Ya desde 1806 y 1807 estuvieron merodeando nuestra patria con el fin de invadirla para agregarla a la larga lista de naciones que, a fuerza de cañones y bayonetas, construyeron el feroz Imperio Británico. Ahí nació la herida que nunca suturó. Pero sus apetencias no disminuyeron con el paso del tiempo. Si no fueron por las armas, la ofensiva continuó con la política de entrega de Rivadavia y otros tantos traidores a la Patria, pasando luego a financiar la guerra de la Triple «Infamia», junto con Uruguay y Brasil, contra el noble pueblo paraguayo, que era la nación más desarrollada de Sudamérica. Hasta llegar a abril de 1982, cuando con la complicidad de los «primos americanos» y los traidores del ejército chileno, enfrentaron en la absurda guerra desatada por la Dictadura en la Argentina, como un último recurso para perpetuarse en el poder.
Pero no les fue fácil. A pesar de las enormes asimetrías entre el poder bélico de unos y otros. Tanto que sufrieron una derrota naval como nunca antes, con el hundimiento de dos navíos de gran porte con aviones y helicópteros incluidos. Pero el Imperio ya no es lo que era. Ya hasta el imperio económico se ha derrumbado. Las colonias se han independizado. Solo les queda la Atkinson y algunas islas del Caribe como refugio de los piratas económicos.
En cuanto al fútbol y los campeonatos mundiales, no es que Inglaterra, a pesar de que fueron los inventores del fútbol moderno en el siglo XIX, ganó un solo campeonato mundial, en 1966, en un torneo amañado. Tanto es así que en la semifinal se enfrentaron Alemania y Uruguay con un referí inglés, y Argentina vs. Inglaterra con un árbitro alemán. Por supuesto, estaba todo cantado. En el primer partido, un defensor alemán, Shellinger, sacó groseramente una pelota de gol de Uruguay. Por supuesto ganó Alemania. En el otro cotejo, Inglaterra triunfa sobre Argentina 1 a 0, previa expulsión de Rattín, por pedir explicaciones sobre una jugada, dejando a Argentina con un hombre menos e inclinando la cancha a favor de los locales.
Y sobrevolando la historia se vuelven a enfrentar en México de 1986, que fue escenario de dos jugadas que marcaron la historia a fuego. La primera con aquel gol con el puño de Maradona anticipándose a Peter Shilton, convirtiendo ese gol polémico, y la otra, la extraordinaria jugada de Diego, que ha sido hasta hoy el mejor gol de la historia de los mundiales protagonizada por un solo jugador.
Esos hechos terminaron por establecer una grieta insalvable entre dos naciones desde el punto de vista deportivo y político-ideológico. Hasta que llegó el 15 de julio de 2026, donde los cruces de partidos determinaron el enfrentamiento entre los «gringos» y los «gauchos». Inglaterra tenía un técnico alemán famoso por fabricar resultados con estrategia propia. Inglaterra, con una pléyade de jugadores «importados» de otro origen ancestral pero naturalizados por los británicos, pero sin la «flema» british.
Por este lado, un grupo de «espartanos» dispuestos a vender cara una derrota, después de 2 remontadas épicas en los últimos minutos de cada partido, con una entereza y valor futbolístico, con inteligencia en la administración del esfuerzo físico y futbolístico, a pesar de estar en desventaja desde el comienzo mismo. Sabían que no iba a ser fácil. Enfrente no había no solo un cuadro de fútbol, sino una nación en decadencia que esperaba venganza de aquel México 86, donde Diego dejó en ridículo a toda una defensa para lograr ese gol único en la historia de los mundiales.
Como decía, había un compromiso juramentado entre los jugadores argentinos, que se puso de manifiesto cuando dieron su conformidad de mostrar al mundo ese paño blanco, retazo de una sábana, dando a entender que luchaban por algo más que por un trofeo deportivo; sino como un homenaje a esos soldados mandados al sacrificio, como si fueran a luchar para rescatar el Santo Grial de los usurpadores del poder.
Pero lo que más les dolió a los británicos fue que, cuando parecía que tenían la mesa servida, en solo diez minutos el genio del 10 y la inmensa calidad de Enzo y Lautaro transformaron lo que parecía una derrota en un triunfo espectacular, del cual hoy habla todo el mundo, en grado de desesperación y frustración de ver cómo se les iba de las manos el gozo, sobre todo perverso, de los que disfrutan con las derrotas ajenas en un grado de humillación.
Cualquiera sea el resultado del domingo, se merecen nuestra máxima consideración y respeto por ser una selección con materia genuina de argentinidad.
La lección de esta selección no es solo el temperamento y calidad futbolística, sino que cuando creemos en nuestras propias fuerzas ningún enemigo es imposible de vencer.
Muchas gracias a este puñado de jóvenes y no tan jóvenes que nos marcan que hay que tener el coraje de estar solos y la valentía como pueblo de arriesgarnos a estar juntos…
Fuente: Opinión

