíamos seguir en las medias tintas de hacerle la guerra a los realistas y autodenominarnos súbditos de la Corona española.

Reclama San Martín, en carta a Godoy Cruz, en enero de 1816: «¿Cuándo empiezan ustedes a reunirse? Por lo más sagrado le suplico hagan cuantos esfuerzos quepan en lo humano para asegurar nuestra suerte; todas las provincias están en expectación esperando las decisiones de ese Congreso…». En marzo insiste: «…¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia!».

En mayo de 1816, San Martín expresa ya un tono casi desesperado en su carta a Godoy Cruz: «Mi amigo y paisano: (…) Veo lo que usted me dice sobre el punto de la independencia; no es soplar y hacer botellas. Yo respondo a Ud. que mil veces me parece más fácil hacerla (…) Como escribo a un amigo de mi confianza, me aventuraré a esparcir (…) ¿Si en el fermento horrendo de pasiones existentes, choque de partidos indestructibles y mezquinas rivalidades, no solamente provinciales sino de pueblo a pueblo, podemos constituirnos nación?».

A esta altura tal vez es necesario recordar que el Congreso fue convocado por el Director Supremo Álvarez Thomas, en 1815. Al Congreso asistieron 33 diputados: 7 por Buenos Aires; 4 por Córdoba; 3 por Charcas y Salta (cada una); 2 por Tucumán, San Juan, Santiago del Estero, Mendoza y Catamarca (cada una); y el resto de las provincias, 1. Las provincias de Entre Ríos, Corrientes, Misiones y los Orientales no estuvieron representadas, dado que Artigas había realizado el Congreso de la China (1815), donde se había declarado la independencia y constituido la Liga de los Pueblos Libres. Tras infructuosas negociaciones con Buenos Aires, no envió diputados a Tucumán.

El Congreso inicia sesiones el 24 de marzo de 1816. Para ese momento, el absolutismo imponía su poder en Europa, España recuperaba territorios en casi toda América y Portugal amenazaba a la Banda Oriental, mientras el único bastión de resistencia era el Río de la Plata, que se desangraba en disputas interprovinciales.

En sesión extraordinaria del 26 de mayo de 1816 se establecen una serie de puntos a tener en cuenta. Entre ellos se puede destacar: «8. Nombramiento de una comisión compuesta de los mejores oficiales del Estado para el arreglo de nuestro sistema militar; 9. Arreglo de la marina, según sus ramos; formación de ordenanzas de corso, habilitación de puertos; escuelas de náutica y matemáticas; 11. Establecimiento de una nueva Casa de Moneda en la ciudad de Córdoba, solicitada por el gobierno…; 12. Establecimientos útiles de prosperidad general sobre educación, ciencia y artes, minería, agricultura, dirección y habilitación de caminos…; 14. Demarcación de territorios, creación de ciudades y villas; 15. Arreglo de fondos y ramos municipales de cada pueblo; 16. Repartimiento de terrenos baldíos; aplicación o venta de fincas de temporalidades a beneficio de la agricultura y aumento de los fondos del Estado. La arreglada distribución a los naturales en plena propiedad de las tierras de comunidad con alguna habilitación de las primeras herramientas para fomento de las labranzas…».

Tal vez sea esta sesión y su manifiesto tan o más importante que la declaración misma de independencia. Aquellos diputados lograron acordar un plan de Estado, un modelo de nación, para luego, sabiendo qué se proponían, tomar la decisión independentista.

Belgrano había vuelto de Europa y fue enviado hacia Tucumán a exponer en el Congreso las novedades de lo que estaba sucediendo allí. Lo expuso en una sesión secreta. El panorama que presenta Belgrano no era para nada alentador: «…aunque la revolución de América en sus principios, por la marcha majestuosa con que empezó, había merecido un alto concepto entre los poderes de Europa, su declinación en el desorden y anarquía continuada por tan dilatado tiempo había servido de obstáculo…». También expuso que el fervor republicanista de principios de siglo ya había pasado y que el modelo inglés de una monarquía atemperada había contagiado a las naciones europeas. En definitiva, estábamos solos en la empresa.

