De pronto, el Gobierno nacional tuvo un breve brote de nacionalismo. Durante dos años planteó una política totalmente sometida a los viejos y decadentes poderes de Estados Unidos, con la intención de no molestar de ninguna forma, facilitando toda intromisión en la vida interna de nuestra nación. No solo no reivindicó el derecho histórico sobre las Islas Malvinas, sino que tuvo varias y reiteradas acciones favoreciendo a Inglaterra (considerado aliado de Estados Unidos), hasta que dos hechos coincidieron casi temporalmente: en un primer momento, el partido mundialista de Argentina vs. Inglaterra, donde, desde el Gobierno (previo al mismo), se prohibió llevar banderas que reivindicaran el derecho soberano, pero la valiente acción de algunos hinchas y la expresión de los jugadores levantando, con sus manos, un trapo con la consigna “Las Malvinas son argentinas” pegó de lleno en el corazón de la ciudadanía, el sentido soberano; en segunda instancia, el presidente Trump (confrontando circunstancialmente con Inglaterra) insinúa un apoyo a la demanda argentina sobre las islas. Estos dos hechos dieron un giro imprevisto al posicionamiento de entrega y, de golpe, el Gobierno se volvió el mayor defensor de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas. Claro, no duró demasiado, porque con la presentación del proyecto de “Ley de Defensa de la Soberanía Nacional”, que acaba de enviar al Congreso, donde se observan oscuras intenciones, se vislumbra que todo fue solo un “como si”.
La realidad nos impone, hoy, dos visibles riesgos de intromisión en nuestra soberanía democrática: Estados Unidos e Israel. Pero, a lo largo de la historia, siempre hubo intereses extranjeros pululando por interferir con nuestro derecho a la autodeterminación.
Tal vez uno, poco recuperado en la memoria histórica, fue el francés, y es el que propongo traer para leer, en los renglones de la historia, que lo que hoy asombra, indigna, alegra o se festeja (según quién lo relate) ocurre desde hace mucho tiempo atrás, siempre con el mismo perfil, aunque con distintos protagonistas.
En las primeras décadas del siglo XX, la Argentina se mostraba desde la vidriera de la clase opulenta. Buenos Aires no solo era el puerto por donde salían la carne y el cereal, sino también por donde entraba la cultura europea, cuya estructura más elegante era el modelo francés: pensamiento, música, vestimenta, arquitectura, teatro, literatura y, especialmente, el idioma; todo olía a francés. En París hacía furor el tango, pero la imagen de nuestra cultura nacional, para ellos, eran el gaucho, las vacas y el campo sembrado.
Sin embargo, cuando desembarcan en Buenos Aires, los viajeros franceses se encontraban con una ciudad que brillaba y olía a barrio francés. A la vez, había un deseo de “argentinizar” con contenido francés, raro, pero así fue; la primera generación de hijos de franceses no reconocían a Francia como natal, sino que contrastaba su intenso sentir argentino con modos franceses.
En el Centenario de la Revolución, Argentina emprende grandes festejos y personajes famosos visitan nuestro país. Viajeros que dejaron su impresión sobre el país que conocieron, en escritos que se guardaron en los archivos de la Embajada francesa, y que nos permiten conocer cómo nos veían.
Entre ellos, Jules Huret (escritor y periodista), Georges Clemenceau (médico, político y periodista), H. D. Sisson (viajero y escritor), quien publicó en 1910, en París, “La République Argentine: description, étude sociale et histoire”, considerada una obra de colección sobre la temática del Cono Sur.
Describen básicamente a una sociedad que intenta copiar a la francesa, sin ideas propias, con profunda necesidad de aparentar ser igual o más que Europa, con un nacionalismo “artificioso” y con una profunda desigualdad, informalidad e indolencia sobre la población general. (Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia).
Francia, en esos años, tenía una gran influencia cultural: la implementación de la escuela laica y pública era relativamente reciente, por lo que la gran mayoría de las escuelas eran religiosas (muchas gratuitas) y en ellas se enseñaba como único idioma extranjero el francés, lo que sumaba el plus para competir a la escuela pública, aunque las pocas escuelas secundarias públicas también ofrecían el francés como idioma extranjero. A esto se le sumaba la presencia de la Alianza Francesa, con trece filiales en todo el país y más de 70 profesores solo en Buenos Aires.
En cuanto a la inversión financiera, Francia poseía tres compañías ferroviarias, el manejo de casi toda la movida económica del puerto de Rosario (concesión lograda por el grupo Hersent, durante el segundo gobierno de J. A. Roca), como también la compañía Aéropostale de transporte aéreo de correo (que entre sus pilotos tenía a nuestro conocido Saint-Exupéry) y mayoría de acciones en varias empresas industriales.
