Por Alejandra Dandan-Página12
Desde Capitán Sarmiento
—Lo veíamos por tele y decíamos: a nosotros no nos va a pasar.
Ruben Navarro, gorrita azul abajo del sol, está a punto de dejar caer una lágrima. Una compañera lo agarra de un brazo. Él tiene 60 años; ella, Andrea Ulere, 53.
—Una no quería creer que la cosa venía mal –dice Andrea–. Hace veinte días veíamos lo que pasaba en la planta de Concepción del Uruguay. Y no queríamos creer que también nosotros íbamos a estar de este lado de la reja. Y bueno, pasó.
Son las doce del mediodía en Capitán Sarmiento. Una reja sobre la Ruta Nacional 8 divide el interior de Granja Tres Arroyos de la calle donde protestan los trabajadores despedidos. El 31 de agosto la empresa echó a 700 de sus 1.200 trabajadores, después de meses de desgaste, salarios sin pagar desde junio, retiros voluntarios y despidos masivos en otras de sus ocho plantas.
Granja Tres Arroyos es uno de los principales corazones productivos del pueblo de 15 mil habitantes. Durante años, los salarios de sus trabajadores –de unos tres millones de pesos–, activaron en cadena toda la economía, desde las cuotas de la casa de electrodomésticos Pardo hasta el alquiler de las viviendas y los concesionarios de coches.
—Hacé de cuenta de que acá explotó una bomba neutrónica –dice un funcionario de la Provincia– y que los efectos van dejar mucha gente dañada.
Un cartel escrito a mano cuelga de la reja: NECESITAMOS TRABAJAR, dice bien arriba, la letra grande, mayúscula y subrayada. “Queremos lo adeudado. No solo necesitamos mercadería, tenemos deudas y servicios que pagar”.
Y al final: Queremos nuestra plata.
El modelo fallido
La sede de Granja Tres Arroyos en Capitán Sarmiento es una de las más estratégicas, enfocada a la exportación. Llegó a procesar 240 mil pollos al día y a exportar a más de 70 países, en especial en el mercado asiático. La apertura indiscriminada de la economía los destruyó.
Su dueño, Joaquín De Grazia, celebró primero a Patricia Bullrich y después a Javier Milei. La empresa apostó por la desregulación y flexibilización laboral. El funcionario de la Provincia resume, lo que, según su mirada, siguió de esta manera:
—Primero tuvieron la desgracia de la gripe aviar que, es cierto, les cerró el mercado asiático pero después este gobierno nacional los dejó tirados: les abrió las importaciones y los sonó. ¿Sabés cuánto vale en Brasil una caja de pollo?”.
Dos perros ladran sin parar. La ruta quedó a varias cuadras.
El pueblo tiene casas chatas y tiempos de provincia: siesta y ventanas a la altura de la calle muchas veces sin la protección de una reja. El centro no tiene plaza pero está construido alrededor de la antigua estación del ferrocarril con todo lo que tiene que estar: la iglesia, el edificio del Banco Nación, el boulevar, sus monumentos y las casas centenarias. Alrededor están las casas más nuevas: chalets, cemento moderno y de estilos mezclados al tun tun, como si hubiesen crecido por oleadas. El último gran movimiento ocurrió con la pandemia cuando unas trescientas familias se establecieron en el pueblo.
Ezequiel Centurión abre la puerta. Flaco, bien alto y huesudo, lleva los pantalones negros chupados y algo en la mano para entretener a sus perros.
—Es inevitable retroceder un poquito en el tiempo y, sí o sí, hablar de política –dice él y se sienta en la mesa–. Yo entré a la planta en 2022. Y entré para reemplazar a otro por las vacaciones. Al final, podrían no haberme tomado, pero me incorporaron.
Trabajó de lunes a lunes y con tal de quedar iba cuando se lo pedían: querían domingo, iba domingo. Querían de tarde, iba de tarde. Por eso ahora no entiende: un senador de LLA, oriundo de Sarmiento, Gonzalo Cabezas, dijo que la crisis de GTA empezó en 2018. Hoy, acá, dicen que no es así.
—Yo hacía horas extras de lunes a lunes, entre 2022 y 2023 –replica Ezequiel–: por lo tanto, no se puede decir que para 2018 había crisis productiva. Había exportación de garras a China; un montón de pre-fritos y vendían hasta en el McDonald ‘s de Brasil. Entonces, hablar de crisis en esa época cuando cuatro años después se producía de lunes a lunes, parece un absurdo.
