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Desmayos

Como un signo indeleble de su indiferencia a los “caídos”, el Primer magistrado ni siquiera atinó a auxiliarlo. Solo tropezó con un chiste de mal gusto para seguir adelante, con su prédica “educativa” basada en una serie desarticulada de “ideas”: La educación pública “es un mecanismo de lavado de cerebro”, “el aborto es un asesinato agravado por el vínculo, la gente se desmaya solo con hablar de comunistas o zurdos (en el mes de la Memoria que recuerda el destino de desaparición de personas con la que carga esa estigmatización), que” la letra con sangre entra”, que matizó con anécdotas nostálgicas, como el recuerdo de su padre, siempre listo para “agarrarme de los pelos y dejarme una zapatería en el traste y mi mamá a bajarme los dientes, a sopapos, para que estudiara”(1). Para no privarse de ninguna obscenidad, contó un chiste grosero acerca de las verdaderas cualidades de los asnos.

Esa inauguración del ciclo lectivo en la escuelita de su infancia es un botón de muestra de un gobierno despiadado, incompasivo, insolidario y brutalmente cruel. El Presidente validó con su energúmena participación todas las formas de violencia y barbarie que descubrimos habitualmente, como caja de resonancia social, en las instituciones educativas. El Bullying como humillación y burla al más “débil”, a quien con crueldad se toma de “punto”, como goce divertido ante su sufrimiento, ante la destitución subjetiva de la que se hace objeto. La violencia discriminatoria hacia el que piensa distinto, es decir, la violencia destructiva a la convivencia democrática, a las diversidades, al intercambio de ideas. Otra vez la violencia expresada como modelo y el maltrato familiar alabado como “estímulo educativo”.

El bullying es una de las formas de violencia entre pares que se presenta en las escuelas, en formas de maltrato permanente a un compañero. Es un producto de la violencia social e institucional, esa que Franz Fanon caracterizaba como una pirámide, por la que el que ocupa el lugar de mayor poder, agrede al que tiene debajo. El patrón maltrata al empleado, este a su pareja, quien descarga esa tensión sobre los hijos que la desagotan con sus pares en la escuela.

El bullying es la expresión de esa pirámide en la que el más fuerte degrada al más débil, aquello que se conoce como darwinismo social. El chico queda expuesto a la ferocidad de su agresor, indefenso cuando la institución escolar no interviene, configurando, al decir de Ulloa, una encerrona trágica, es decir, una configuración tortuosa en la que la víctima depende del verdugo para sobrevivir. Aparecen como respuesta al silencio impuesto amenazadoramente, dolores de panza, malestares diversos con los que el joven intenta evitar ir a clases. En muchos casos, cuando la tensión agresiva se exterioriza, puede producir conductas de violencia graves hacia los otros. Cuando vuelve sobre sí misma, depresiones y conductas autodestructivas.

Todo este cuadro tan delicado, que el Presidente avaló con su presentación en la inauguración del ciclo lectivo, dio lugar, en el año 2013, a la sanción de la ley 26.892 de “promoción de la convivencia y abordaje de la conflictividad social en las instituciones educativas”, que tiene por objetivo garantizar el derecho a una convivencia pacífica, integrada y libre de violencia física y psicológica, y orientar la educación hacia criterios que eviten la discriminación, fomenten la cultura de la paz y la ausencia de maltrato físico o psicológico, entre otras que tiendan a la creación de subjetividades y lazos sociales basados en el respeto, la empatía, el buen trato y la solidaridad. La estrafalaria y siniestra presentación del Presidente representó un bárbaro retroceso en la construcción de estos valores que tienden a la consecución de una elevación cultural y humanitaria, dejando en evidencia, una vez más, los principios crueles con los que agrede cotidianamente a los más frágiles, a los niños, a los pobres, a las personas con discapacidad, a los trabajadores, a las mujeres, a los jubilados y los enfermos.

Un sector de la sociedad lo acompaña, como síntoma de una descomposición grave, otra sufre la pesadilla, al borde del desmayo.

 

 

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