El río Gualeguaychú no tiene gran caudal y los vertidos del PIG se vuelcan en él, desde hace décadas, prácticamente crudos, porque la Planta de Tratamientos del complejo industrial es insuficiente para tratarlos e incluso ha pasado largos períodos de no funcionamiento. Con el agravante que estos vertidos transitaban por la Cañada de Sánchez, luego por el Arroyo Gualeyan que finalmente los arrojaba al río Gualeguaychú apenas unos metros antes de la toma de agua para potabilizar de la ciudad. O sea que el agua que ingresaba a OS ya portaba los vertidos industriales y su carga de sustancias cancerígenas y venenos que finalmente van al agua distribuida para consumo. Tampoco es solución volcarlos, como hoy, después de la toma porque el río tiene periódicos reflujos que finalmente lo contaminan en toda su extensión.
“PREFIERO MORIRME DE CÁNCER Y NO DE HAMBRE POR FALTA DE TRABAJO”.
Durante los primeros años de las luchas de la Asamblea Ciudadana, cuando sus miembros concurrían a Fray Bentos a interactuar con los vecinos para advertirles lo que se venía con la Planta de Celulosa finlandesa era común que los locales dieran esta respuesta. “prefiero morirme de cáncer y no de hambre” ilusionados en las posibilidades laborales que prometían terminar con la desocupación crónica del país vecino. Especialmente en el departamento de Río Negro, donde esta UPM (ex BOTNIA) que en ese entonces sufría una desocupación de dos dígitos siendo el más afectado de Uruguay por ese flagelo. Irónicamente, luego casi dos décadas de funcionamiento de la planta, Río Negro sigue siendo el departamento con mayor desocupación del Uruguay con índices de dos dígitos similares a los previos a la instalación de la celulósica.
Algo por el estilo ocurre en Gualeguaychú: me ha tocado llevar hace décadas el reclamo a las autoridades del PIG por el problema de los vertidos industriales y recibir como respuesta “si paralizan el PIG por este tema les vamos a mandar los obreros que se queden sin trabajo a golpear a las puertas de sus casas”.
Durante los primeros tiempos en que ocurrían estos reclamos, era un secreto a voces que cuando la municipalidad enviaba inspectores a controlar los vertidos de cada planta industrial, estas eran advertidas off the record. Y durante algunos días, mientras el municipio tomaba muestras, se limitaban a arrojar agua bendita a las cloacas con lo que evadían sus responsabilidades en la contaminación química.
El tiempo fue pasando y se hizo imposible tapar el problema. Un barrio, Don Pedro, que se construyó en el área de impacto fue la primera víctima por los olores nauseabundos con los que deben convivir. Y la flora y fauna del trayecto hacia la desembocadura en el Gualeguaychú, impactada, evidenciaban el no tratamiento de los vertidos industriales.
Hoy el tema sigue explotando con cada vez más virulencia, aunque los responsables no han dado las respuestas que apunten a la solución del problema. Está interviniendo la Justicia Federal, pero por ahora infructuosamente porque sus dictados no son respetados, como ocurre con el Barrio Náutico Amarras, que la Corte Suprema de Justicia ordenó desmantelar y devolver el humedal que destruyó a sus valores originales. Pero Amarras sigue ahí, vivito y coleando, igual que los vertidos del PIG.
El tema cobra cada vez más dramatismo, y probablemente la solución exista, pero con un costo que los industriales no quieren solventar, mientras tanto la gente que debe consumir esta agua paga las consecuencias con su salud y calidad de vida. En definitiva, un tema que enfrenta a las industrias que una vez que las consecuencias de sus procesos pasan la frontera de sus predios comienzan a llamarlas “externalidades negativas” y que se haga cargo Juan Pueblo. ¿Como terminará esta historia? Son sucesos en curso, estaremos atentos.

