Pensar era peligroso durante la dictadura. Podía implicar la muerte o la desaparición. Sobre todo si se pensaba en exceso, como lo decía el general Julio Juan Bardi, ministro de Bienestar Social de la Nación nada menos, desde 1976: bruto, bestia, criminal. “Hay más drogadictos en el ambiente estudiantil”, decía, porque a veces “el exceso de pensamiento puede motivar estas desviaciones”. Así que pensar podía significar desaparecer o enfermarse, un verdadero camino al vicio.
La consigna era obedecer: no pensar, no sentir, no juntarse. “Circule”. No hablar. “El silencio es salud”. Mucho menos actuar, salvo con docilidad y sumisión. Por eso la dictadura prohibió los libros que hacen pensar, interrogarse, cuestionar, crear, imaginar. E incluso censuró algunos “inocentes” que su profunda e inconmensurable brutalidad interpretaba como sospechosos, como “Cuba electrolítica”, que confundía al país caribeño con un dispositivo de corriente eléctrica, o libros de matemática moderna porque incluían la “subversiva” teoría de los conjuntos.
Pero la “peligrosidad” de la inteligencia y el pensamiento crítico llevó a los genocidas a secuestrar, asesinar y desaparecer los libros de la misma manera que hicieron con las personas. Como los bomberos de Fahrenheit 451 prendían fuego a los libros, públicamente, para que la gente fuera “feliz”, pues, como se sabe, pensar es arduo y un Estado sesudo se empeña en ahorrar ese esfuerzo. Era más tranquilizador renegar de la percepción, hacer como que no se sabe lo que se sabe, obliterar la evidencia que aterroriza.
Según Sigmund Freud, la renegación es el mecanismo de la perversión, esa que engendra monstruos. De ese modo, en medio del horror, los argentinos éramos “derechos y humanos”. Esa cultura de la ceguera, de la desconexión del “por algo será, algo habrá hecho”, permanece. Se fue la marea, pero las huellas siguen frescas.
Los militares de la dictadura crearon tal terror que quienes amaban los libros, los que querían conocer, saber, tuvieron que enterrarlos o quemarlos para salvar sus vidas. Uno de los libros secuestrados por la dictadura fue Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann, con ilustraciones de Ayax Barnes, dibujante también víctima de la censura y la persecución cuando realizó la gráfica del cuento infantil que escribió su esposa, Beatriz Doumerc, El pueblo que no quería ser gris. Es una lástima que lo haya sido, y que lo siga siendo.
Un elefante ocupa mucho espacio es un libro bellísimo. Tiene quince relatos maravillosos y, si bien va dirigido al público infantil, la clasificación no tiene sentido, pues los adultos lo disfrutamos plenamente. Tiene tal calidad literaria que, por primera vez, una escritora argentina —Elsa Bornemann— fue galardonada con el prestigioso premio internacional “Hans Christian Andersen” en octubre del año 1976.
No obstante el merecido reconocimiento, y en medio de la alegría de la distinción, en el año 1977 Elsa descubre, abriendo el diario La Nación, que el libro estaba en la lista negra de la censura. En una de sus páginas se publicaba el decreto 3155/1977, firmado por Jorge Rafael Videla, en el que se establecía la prohibición de su distribución, venta y circulación, además de la clausura transitoria de Ediciones Librerías Fausto, que lo había publicado.
En los considerandos decían los genocidas que “…de su análisis surge una posición que agravia a la moral, a la familia, al ser humano y a la sociedad que este compone… que (en tanto) se trata de cuentos destinados al público infantil, con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica del accionar subversivo…”. Ordena el secuestro de las publicaciones y la clausura de la editorial.
Elsa Bornemann y su familia caen presas de una profunda crisis emocional y de terror cuando se enteran de la noticia. Elsa se esconde para cuidar a su familia. Decide quedarse en un insilio (exilio interior) absolutamente traumático. No podía dormir a la noche, momento en que se realizaban los secuestros. Su padre hizo una isquemia cerebral por la angustia, la preocupación, la tristeza. Comienza así una pesadilla que corre pareja con la experiencia colectiva del terrorismo de Estado y el genocidio.
