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Bolivia: El golpe político que la derecha siempre tiene a mano

La crisis política y social que atraviesa Bolivia vuelve a poner en escena viejos mecanismos de intervención, desestabilización y disputa por los recursos estratégicos de América Latina. Entre denuncias de injerencia extranjera, conflictos internos y el avance de gobiernos alineados con Washington, un análisis del papel de la derecha continental, el litio como botín geopolítico y las tensiones que podrían convertir nuevamente a Bolivia en el epicentro de una rebelión popular.

Por: Ricardo Monetta

21 mayo, 2026

5:35 pm

Hablar de Bolivia es hablar de una nación latinoamericana que siempre ha vivido bajo la amenaza constante de la inestabilidad política y de cruentos golpes de Estado cuando su oligarquía ve peligrar sus privilegios y la posibilidad de continuar el saqueo de sus entrañas mineras: la plata, el oro y, durante muchos años, el estaño, bajo la explotación del oligarca Simón Patiño, cuyos trabajadores, casi esclavos, no vivían mucho tiempo, víctimas de la intoxicación producida por los minerales en el socavón de la mina.

Como no podía ser de otra manera, Argentina, en el orden internacional, salvo Saavedra Lamas (Premio Nobel), no ha tenido felices intervenciones cuando abandona la neutralidad de la que hizo gala. En 1980, la dictadura argentina financió y abasteció de armas a un cruento golpe de Estado que instauró en Bolivia el primer narcoestado del continente, que compitió y se asoció con los carteles colombianos para abastecer de cocaína al mercado norteamericano.

En noviembre de 2019, el gobierno de Mauricio Macri y Patricia Bullrich (“la montonera light”) asistieron de varios modos —incluida parafernalia represiva— a quienes depusieron “manu militari” al presidente Evo Morales. En esa oportunidad, Macri envió dos aviones con gendarmes y municiones, hecho que fue denunciado y por el cual se había iniciado una causa que murió en las manos de Comodoro Py.

Ahora Milei, a pedido de EE.UU. y de “Pato” Bullrich, parecen haber abastecido de igual manera al gobierno entreguista de Rodrigo Paz con dos aviones Hércules para que reprima la revuelta de un pueblo que, traicionado y consciente de la entrega de los recursos del país a Donald Trump y a Elon Musk (litio), se les había parado de manos, resistiendo en forma heroica.

Otro importante hilo conductor es el protagonismo del argentino Fernando Cerimedo, uno de los estrategas de la campaña que consagró a Milei presidente y que hoy está en sintonía con Peter Thiel (Palantir). Cerimedo, con terminales en EE.UU., dirige un conglomerado de empresas que incluye medios de comunicación, agencias de publicidad y marketing político. Se hizo famoso por sus intervenciones en las campañas presidenciales de Jair Bolsonaro en Brasil y contra la reforma constitucional en Chile. Trabajó con Patricia Bullrich y es el responsable tecnológico de la estrategia digital de Javier Milei vía Santiago Caputo.

Después de esto, pasemos a Bolivia propiamente dicha. Una investigación de El País de Bolivia reconstruyó cómo, en un solo semestre, el gobierno de Rodrigo Paz Pereira comprometió el litio y permitió que una red sin cargos condujera el Estado. O sea que Bolivia es un país que llegó quebrado a las urnas. Y el punto de quiebre fue una inflación del 20 %, un déficit del 12 % del PBI y reservas internacionales caídas de 15.000 a menos de 2.000 millones de dólares en 10 años.

Rodrigo Paz Pereira ganó el balotaje con el 54 %. El resultado no indicaba a quién le estaban abriendo la puerta (como a Milei en la Argentina). Cerimedo, consultor argentino sin cargo (?), fue presentado por el vicepresidente Lara como el “asesor personal” del presidente. Su presencia en reuniones de gabinete está documentada. Pero su historial incluye el relato de fraude en Brasil en 2022 y la estrategia que proyectó a Milei hacia el movimiento MAGA.

En Bolivia, un círculo de seis personas sin cargos tomaba las mayores decisiones estratégicas del gobierno.

Pero la arquitectura internacional fue una máquina de ganar elecciones en Bolivia. El 5 de diciembre de 2005, The New York Times documentó que Parcascale, exjefe de la campaña presidencial de Trump, es socio de Cerimedo en la consultora “Numen”. ¡Qué casualidad! Y viajó a Bolivia para desarrollar herramientas de microsegmentación electoral.

El patrón se repitió en tres victorias: Argentina 2023, Bolivia 2025 y Honduras (con fraude), con la misma orientación política.