Ese mismo día, en sesión pública, se leen los pliegos enviados desde Buenos Aires, donde se exponía al Soberano Congreso que, dadas las circunstancias, Buenos Aires renunciaba «con la mayor generosidad» a presidir a las otras provincias, instando a la unión y gobernación, «arreglando por sí misma su administración interior», ofreciendo auxilios relativos a la defensa común. Exponen los ciudadanos de Buenos Aires sus manifiestas quejas contra los pueblos de las provincias, que acusaban a esta de despotismo. En definitiva, cuando las papas quemaban, Buenos Aires renunciaba.

La situación no podía tener un panorama más oscuro para los representantes de aquel Congreso. Los días que siguieron fueron de intensos debates y precipitaron la decisión final. En la sesión del 9 de julio: «…en el nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos, protestando al Cielo y a las Naciones y hombres todos del globo la justicia que regla nuestros votos, declaramos solemnemente a la faz de la Tierra que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias romper los violentos vínculos que nos ligan a los reyes de España y recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una Nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli…».

Tal vez las efemérides nos hagan pensar que declararon la independencia, brindaron y se subieron a las carretas para volverse a las provincias, pero no fue así. Los días y meses sucesivos fueron de febriles debates y amplias decisiones. El primero y más importante fue sobre qué tipo de gobierno se adoptaría. Largas sesiones abarcaron este debate.

El día 19 de julio, en sesión secreta, el diputado Medrano, que representaba a Charcas (actual Bolivia), toma la palabra y expone que debía enviársele al Ejército el Acta del 9 de julio y constituir una fórmula de juramento para la nueva Nación. Sugiere que se le agregue, luego de «sus sucesores y metrópoli», la frase «y de toda otra dominación extranjera», para despejar definitivamente las dudas de las que se acusaba al general Belgrano y al Soberano Congreso (fake news de aquellos años, que buscaban empiojar el estado de situación) de querer entregarse a la dominación portuguesa.

Este último 4 de julio se vio flamear la bandera norteamericana en nuestro Monumento a la Bandera, tan emblemático, tan simbólico, tan caro a los sentimientos nacionales. También se vio un despliegue descomunal de luces y drones en el Planetario (en la capital de la Nación Argentina), como conmemoración de la Independencia de Estados Unidos; hechos que no se repitieron tan solo cinco días después. Un frío y protocolar acto en la noche de Tucumán, con un discurso leído (previsto en 17 páginas y finalmente acortado a tan solo 7; ¿sería que el presidente no sentía emoción alguna en explayarse tanto?) y un saludo exiguo al Ejército, sin ninguna participación popular. Ante esto cabe la pregunta: ¿El gobierno actual seguirá sosteniendo lo que aquellos congresales quisieron expresar con las palabras «de toda otra dominación extranjera»?

El pueblo argentino entero, por toda la historia vivida y contada, por sus formas comunicacionales y por representación simbólica, mira a la Capital. Este año el jefe de Gobierno porteño organizó y llevó adelante un descomunal despliegue festejando la independencia yankee, pero no tuvo recursos para la propia. ¿Se parece mucho a aquella renuncia del 6 de julio de 1816? ¿O será solo un espejismo?

El trabajo de los diputados, que viajaron meses en carreta hasta llegar a Tucumán, que se reunieron en sesiones continuas de lunes a viernes, mañana y tarde, sin retornar a sus hogares, hasta fines de 1816, merece un poco de respeto, un poco de compromiso, un poco más de sentimiento nacional argentino.

A inicios de 1817, el Congreso de Tucumán se traslada a Buenos Aires, sin haber podido acordar la forma de gobierno… pero esa es otra historia.

Verónica López
Lic. en Ciencias de la Educación

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