El cuento que inicia la serie de relatos lleva el nombre del libro: Un elefante ocupa mucho espacio, y es el más directo, el más explícito en el hilo temático de una secuencia que sigue los ejes de la resistencia, la solidaridad, la fraternidad, el amor y la unión como métodos de liberación de las injusticias del mundo y de toda forma de opresión (sentimientos y valores peligrosos y agraviantes para las retorcidas ideas de los represores).
Es el caso de Víctor, el elefante, que convence a los animales del circo —explotados por el dueño— y decreta entonces una huelga general de animales. Encierran al dueño y a los domadores en las jaulas hasta que, ya resignados estos, les compran pasajes de avión para que vuelvan a vivir libres en la selva. Esta es la historia, claro que magistralmente narrada por Elsa.
En ella se plantea el derecho a la manifestación, a la huelga, a la resistencia contra las arbitrariedades, con una alegoría a la lucha por la liberación del encierro y el maltrato de los animales del circo. Gracias a esa lucha de los humanos, como Elsa, contra los autoritarismos y los abusos de poder, ya no hubo animales encerrados en las jaulas, no los hay, y ya no hubo dictaduras militares en nuestro país, aunque siempre haya quienes la reivindican y la amenaza esté latente.
Cuando retornó la democracia, contaba Elsa, los docentes le pedían dedicatorias firmadas en amarillas fotocopias con las que narraban a sus alumnos esos cuentos formidables, porque los libros debían ocultarse para sobrevivir.
Un elefante ocupa mucho espacio es una historia de notable actualidad y de una enorme ternura subversiva —altera el pensamiento, desordena la mirada, cuestiona y desnaturaliza como único posible un orden cruel y postula otros mundos realizables, más justos, más felices—. Así son todos los relatos de la serie.
Hoy, que el transcurso histórico ha profundizado el objetivo de la dictadura —la planificación de la miseria a través de la transferencia de ingresos de los trabajadores al capital, el debilitamiento de la clase obrera y de las organizaciones sindicales, la pérdida de las conquistas de los laburantes a través de la reforma laboral, es decir su reducción a la servidumbre—, el extraordinario cuento de Elsa Bornemann adquiere impresionantes resonancias.
Los quince relatos del libro parecen, desde el arte, la poesía y las fantasías, un instructivo para lidiar con el presente y soñar otro horizonte: un futuro más venturoso y esperanzador que, como dice Benedetti, lento pero viene. Es el futuro del año verde, en el que, como en el cuento de Elsa, vamos a ser felices; el futuro en el que cazaremos al felino come-sol que, lleno de egoísmo, se apropia de los bienes comunes de la naturaleza; y el de la callecita de la oca, salvada por la solidaridad, la unidad y la convicción de los vecinos de la voracidad y la angurria ambiciosa del infame propietario. Es ese el futuro que anuncia el elefante (2).
Pero esas historias que alimentan nuestra esperanza, como construcción activa y compartida, son narraciones tan importantes que no entran aquí y ahora en esta columna, sino el próximo domingo, porque son relatos tan geniales, tan conmovedores, que ocupan mucho, mucho espacio.
(1) Será propuesta de esta columna, en función de los cincuenta años del golpe de Estado, contar cada domingo la historia y la significación pasada y actual de un libro y un autor prohibidos por la dictadura; en este caso, Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann. El domingo próximo continuaremos el análisis de otros relatos de El elefante…, de notable actualidad.
(2) Temáticas incluidas en los cuentos “El año verde”, “El pasaje de la oca” y “Donde se cuentan las fechorías del comesol”, dentro de Un elefante ocupa mucho espacio.
Sergio Brodsky


1 comentario
apecozzi@gmail.com
Felicitaciones, Sergio! Excelente y muy oportuno artículo. Leer textos que movilicen la ESPERANZA es muy saludable en cualquier edad.
Seguiré esperanzada, todas las semanas tú maravillosa propuesta lectora.
Ana Rosa Pecozzi