Para comprender este proceso de inestabilidad política de Bolivia hay que tener en cuenta que, luego de la debacle de los gobiernos progresistas y reformistas en Latinoamérica, sectores de la derecha continental han recuperado posiciones de poder político. Aunque diferentes, diversos conservadores comparten una orientación común, como ser: apertura económica al gran capital, fortalecimiento de las clases empresariales locales y transnacionales, acercamiento estratégico a EE.UU. (subordinación) y una ofensiva sobre conquistas sociales y laborales alcanzadas durante el ciclo de gobiernos y movilización popular del siglo XXI (nada nuevo bajo el sol).

Bajo el liderazgo de Donald Trump, este reordenamiento regional ha adquirido mayor nitidez. Gobiernos de derecha como el de Javier Milei, Daniel Noboa en Ecuador, Santiago Peña en Paraguay o Nayib Bukele en El Salvador expresan, con distintos matices, un horizonte político favorable al gran capital, el disciplinamiento social y el reforzamiento de alianzas geopolíticas funcionales a Washington.

En este escenario se inscribe el ascenso del presidente boliviano Rodrigo Paz tras su victoria electoral en segunda vuelta en 2025. Sin embargo, a diferencia de otros gobiernos de derecha de la región, el suyo se asienta sobre bases más frágiles: su limitada capacidad de dirección política, las críticas al interior de la derecha boliviana por no saber contener ni aplicar medidas de shock contundente (como el DS N.º 5503), la división de su bancada parlamentaria, la inviabilidad de su proyecto político (“capitalismo para todos”) y el agotamiento de la crisis económica, que han debilitado rápidamente su margen de maniobra.

Apenas a seis meses de asumir el cargo, Bolivia atraviesa un escenario de fuerte conflictividad social. Las movilizaciones, originadas al principio por mejoras salariales, por la pérdida de poder adquisitivo, por el rechazo de la Ley N.º 1720 de conversión de la pequeña propiedad campesina a mediana, por mejoras en la educación, así como por la mejora en la calidad de los combustibles (gasolina y diésel), han derivado en pedidos de renuncia del presidente.

En este contexto, tanto la Oficina para el Hemisferio Occidental del Departamento de Estado de EE.UU. como el Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel han emitido comunicados de respaldo al presidente boliviano.

La pregunta surge: ¿por qué este reordenamiento oligárquico-neoliberal de América Latina se esfuerza tanto en sostener a un presidente tan frágil? La respuesta se basa en la misma historia del continente.

No debe olvidarse que Bolivia fue uno de los epicentros de la rebelión popular latinoamericana a inicios del siglo XXI. La Guerra del Agua, en 2000, no solo derrotó proyectos privatizadores y precipitó la caída de gobiernos neoliberales: también mostró que la movilización popular organizada podía alterar la correlación de fuerzas en la región.

Aquellas luchas se articularon con otros procesos continentales, como la rebelión argentina en 2001 y la Guerra del Gas en 2003. Estos procesos culminaron con la movilización contra el ALCA en 2006, que concluyó en Mar del Plata con el freno que le impusieron a George Bush y Condoleezza Rice Néstor Kirchner, Lula da Silva, Hugo Chávez y Evo Morales, conjurando un ciclo de resistencia al neoliberalismo.

En una América Latina atravesada por ajustes económicos, precarización laboral y creciente malestar social, Bolivia podría convertirse en un laboratorio político capaz de reactivar experiencias de lucha y alimentar nuevas resistencias.

Sin embargo, el problema de fondo trasciende la figura de Rodrigo Paz. La crisis actual no puede comprenderse únicamente por errores de gestión o debilidad de su liderazgo, sino que expresa una contradicción más profunda: una restauración oligárquica neoliberal.

Haber conquistado el gobierno con falsas promesas de campaña no significa haber construido hegemonía. Precisamente allí es donde radica uno de los principales problemas del actual gobierno.

Esta crisis atraviesa Bolivia y anticipa, de manera temprana, una tensión que recorre varios países, donde la memoria de las luchas populares no quedó encerrada en el baúl de la historia.

Entonces, la pregunta es: “¿Qué fuerzas sociales y políticas lograrán disputar el rumbo de esa crisis? ¿Qué impacto tendría sobre la correlación de fuerzas en América Latina si el eslabón débil (Bolivia) se rompe y arrastra consigo a toda la cadena?”

Nota: Hay que recordar que en 2019, estando Macri en el gobierno, se produjo un violento golpe de Estado contra Evo Morales, y Mauricio envió municiones y equipos para reprimir manifestaciones. Conjunta y sospechosamente arribó al país Ivanka Trump, hija de Donald Trump, quien fue recibida por el miserable gobernador de Jujuy, Gerardo Morales. También llegó el magnate Elon Musk, interesado en derrotar a Evo Morales para apoderarse del litio con un nuevo gobierno que le fuera favorable. Ivanka, que no vino de turismo, traía varias valijas que no fueron revisadas, pero se sospecha que contenían “documentos” (US$) para la oposición.

Fuentes: con información de Opinión y Prensa Alternativa.

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