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Portada / Opinión

Memoria de una fractura: los años en que empezó a romperse la sociedad argentina

El golpe de 1976 no fue un hecho aislado ni un accidente de la historia. Fue el resultado de una sociedad atravesada por conflictos, transformaciones económicas y una creciente fragmentación social que fue debilitando los lazos colectivos y abriendo paso a la promesa de un orden impuesto desde afuera.

Veronica Lopez

8 marzo, 2026

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10:42 am

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Un día te quemas con el mate, con agua hirviendo y decís “nunca más”; otro día compras un auto sin fijarte los papeles, solo por pura emoción, y decís “nunca más”; vas a una rotisería y casi morís en el baño al otro día y decís “nunca más”. ¿Cuántas veces en tu vida dijiste “nunca más”?

Pocas veces las sociedades, con total convicción y absoluta unanimidad, del mundo han dicho “nunca más”. En Argentina creíamos haber construido esa marca histórica, sin embargo, poco a poco el Nunca Más se fue desdibujando, como ropa gastada fue perdiendo color, intensidad y para muchos lo mejor era no volver a usarla, dejarla en algún rincón del ropero, para no verla, para que no moleste su recuerdo; aun así, algunos y algunas insistían, no por haber pasado de moda era desechable, pero como todo también esos iban envejeciendo, como la ropa misma.

Los años 70 dejaron muchos sucesos políticos y económicos que de tanto en tanto se recuerdan. Pero no solo dejaron efectos en esos campos. Hay efectos culturales que poco se tienen en la memoria y que se perdieron en la historia.

Este año, a cincuenta años del golpe Cívico- Militar- Eclesiástico, recuperemos la memoria y repasemos como afectó a la sociedad argentina los años pre y post dictadura cívico-militar, porque el golpe no fue un hecho fortuito ni el mal sueño de una noche de verano, fue el fin de una época y el inicio de una distinta, fue un quiebre de esos de los que después nada es exactamente igual.

El retorno del peronismo al poder en 1973, ilusionó a gran parte de la sociedad, después de años de prescripción y tres dictaduras al fin volverían los años felices de conquista de derechos; sin embargo, justamente habían pasado muchos años y había nuevas generaciones, nuevas ideas y fundamentalmente otro mundo circundante. Al peronismo le costó adaptarse y el gran estadista de los años 40, viejo y cansado, había perdido la agilidad para maniobrar en la coyuntura. La realidad lo abrumo, la muerte sorprendió a sus seguidores y, así las cosas, estaban dadas las condiciones para la estocada final.

El mundo caminaba hacia la globalización, en argentina el modelo industrializador perdía competitividad y el crecimiento tecnológico sustituía mano de obra, lo que conduce a la primera ola de flexibilización laboral, hasta ese momento no se la conocía con ese nombre, recién aparece en los años 90 definida, pero nace en los ´70, solo que el árbol tapaba el bosque y no se podía, todavía, dar cuenta de ello. En pocos años aumenta la vulnerabilidad social y un neopauperismo, que se creía totalmente superado luego de los gobiernos peronistas y desarrollistas desde los ´40 hasta los ´60.

Pero no solo son estos los cambios que se empiezan a sentir, demográficamente comienza un envejecimiento poblacional que da sus primeras señales resintiendo los pilares de la seguridad social. Esto pone en peligro la cohesión social, dado que hay una fuerte correlación entre trabajo estable e inserción social estable; la vulnerabilidad, la inestabilidad, la pauperización laboral rompe la cohesión social; empieza a prevalecer lo que se da en llamar la “ley de la selva”- aunque tengo mis resguardos con esta comparación, pero eso es tema para otro debate- un ejemplo de ello es como se desarrolla, en la llamada clase trabajadora, el paso acelerado de trabajadores asalariados (mayoritariamente hasta los ´70) a no asalariados (trabajadores calificados y técnicos de servicios) y autónomos (artesanos de la manufactura); la misma movilidad se da entre la clase media independiente (profesionales, pequeños industriales, comerciantes) que pasaron a ser clase asalariada. Esto da cuenta, como el sueño de los principios del S.XX, que amasó la gran inmigración, de “mi´jo el dotor” paso a ser mi hijo el gerente o el médico del hospital; y de el “orgulloso obrero industrial” a orgulloso “autónomo” electricista, plomero o almacenero.

Uno de los conceptos de “sentido común” que genera esto, es el de, lo que ciertos académicos latinoamericanos, dan en llamar “transferencia intergeneracional de la pobreza” ¿Qué significa? Significa elaborar la hipótesis que los pobres que nacen pobres, van a ser pobres porque no pueden ser otra cosa. Los años ’70 marcaron el fin del ascenso social como proyecto familiar, y se empieza a construir la visión de la transmisión intergeneracional de la pobreza: son pobres porque quieren, porque les conviene, porque así reciben manutención del estado: pobres y haraganes se transforman en sinónimos. De ahí a “planeros” hay solo dos décadas de distancia. Aquí hay una primera gran ruptura de cohesión social, porque el obrero autónomo o la clase media asalariada, se ve obligada a disputar territorio económico, para mantener su status social, y por lo tanto ya no puede colaborar en espacios de construcción comunitaria como clubes, bibliotecas, centros culturales, gremios, etc.