La colectividad francesa administraba el prestigioso Hospital Francés, con el nombre de Sociedad Francesa Filantrópica del Río de la Plata; desde 1866, la colectividad se encontraba en el Club Francés de Buenos Aires, a pocas cuadras de la Casa Rosada, donde se reunían con los personajes de la política nacional (actualmente, la sede se encuentra en el barrio de Recoleta); tampoco era menos importante el Instituto de la Universidad de París en Buenos Aires, que, con sus comités asociados, fue fundamental para que la UBA se integrara a la red académica internacional. Entre sus funciones de mayor relevancia estaba la competencia geopolítica con Alemania y España, para influir cultural y científicamente en las élites ilustradas, base sobre la que se asentó el desarrollo académico de la UBA.
En 1928 se eleva a rango de embajada a la legación de Francia en Buenos Aires, y se nombra como embajador a Georges Clinchant, diplomático de carrera que había recorrido destinos en Europa, África y América antes de arribar a la Argentina. La relación de Clinchant con Yrigoyen no fue buena, dado que la Embajada tenía mucha cercanía a la oposición conservadora (desde el roquismo); entre los más destacados vínculos estaba el de Adolfo Bioy, presidente del Instituto de la Universidad de París en Buenos Aires. Otro punto de controversia eran los desplantes reiterados del canciller radical para con el embajador francés, y la larga e infructuosa negociación que llevaba el embajador con Yrigoyen para el pago de un empréstito en oro que Argentina había contraído en 1900, a los que el presidente respondía con pagos en moneda nacional y “sin valor”, como opinaba Clinchant.
El consejero de la Embajada, Jules François Blondel, no tuvo sutilezas en inspirar a los conspiradores de la revolución del 6 de septiembre, sugiriendo el modelo aplicado en Grecia: primero tomar las comunicaciones —correos y telégrafos—, luego el Banco Nacional y finalmente cerrar el Congreso. A pocos días del golpe de 1930, que sacó a Hipólito Yrigoyen del Gobierno, Clinchant escribe sobre los conspiradores, en un diario parisino: “patriota argentino contra un hombre de poca cultura, poca educación, que tenía la mentalidad más estrecha y más autoritaria”.
El embajador ponía como una de las causas del golpe de Estado a la Reforma Universitaria, que Yrigoyen había promovido y defendido, a la que otorgó haber alentado a una juventud indisciplinada, irreverente y turbulenta, que se le volvió en contra al presidente.
La decadencia del gobierno de Yrigoyen era evidente, pero la oposición interna dentro del partido radical era la que más lo hacía tambalear; Alvear había sido elegido presidente (en 1922) mientras era embajador en Francia, y tenía entre sus generales favoritos a José Félix Uriburu, a quien había propuesto para ministro de Guerra, pero no fue aceptado por el gobierno francés (por lo que no pudo ocupar el cargo), lo que deja en claro la injerencia del gobierno de Francia en el devenir político de Argentina. Uriburu fue el alfil alvearista en el Ejército y fue quien comandó la asonada del 6 de septiembre de 1930. Pero la toma del poder por Uriburu no fue bien recibida por la Embajada francesa, debido a que este general había viajado varias veces a Europa a formarse en el marco de la milicia germana, a la que admiraba, tanto que sus camaradas de la fuerza le apodaron Von Pepe.
La Embajada francesa saludaba con aliento el derrocamiento de Yrigoyen, especialmente a los integrantes del nuevo gabinete, la mayoría francófilos, de derecha y extrema derecha, como el exembajador (ante Francia) Roque Sáenz Peña o Ernesto Bosch, canciller; la mayoría de los puestos fueron ocupados por personajes favorables a los intereses franceses, aunque el embajador Clinchant seguía con resquemor al presidente Uriburu, que no ocultaba su beneplácito germanófilo.
El año 1930, con el derrocamiento de Yrigoyen, representó la consolidación del poder militar en el campo político argentino, que marcaría todo el siglo XX.
Francia, así como hoy Estados Unidos e Israel, manejó los hilos de la política interna nacional, avanzando en todos los frentes y, tal vez, el más importante, el cultural; pero con el objetivo final de favorecer los negocios propios y establecer a la Argentina como territorio en disputa entre potencias contemporáneas.
Lo que hoy podemos observar no es más que otra instancia de la larga disputa por la conquista y colonización de estas ricas tierras del sur de América, lo que tristemente no hemos podido aprender, a lo largo de los siglos que lleva siendo ejecutada.
Verónica López
Lic. en Ciencias de la Educación