Los perros dejaron de ladrar hace rato. Ezequiel les dio un bocado de algo. A uno lo tiene de siempre; al otro lo rescató flaco y desnutrido.
Él llegó al pueblo después de la pandemia. Antes tuvo otras vidas. Fue enfermero, socorrista, guardavidas, trabajó en el Hospital Italiano, conoció a su pareja –ella es de Sarmiento– y terminó acá. Escribe cuentos. Y tiene un hijo con Pie Bot.
—Tengo un hijo con Pie Bot –le dijo al dueño en una asamblea–. No digo que no sé cómo pagar una operación de tres millones de pesos, digo que no sé cómo pagar el alquiler, porque llevamos dos años de cobrar en cuotas y fuera de término.
La puerta de la planta
Ruta 8. Los despedidos anoche hicieron un flyer para autoconvocarse frente a la fábrica. Saben que tienen que estar en la calle y que son menos de los que quisieran.
—Hoy no hay trabajo en toda la redonda –dice Navarro, abajo de la gorra–. Yo tengo un hermano en San Pedro: “Acá te venis y te venis a vivir nomás porque no hay nada”, me dijo.
Navarro quiere jubilarse y que su hija tenga futuro. No pide más. Ella estudia una carrera en Areco. Necesita 18 mil pesos de viático por día, parte de ida y parte de vuelta. Hay otros chicos del pueblo que también viajan a la universidad. Navarro se pregunta cómo van a seguir haciéndolo.
—Es denigrante y triste –dice Navarro–. Es triste ver a la gente ir a buscar un bolsón que, igual, lo tenemos, gracias a Dios.

Atrás, la planta casi paralizada, tiene una garita con cuatro personas, dos de uniforme y dos operarios: ninguno cobra, pero van: todavía no los echaron.
En un extremo, hay algo de actividad. Entran y salen camiones y una chimenea echa una columna de humo blanco, vaporoso, con olor a huevo podrido. Es el único engranaje de la fábrica que aparentemente sigue en marcha. Subproductos, se llama. Harinado. Ahí trituran desechos del pollo para productos balanceados. Los desechos llegan de otras pequeñas unidades productivas de la zona, peladeros, les dicen, a donde muchos trabajadores esperan conseguir trabajo. Los camiones salen cargados. El mal olor invade todo. Una bicicleta cuelga en un estacionamiento para doscientos vehículos que está vacío. Ahora es tierra pelada con la explanada larga y desierta.
Un grupo de mujeres discute alrededor de una ronda sobre las viandas. Muchas de ellas se reúnen a diario a preparar una olla de comida en el Sindicato de Trabajadores de Industrias Alimentarias, STIA. Anoche cocinaron 190 bandejas, pero no alcanzó para todos.
—Lo nuestro es a prueba y error –dice una.
—Vamos a ver cómo sacar más cantidad –dice otra.
—Quedaron un par de familias y lamentablemente tuvimos que decirles: no hay más. ¡Le tenes que mirar la cara a esos angelitos! ¡Cómo duermo yo sabiendo eso!
El pueblo activó espacios así. Un salón privado hace ollas populares y alterna con el sindicato. El Club de Leones donó carne. Hay peluqueros que cortan el pelo y no cobran. Andrea Ulere dice que esto va para largo y que tiene efecto en cadena.
—Yo tengo a mi marido en la planta, a los primos de mi marido, a mis primos y a mi yerno y los que no están ahí dependen de la fábrica –dice–. Mi hermana, sin ir más lejos, tiene un negocio y me dijo: Sarmiento está muerto.
Andrea tiene dos hijas ya grandes y un hijo de 19 años con discapacidad múltiple. Hasta ahora tenía lo que necesitaba: acompañante terapéutica, una niñera, un chico que cortaba el pasto y una trabajadora para la limpieza de la casa.
—Toda esa gente se quedó sin trabajo –dice–. No sólo no tengo para pagarles el sueldo: no tengo para comer, te digo la verdad.

El impacto en el pueblo
Capitán Sarmiento es la ciudad de Javier Iguacel. En 2015, se presentó como candidato a intendente por Cambiemos. Perdió, asumió como Director de Vialidad Nacional durante la gestión de Mauricio Macri y en 2019 volvió a presentarse como candidato a intendente y ganó. Fernanda Astorino era su secretaria de Gobierno. En 2023, ella se presentó como candidata y ganó. Entró por Cambiemos y hoy es parte de LLA.
Astorino reunió a un grupo de mujeres, estuvo en la Plaza, pero cuando le pidieron una respuesta, dijo que no podía meterse porque era un tema entre privados. Pupi Ferrá, concejala peronista por Fuerza Patria, le respondió.
