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La “Banda de Epstein”: La mentira y la desinformación como instrumento de dominación

En épocas tan dramáticas como lo es una guerra sin justificación lógica, la mitomanía y la mutación de la realidad por escenarios inimaginables es una constante que, sin ningún tipo de pudor, se ejerce en forma casi despiadada para ocultar las miserias y responsabilidades que les cabe a cada uno. Al referirme a la “banda Epstein” me refiero a Donald Trump, Benjamin Netanyahu y el perverso Jeffrey Epstein, que con su ya famoso “archivo” ha pasado a ser determinante en las decisiones políticas que el mundo entero pagará muy caro.

Ricardo Monetta

13 marzo, 2026

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7:13 pm

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Es que estos “señores” son los apologistas del cinismo y la hipocresía, que desde hace más de diez años tratan a la población de ingenuos o tontos útiles cada vez que alguien alza la voz para reclamar un principio moral de humanidad cuando se trata de manejar los destinos del mundo.

Ellos, como hábiles escorpiones acostumbrados a inocular con sus aguijones los difíciles consensos morales y frenos democráticos, y cambiarlos por un nihilismo “prêt-à-porter”, de tal manera que los ciudadanos bien pensantes, cándidos, necesitan creerse las beatíficas intenciones de Trump y Netanyahu y sus séquitos. Hay que verlos proclamando, como una letanía, santas razones en manojos justificando tantas atrocidades, ya sea la eliminación de un “régimen”, la destrucción de “armas peligrosas”, el derecho presunto de “democratización” de la región, la “liberación” de pueblos que nadie pidió, la dignidad de las mujeres (menos las de las 158 niñas asesinadas en una escuela o las de las violadas durante las orgías de las “élites”). Y, por supuesto, la lucha abnegada contra el fatídico terrorismo, financiado muchas veces por los mismos que quieren combatir (caso Siria).

Estos personajes dogmáticos, fundamentalistas de una creencia de predestinación divina, con el argumento de la Fe recitada como un credo cada vez que se reúnen en la “Capilla” de la Casa Blanca. Un “ayatollah” de la Democracia predica ser capaz de hacer el milagro de salvar a un pueblo mediante un genocidio. Pero hace ya un tiempo apreciable que el gran público universal está ejerciendo el derecho a descreer y sospechar que, cuando se emplean costosísimos misiles en una ofensiva, el motivo no coincide con la explicación piadosa y humanitaria, sino para defender los privilegios de un sistema, el capitalismo cruel, pero que en nombre de la Libertad nos van a defender a “nosotros” de los “otros”, cuando los otros son quienes se opongan a sus designios imperiales y racistas.

Y, sobre todo, no faltaba más, tener el Derecho, incluso el internacional, ese conjunto imperfecto de desequilibrios en pugna, muy inferior a lo que finalmente se impone: la ley del más fuerte. La responsabilidad histórica de Donald Trump por el apartamiento obsceno de todo límite jurídico a su poder mundial convertirá en ridículos y despreciables los mezquinos logros que podrá presentar a sus acólitos. Y es que cuando es el grande quien se aparta de las reglas con un manotazo de desdén, todo se viene abajo: si tiene poder es un golpista y hace perder toda autoridad legal.

Entonces, ¿quién se animará a ponerle reparos a Rusia en Ucrania, a China en Irán una vez que decida que ha llegado su momento bélico, y al mismo Irán cuando encuentre la manera de vengarse?

Somos mayores como miembros de la especie humana, en fin, para creer tanta supuesta verdad descargada desde los despachos del poder. Recuerdo las semanas de febrero y marzo de 2003, previo al ataque anglosajón en Irak, respaldado vergonzosamente por Occidente con la finalidad de “liberar” a los iraquíes del “sanguinario” Sadam Hussein y al mundo de sus armas de destrucción masiva. El resultado de esa guerra es posible que se haya olvidado, ya que fueron más de 300 mil muertos según las versiones más moderadas, de las cuales más de dos terceras partes eran civiles. Un espanto a cambio de las inexistentes armas químicas que pudieran justificar la muerte de un solo inocente. Un engaño bien preparado que no mejoró nada en términos de seguridad y democracia, ni de terrorismo, porque no podían ponerse presos ellos mismos.

Yo dejé de ser pacifista a ultranza desde hace tiempo. La paz es una gran palabra y un objetivo de singular nobleza, pero es verdad, no basta con el ansia de paz en los corrillos mundanos para organizar el mundo de la convivencia.

Pero si me queda un espíritu emancipador cada vez que alguien decide acometer en nuestro nombre una ofensiva bélica (como Malvinas), tenemos la obligación moral de desconfiar y decir que no con la máxima determinación, a menos que nos den una razón que, además de verosímil, sea capaz de justificar en términos morales y nacionales las matanzas de seres inocentes que no fueron invitados a “salvar” a la patria o ponerla en peligro por la adhesión indigna del Gobierno nacional a un bando imperialista-sionista que nos ha sojuzgado cuantas veces ha querido.

Debemos cuidar nuestra memoria histórica porque cipayos y vendepatrias estuvieron siempre en nuestra historia.

Estamos en un momento crítico y vergonzante, en el que a nuestra patria es más fácil venderla que luchar por ella.

Fuente: con información de Opinión

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