Ilustra el quiebre de la cohesión social las palabras del dueño del Ingenio San José (Tucumán, cerrado en 1966, en la dictadura de Onganía, por el decreto que se conoció como “Operativo Tucumán”) a un diario de época “Nuestro personal era muy adicto a la empresa, con muchos años de servicio. Yo me crie al lado de ellos, algunos de ellos habían trabajado con mi padre y con mi abuelo y nuestra relación era de mutua confianza; hasta les vendí sus casas, con muchas facilidades a larguísimos plazos (…) además les dábamos un buen servicio médico, leche gratis y atención hospitalaria (…) Mi chicos eran amigos de los hijos de los obreros: jugaban al fútbol juntos, al básquet, al rugby. Todo empezó a quebrarse cuando el culpable de la falta de pago no fue el gobierno, sino el hombre que estaba más cerca; cuando se personalizó la crisis y se convenció al obrero de que no se le pagaba porque no se quería (…) Me atacaron en mi casa particular, que queda a 200 metros de la fábrica (…) si el obrero vuelve a cobrar sin zozobras, todo quedará tranquilo (…) será más difícil recuperar la relación afectiva de otros tiempos. Ha quedado un frío resentimiento entre nosotros. [i]

A mediados de los ´40 el 62% de la población alquilaba, hacia los ´70 este número había bajado al 22% – aún con el aumento demográfico- este es otro dato significativo a tener en cuenta en el proyecto familiar, ascenso y cohesión social. Ser propietario o propietaria de una vivienda, da lugar a destinar parte del ingreso (puede o no ser salario) a la adquisición de otros bienes muebles o inmuebles.

La cohesión no solo se rompe en la sociedad, se rompe fundamentalmente en los espacios de construcción colectiva, las disputas se tornan cada vez más ríspidas en partidos políticos, gremios, mutuales, asociaciones civiles, clubes…todos los espacios que antes eran territorios compartidos se van transformando en sumas de compartimientos pegados frágilmente o de grandes asociaciones de las que se deprenden múltiples fragmentos, que en el fondo se le parecen pero que ya no saben si deben distinguirse entre ellos mismo o distinguirse del poder de turno.

¿Ante esta realidad fragmentada, agrietada, rota, cuál fue la solución? El orden…el Proceso de Reorganización Nacional, un orden que no se logró desde adentro con el acuerdo, con limar diferencias, con el horizonte común; ¡sino el orden impuesto desde afuera y gran parte de la sociedad hizo silencio cómplice ante esto “al fin alguien venía a poner orden!”

El silencio, en las sociedades siempre es cómplice de lo que no debe ser; es verdad, había desorden, disputas, desazón hacia 1975; el gobierno estaba en manos de alguien que nunca quiso gobernar, que no tenía ganas de gobernar, que no sabía gobernar. El mundo estaba revuelto y la guerra fría golpeaba las puertas del imperio. Mientras en casa se estaba unos contra otros.

La iglesia no quedo ajena a la ruptura de su propia cohesión, la Encíclica Gaudium, impacta de lleno en la estructura eclesiástica y muchos sacerdotes comienzan a trabajar en fábricas para conocer en territorio la vida del obrero; monjas se dedican a trabajar en comedores de barrios periféricos, nace el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, basándose en el aggiornamento propuesto por el Concilio Vaticano II, teniendo como objetivo el hombre nuevo.

Los ´70 transcurrían caminando sobre un terreno fangoso, que poco a poco se fue secando de lo que lo irrigaba y surgieron grietas, algunas grandes, otras pequeñas; en las grandes cayeron los grupos armados, en las pequeñas se disgregaron sutilmente los espacios de construcción colectiva, la familia se rompió, no solo la familia biológica sino la familia social.

Montesquieu, en el S. XVIII reflexionaba: “¿Cuándo un hombre es libre? Cuando se siente seguro. ¿Cuándo se siente seguro? Cuando no tiene temor ¿Cuándo no tiene temor? Cuando no hay nadie superior a él ¿Cuándo nadie es superior a otro? Cuando son todos iguales ¿Qué garantiza la igualdad? La ley. Si no rige la ley, no hay igualdad”, no hay seguridad, no hay libertad”

Verónica López

Lic. en Cs de la Educación

[i] Rins, E; Winter,M. La Argentina una historia para pensar- 1776-1996. Kapeluz 1996.

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1 comentario

  • Prácticas como en nepotismo del ex-director de DDE no colaboran en nada en la construcción de una sociedad democrática. Los parientes siguen estando en las escuelas… en las que sacó a gente trabajadora y metió a los de su familia. El nuevo director no hará nada?

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