Una frase que todos hemos escuchado en algún momento de nuestras vidas y que, en mi caso, viene de la mano de esas nobles enseñanzas que, siendo niño, me dejó una abuela. Cuando, ante algunos de mis enojos y viéndome reaccionar de manera inadecuada, con la calma y el cariño característicos de las abuelas, queriendo evitar males mayores a su nieto, me repetía:
«¡Alejandrito! Acordate siempre que lo cortés no quita lo valiente…»
En aquel momento, como con muchas otras de sus enseñanzas, yo no alcanzaba a comprender la profundidad de su mensaje, pero sus palabras sí lograban muchas veces detener mi reacción, evitando así un mal mayor para mí y un trago amargo para ella.
A pesar de haber perdido físicamente a esta abuela de muy chico, una parte de ella se fue instalando para siempre en mí, sin que yo me diera cuenta… probablemente hasta hoy.
¿Cómo una frase tan sencilla como esta, tan gastada si se quiere, puede contener una enseñanza tan profunda como para hacer enormes diferencias?
En estos días se repite lo que parece convertirse en una regla en la actual gestión municipal de nuestra ciudad, gestión a la que hasta no hace mucho tuve la «fortuna» de acompañar como funcionario, y es que fueron dados de baja un número considerable de contratos de trabajo.
No es mi intención cuestionar una decisión como esta en este momento. De eso ya se están ocupando diferentes actores políticos, gremiales y sociales. Puedo entender que un gobierno como el municipal deba tener que tomar medidas antipáticas en algún momento de su intervención, por innumerables razones, atendibles todas, por supuesto.
Mi intención aquí es poner el foco en otra cuestión.
La primera es que, conociendo a algunas de las personas afectadas por esta medida y sabiendo del compromiso y la dedicación con la que han desempeñado las tareas que les fueron asignadas mientras duró su vinculación con el municipio, me siento en la obligación de hacer ver que se trata, en muchos casos, de gente que viene trabajando desde hace tiempo en el municipio; que dedica todos los días una importante parte de su tiempo a ello; que, en todos los casos, lo hace para procurarse un sustento económico para sí y para sus familias; que la retribución económica que recibe por ello es absolutamente insuficiente para cubrir las necesidades básicas si se consideran las estadísticas publicadas por institutos como el INDEC, ya que en ninguno de los casos cubren el costo de la canasta básica publicada por este organismo; y que cada una de las personas afectadas cuenta con este magro ingreso para afrontar gastos de subsistencia elementales.
También sé que cada una de las personas afectadas por esta medida, más tarde o más temprano, encontrará una salida laboral que resuelva el inconveniente aquí planteado, porque todos han demostrado ser gente trabajadora y comprometida que no pretende otra cosa que ganarse el sustento de sus familias con la dignidad de un trabajo.
Donde no quiero dejar de poner el foco es en la manera en que una medida como esta se implementa.
Con esto me refiero a que quienes toman esta decisión, por la razón que fuera y que, como ya lo expresé, no pretendo aquí cuestionar, habiendo decidido los nombres y apellidos de las personas a las que se va a dejar sin su trabajo, no tengan «el» gramo de humanidad necesario para hacerles saber con la suficiente antelación, como para que puedan organizar sus vidas laborales y familiares con tiempo, pero, por sobre todo, ahorrarles, más allá del inevitable trago amargo de conocer semejante noticia, la HUMILLACIÓN de enterarse de que fueron DESCARTADOS en el preciso momento de ingresar a sus puestos de trabajo, delante de todos los compañeros con los que vienen desarrollando sus tareas desde hace varios años, en muchos de los casos.
Es en este último punto donde una cualidad como la cortesía juega un papel fundamental, haciendo enormes diferencias ante una misma situación.
Sé, por haberlo vivido en carne propia, que cuando alguien inicia una actividad como la de ser funcionario público llega con un cúmulo de intenciones, proyectos y expectativas que quiere llevar adelante, y que poco a poco se va encontrando con que la realidad muchas veces va acotando esas expectativas y proyectos, hasta, en algunos casos, llegar a extinguirlos completamente, obligándonos a ocuparnos de otras cuestiones que no teníamos previstas.
Es aquí donde aparece la capacidad (o incapacidad) de cada uno para desarrollar las funciones con las que se comprometió, exponiendo su propia calidad humana.
De una cosa sí tengo la certeza: todos somos absolutamente capaces de elegir e incidir en la manera en que queremos ser recordados, no solo por las personas con las que interactuamos todos los días durante nuestro EFÍMERO paso por la función pública, sino por la población en general, y mucho más en una ciudad de las características de nuestra querida Concordia.
Tristemente debo reconocer que algunos funcionarios de la conducción municipal actual han elegido mostrar su «formidable valentía», pero olvidando mostrar un mísero gesto de cortesía.
La única alegría que rescato desde lo personal es la de, a casi cuarenta años de su partida, darme cuenta de que mi abuela, de alguna manera, vive en mí.



1 comentario
NachoJP
Parece que Alejandrito «monillo» López descubrió el agujero del mate, o nos está tomando el pelo. Estuvo más de dos años como un funcionario de alto rango. Los 100 nuevos desempleados que el RADICALISMO creó en Concordia, la ciudad más pobre de nuestra saqueada Patria, no son los primeros que genera esta gestión.
Hay cientos de seres humanos, personas que se ganaban el magro sueldo cumpliendo funciones. Y esta gestión, mientras Alejandrito «monillo» López mandaba en su área, los dejó sin trabajo de forma indigna. Durante 2024 y 2025. ¿Dónde estaba Alejandrito «monillo» López en las anteriores razzias laborales?
Cómo ahora están dinamitando el gabinete por peleas intestinas, hay RADICALES que insólitamente fingen demencia y no se hacen cargo. Odian los trabajadores, y se nota.
Alejandrito «monillo» López, no te creemos NADA.