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La verdad sobre el saqueo británico-israelí sobre el petróleo de Malvinas

Mientras una parte del mundo occidental está ocupada en resolver los conflictos regionales en Oriente Medio y en las fronteras de Rusia y Ucrania, en forma silenciosa, respetuosa y gansteril, dos potencias con antecedentes expansionistas y violadores de territorios ajenos se aprestan a dar el golpe final del hecho consumado, ante la pasividad de un traidor a la Patria y entreguista como la administración del presidente más nefasto de la historia argentina. Empoderado en su discurso cuasi fascista por el respaldo del mitómano criminal de guerra Donald Trump, la entrega de la soberanía territorial y acuática de los mares del Sur y de su plataforma continental se está consumando a ojos de propios y extraños.

Por: Ricardo Monetta

27 julio, 2026

4:37 pm

La explotación petrolera en las islas Malvinas por parte de las empresas Navitas (Israel) y Rockhopper (Reino Unido) representa un hito de desposesión en la arquitectura argentina en el Atlántico Sur. El proyecto Sea Lion, que proyecta extraer sus primeros barriles para marzo de 2028, no es un hecho comercial aislado, sino la consolidación de un enclave de autofinanciamiento para la ocupación ilegal.

Recordemos que Sea Lion fue descubierto en 2010 por Rockhopper Exploration, que fue la primera firma en confirmar la viabilidad comercial en la Cuenca Norte del archipiélago. Durante 15 años el proyecto fue frenado por la caída del precio del petróleo después de 2014 y la reticencia de compañías cotizantes a exponer sus balances a un yacimiento remoto y jurídicamente conflictivo, por lo que lo mantuvieron congelado.

El estancamiento se rompió cuando Navitas Petroleum (Israel) ingresó al proyecto y asumió el financiamiento que Rockhopper no podía sostener sola, quedándose nada menos que con el 65 % de la participación y la operación del campo, mientras que la firma británica se conformó con el 35 % restante (negocios son negocios).

En diciembre de 2025, ambas compañías tomaron la decisión final de inversión sobre la primera fase del desarrollo, que apunta a 170 millones de barriles. Una segunda fase, prevista para los tres años posteriores al primer petróleo, sumaría otros 149 millones, llevando el petróleo ya sancionado a 319 millones.

Pero esa cifra no agota la escala real del yacimiento, ya que la propia empresa reconoce un recurso contingente de 917 millones de barriles en bruto en el campo completo.

Lo que se firmó en 2025, entonces, no es el «techo» del saqueo; es apenas la primera fase que abre la puerta de entrada a un desarrollo que se proyecta a más de 30 años. (¿Se dan cuenta del daño a futuro que nos legó la dictadura con Galtieri a la cabeza y la inutilidad de la Cancillería argentina a través de los últimos años?)

Con esto me refiero a la inacción de nuestros funcionarios al no tomar esta circunstancia histórica como política de Estado. Actualmente la Cancillería argentina se limita a declaraciones de índole declarativa.

En junio de 2026, el canciller Pablo Quirno expresó ante el Comité de Descolonización de la ONU el rechazo argentino al avance de la empresa Sea Lion. Lo hizo en una sesión que culminó con una resolución aprobada por consenso, instando al Reino Unido, pero ese gesto diplomático no tuvo correlato judicial: el marco jurídico argentino otorga a los tribunales de Tierra del Fuego la competencia territorial para originar causas contra la explotación ilegal disputada, que es de hecho el fuero laboral donde debería tramitarse, y, sin embargo, el Gobierno nacional no ha iniciado allí una sola causa desde que Navitas y Rockhopper sancionaron el proyecto. (?)

Esta omisión pone al desnudo la mentira de nuestro presidente mitómano. Lo que hace Sea Lion no es una excepción: es la lógica de fondo de una política exterior que entrega soberanía, mar y jurisdicción a las mismas potencias con que Argentina disputa la tenencia del territorio de las islas.

