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Crisis educativa: “Resisto; luego existo”

Luego de la imponente manifestación por el efectivo financiamiento de la educación en todos sus niveles y el discurso del presidente Javier Milei, haciendo alarde de una ignorancia y de una orfandad lingüística que avergonzaría a cualquier ciudadano del inframundo habitable en el planeta, llegamos a la triste conclusión de que la involución antropológica de los saberes ha llegado para quedarse si no tomamos conciencia de la grave situación que tiende a naturalizarse cuando el resto de la sociedad se desresponsabiliza de esta crisis de los saberes que nos afectará a todos por igual.

Por: Ricardo Monetta

17 mayo, 2026

10:37 am

Esta crisis educativa, que se extiende a todos los sectores del mundo, no puede responderse con superficialidades ni con meras cifras estadísticas tomadas de organismos nacionales e internacionales que, a menudo, son parte del problema. Esta crisis, tal como es, debe entenderse en toda su densidad histórica, política, económica, semiótica, social y hasta antropológica. Debemos pensar desde las raíces estructurales burguesas que hacen de la educación un campo mercenario de disputa, y no solo desde las estadísticas que recubren el drama con barnices de “objetividad ideológica” y demagógica.

En rigor de verdad, la crisis educativa que atravesamos hoy es un conjunto de ellas superpuestas y entrelazadas que tocan a la educación como sistema y como proceso, y que obligan a cuestionar la función misma de la escuela, de la universidad y de los proyectos de formación de la conciencia como mercancía. Es necesario recordar que la educación no flota en una nube filantrópica neutral: está determinada por la lógica del modo de producción dominante y su ideología (“¿falsa conciencia?”). En un mundo regido por el capitalismo globalizado, la educación está sometida a la dictadura del mercado. Sus sistemas educativos son evaluados con criterios de “eficiencia”, “productividad” y “competitividad”, categorías tomadas de la barbarie empresarial y aplicadas mecánicamente a su “dictadura” pedagógica.

La educación se convierte así en adiestramiento mercantil y no en un derecho humano universal. En lugar de formar sujetos críticos capaces de transformar su realidad, se entrenan operadores dóciles para un mercado de trabajo precarizado. Esta es la primera dimensión de la crisis: la subordinación estructural de la educación al capital, que la corrompe en su sentido más profundo.

La desigualdad estructural del sistema mundial, en el cual el acceso a una educación de calidad —especialmente universitaria— es imposible bajo las normas y reglas del capitalismo, profundiza aún más esta problemática. A su vez, la educación de “segunda” prolifera allí donde abundan universidades privadas de baja exigencia o de nula calidad pedagógica, con programas cortos y diplomados pensados como productos de consumo rápido, con el fin de habilitar competencias puntuales para el “mercado”. Muchos de ellos se presentan como ignorantes engreídos.

La crisis se manifiesta también en el plano del contenido. Nunca como ahora hubo tanta información disponible; nunca antes existieron tantos dispositivos de acceso al conocimiento “chatarra”; sin embargo, nunca la ignorancia fue tan funcional al poder (por ejemplo: Milei). La llamada infodemia multiplica contenidos fragmentarios, superficiales y efímeros, sin jerarquía de ideas. En lugar del pensamiento más o menos profundo, se fomenta la conexión sin reflexión. En lugar del pensamiento crítico, se impone la lógica del “clic”.

Esta inundación de información funciona como un distractor masivo que degrada el aprendizaje en las aulas, convirtiendo a profesores y alumnos en mediocres o petulantes repetidores de flujos comunicacionales masivos. El capitalismo digital, con sus algoritmos de segmentación y control, ha introducido una nueva dimensión de la crisis educativa: la colonización tecnológica de la conciencia. O sea, mucha “basura” en muchas cabezas para que nada cambie.

La mortalidad humana, o sea esa finitud del ser que lucha contra el tiempo, implica necesariamente que ningún ser humano puede lograr concebir todo lo que pasa en el mundo como ente total. Es imposible comprender y expresar todo lo que pasa en el orbe. Para ello es necesario sumar, no como mero ejercicio de acumulación de múltiples saberes, sino con el fin de comprender e internalizar la realidad que da más sentido al saber.

En los últimos años nos hemos venido quedando con interpretaciones vagas. El “saber” ha quedado cada vez más repetitivo, lo que anula una premisa muy importante: para transformar el mundo es necesario comprenderlo, y para ello hay que construir pensamiento crítico. Frente a una realidad solo se le opone una negación. Los pueblos colonizados pueden dar fe de ello, pues han sido víctimas durante años de la “crisis del saber”.

No es casual que los gobiernos liberales, a partir de la “globalización”, hayan aplicado en todo el planeta políticas de austeridad que desfinancian la educación pública.

Lo que sufrimos hoy en la Argentina son las consecuencias de un siniestro plan diseñado en Estados Unidos llamado “Informe Brooklyn”, para dominar el pensamiento opositor en toda América. Para ello cuenta con serviles mandatarios que se arrastran por unas “migajas” del poder político y económico. Nuestro país es uno de ellos.

Como dijo José de San Martín: “Seamos libres de cualquier yugo, aunque andemos en pelotas”.

Fuente: con información de Opinión

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