—El tema entre privados, como lo llaman ustedes –dijo–, deja de ser privado cuando tenemos 554 personas que no pueden comer, que se quedaron sin trabajo. ¿A ustedes les parece que eso no es un problema político? ¿Les parece que no es un problema de todos?
El HCD tiene doce concejales. Desde el 2023, el bloque peronista pasó de cero a cinco. El día de los despidos, se fueron a la planta de la fábrica para ponerse a disposición de los trabajadores y del gremio. Escanearon telegramas, consultaron seguros de desempleo. Impulsaron una emergencia laboral que no salió completa. Acudieron a la Defensoría del Pueblo por las deudas, gestionan alimentos con el gremio y la Provincia y donaciones y remedios para la gente. Viven en emergencia.
Ollas populares
Siesta. Dos de la tarde. Pese a la hora la sede del sindicato tiene las puertas abiertas y tránsito a todo momento. Desde anoche, varios trabajadores embalan mercadería alrededor de varias mesas: 950 bolsas en total, 13 productos cada una, destinadas a Sarmiento, Arrecifes y Areco. Felipe Porco, de la Comisión Interna, es uno de los que a esta hora está más activos. El resto de la comisión interna está acá y otra parte en La Plata en una audiencia de conciliación obligatoria con la compañía.
—Pará que te paso los datos en orden –dice Felipe y canta una lista: aceite, galletitas de agua, arroz, azúcar, leche en polvo, puré de tomate, mermelada de membrillo, lentejas, harina, fideos, arvejas y yerba.
Trabajadores muy bien vestidos entran a por su bolsa.
—Muchos pensaban: a mi no me va a tocar –dice Felipe–. Y que no les iba a tocar porque estaban desde hacía treinta años en la planta. Nunca falté, decían, siempre vine, siempre cumplí. Pensaban que iban a echar al que faltaba siempre, al kilombero y conflictivo, pero no fue así: el 2 de septiembre a la mañana arrancaron a llegar los telegramas, de a 100, de a 120, de a 150: todos los días.
—¿A quiénes?
—A todos. A la gente de cuatro años, de veinte años, de treinta años. A la Comisión Interna, que no deberían despedir: pero sí, también a nosotros nos echaron.
—¿Los agarró de sorpresa?
—Como ya había pasado en La China de Concepción del Uruguay sabíamos que acá no iba a ser la excepción. Se venía venir, pero bueno.
A nuestra comunidad, el correo
En Sarmiento se conocen todos. Los telegramas llegaron primero a donde tenían que llegar: el correo. La gente empezó a enterarse y a preguntar.
“A nuestra comunidad, somos Leandro Stuber y Fernando Inservinini, carteros del Correo Argentino y en estos días nos toca llevar adelante una tarea especialmente difícil”, publicaron los muchachos del correo.
“Sabemos que detrás de cada telegrama hay una persona, una familia, años de trabajo y proyectos y mucha incertidumbre (…). Si el telegrama de alguno de ustedes todavía no llegó queremos que sepan que no es mala voluntad ni porque no queramos entregarlo, simplemente somos dos personas intentando llegar a todos”.
A Fernanda Delgado le llegó su telegrama el jueves 3 de septiembre.
—Se me cruzaron mil cosas por la cabeza, bronca, llanto –escribió en su muro de Facebook–. Familias enteras destrozadas, sin obra social, chicos enfermos, personas con problemas de salud.
Al final de la tarde, Ezequiel está en casa de un vecino, a media cuadra de su casa. Su vecino es otro despedido.
—La situación es crítica –-dice Ezequiel– y lo peor es que el golpe más fuerte todavía no llegó. Algunos todavía tienen ahorros. Pero ¿qué va a pasar cuando a la gente que necesita asistencia se le sumen 500 personas desempleadas? ¿Cuando las despensas dejen de vender a 500 personas? Son sueldos que no se van a gastar más ni en la tienda de ropa del pueblo ni en los negocios de comida. Va a ser mucho el impacto –dice al final–: porque va a venir, más temprano que tarde.
En la Provincia lo saben. Hay interesados del país y de fuera del país en la compañía. Pero hay que ver, dicen los que siguen las negociaciones, quién quiere hacerse cargo de este gigante. No solo están en juego los puestos, sino el modelo productivo del país, advierten ahí. Y aclaran:
—No te extrañe que ahora empiece una guerra de pobres contra pobres –dice el mismo funcionario–. Si la producción reabre, los 300 trabajadores que quedan van a tener que enfrentarse con los 700 que están afuera.