La omisión es la continuidad de un patrón. El propio Milei se comprometió públicamente, en el último aniversario de Malvinas, a formalizar un reclamo diplomático ante el avance descarado de la petrolera israelí. ¿Por qué un gobierno que no escatima épica patriótica demagógicamente en sus discursos guarda silencio judicial exactamente cuando ese patriotismo debería traducirse en una demanda concreta?

Es evidente que la afinidad ideológica del mandatario con Israel y el Reino Unido opera como un límite no explicitado, pero real, a la defensa activa de los recursos del Atlántico Sur. En forma vergonzosa prioriza los intereses extranjerizantes y colonialistas a cambio de una política permisiva por parte de nuestros saqueadores del patrimonio nacional.

¡Qué cipayos y traidores hubo siempre, es muy cierto! Porque es sumamente grave que este gobierno haya convertido la integridad territorial de nuestra Patria en una variable subordinada a sus lealtades geopolíticas.

Y, si no, veamos: el 16 de julio, horas antes de la épica del seleccionado argentino ante Inglaterra, Milei firmó el Decreto 590/26, que abre la puerta a la exploración petrolera de la empresa británica Challenger Energy Group en el mar Argentino continental. Lo hizo con una cláusula que cede jurisdicción a tribunales arbitrales extranjeros (?). ¡Mayor obsecuencia no se consigue!

Lo que hace Sea Lion no es una excepción: es la lógica de fondo de una política exterior que entrega soberanía, mar y jurisdicción a las mismas potencias con las que Argentina disputa Malvinas (?).

Los números del régimen fiscal completan el cuadro. Las autoridades kelpers cobrarán un 9 % de impuesto a las ganancias sobre la producción de Sea Lion. En los próximos 18 meses ese esquema empezará a inyectar cientos de millones de dólares a la isla, un volumen de recursos sin precedentes para una población de apenas unos pocos miles de habitantes.

Esa cifra tiene una lectura geopolítica. La independencia financiera de ese flujo garantizará a las autoridades coloniales, por primera vez, ser menos dependientes del subsidio británico. Esa autonomía complicaría cualquier reclamo de soberanía argentina de un modo que ningún fallo judicial ni ninguna resolución de las Naciones Unidas podrá revertir.

La discusión, sin embargo, trasciende el incumplimiento de una obligación diplomática o judicial. La magnitud del proyecto Sea Lion obliga a preguntarse qué está verdaderamente en disputa cuando un territorio ocupado deja de ser únicamente un enclave militar para convertirse en un enclave energético capaz de financiar su propia consolidación.

Allí comienza un problema que no es ético, sino civilizatorio. El Atlántico Sur pasa a cotizar como un activo más, donde el territorio vale por la renta que genera y no por las condiciones de vida que hace posibles. El ecosistema, la proyección estratégica del mar argentino y el derecho de las generaciones futuras simplemente desaparecen de la contabilidad porque no producen una tasa de retorno inmediata.

El Gobierno argentino aplica aquí la lógica del realismo extractivista, o sea, medir el éxito por la entrada de divisas, aceptando que el progreso es la devastación del Atlántico Sur. Al eludir el conflicto, el Estado no está siendo pragmático: está cumpliendo su rol de «garante» de un régimen de valor donde la vida y el territorio son medios para la acumulación ajena.

Argentina hoy ni siquiera tiene la posibilidad de reclamar soberanía porque el yacimiento de Sea Lion ya no está bajo su control: está bajo el de Londres, Tel Aviv y las autoridades coloniales de Stanley.

O la soberanía se convierte en un refugio para una vida que no se deja medir por el precio, o el Estado sigue administrando ruinas con mejores modales.

Desde 2022 continúa vigente una inhabilitación dispuesta por el Estado argentino contra empresas que desarrollan actividades de exploración y explotación de hidrocarburos en la plataforma continental vinculada a las Malvinas.

El caso Sea Lion muestra que el colonialismo del siglo XXI ya no necesita fuerza militar. Basta con el cipayismo y la traición flagrante como un insulto a los que se atrevieron a fundar una nación soberana.

Nunca hay que olvidar que: Roma no paga traidores. ¡Fuera los colonizadores, viejos y nuevos!

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