“Oíd, mortales, el grito sagrado”, así nos habla el primer verso del Himno Nacional Argentino. No le habla al pueblo argentino ni a quienes están del lado de la libertad; le habla a todos los mortales del mundo: “¡Libertad, libertad, libertad!”. La libertad de aquellos años era liberarse de la opresión colonial, del vil invasor, ese que llegó a nuestras tierras sin pedir permiso y se apropió de ellas.
“Oíd el ruido de rotas cadenas”. ¿Qué cadenas nos atan hoy? La deuda, sin duda; el FMI, los grandes financistas transnacionales, no son menos opresores que aquellos invasores. “Ved en trono a la noble igualdad”. Así concluye la primera cuarteta, y nos remite a pensar la profunda desigualdad que hay en la Argentina actual: docentes, jubilados, profesionales de la salud pública con ingresos por debajo de la línea de pobreza y solo un 10 % de la sociedad con ganancias extraordinarias. Entronar la igualdad es tarea bien presente.
El Himno Nacional vio la luz el 11 de mayo de 1813. Cuentan las crónicas de la época que las urgencias del tiempo histórico sentaron a Vicente López y Planes a escribir una “Marcha Patriótica”, a pedido de la Asamblea General Constituyente. En vísperas del 25 de mayo de 1812, ya había sentido la épica de la palabra al asistir a una obra de teatro que lo marcó; eran épocas de efervescencia política y debates encendidos. El 6 de marzo de 1813, la Asamblea le encarga a López y Planes una canción patriótica. Allí retoma las ideas de tiempo atrás, pero no siente que sus palabras fluyeran. Así lo narra el musicólogo Carlos Vega: “Él mismo no sabía si sus pensamientos, aún confusos, sin duda avanzados, serían compartidos por sus conciudadanos. Corrían horas de gran incertidumbre: grados diversos de adhesión al rey; matices de fe en España; ideas varias sobre la emancipación total… Era necesario decir palabras exactas, aclarar y estimular conceptos indefinidos, orientar las pasiones, afirmar los rumbos invertebrados, coordinar las emociones ciudadanas, prever el destino de un pueblo”.
Así llegó el día 8 de mayo, en que decidió asistir a una representación teatral donde, al ingresar, estaban interpretando “La Marsellesa”, y cita a Lucio V. López, nieto de Vicente, quien describe aquel momento, tantas veces evocado por su abuelo: “… salió del teatro con el cerebro ardiente, el corazón palpitante, el pecho henchido de inspiración. Puede decirse que el himno había nacido en aquel momento”.
Lo que sigue es cosa de vértigo. Se le agolpan los versos al poeta; aprieta el paso, llega a la casa y se vuelca sobre las cuartillas como quien suelta brasas. No duerme. Así, en la plena euforia del hallazgo, pasan los días 9 y 10. El 11, don Vicente López y Planes presenta su himno a la Asamblea General Constituyente. Los aplausos de los miembros y las voces de la barra interrumpen la lectura y estallan al final:
“Se levanta a la faz de la tierra
una nueva y gloriosa Nación:
coronada su sien de laureles
y a su planta rendido un león.”
Mayo de 2026, 215 años después, la patria se despierta con un presidente que asume la imagen del león como propia. Tal vez no sea solo una imagen; tal vez sea el ícono de la dominación, el león ibérico que vuelca sobre el pueblo toda su ira vengativa, esa irracional violencia que no se entiende, que desorienta y confunde.
“Pero sierras y muros se sienten
retumbar con horrible fragor:
todo el país se conturba con gritos
de venganza, de guerra y furor.
En los fieros tiranos la envidia
escupió su pestífera hiel.
Su estandarte sangriento levantan
provocando a la lid más cruel.”
Describe Vicente López y Planes, en la tercera estrofa, al cruel invasor, pero también quiere despertar en el alma patriota el sentimiento de justicia, la fuerza de la liberación. No era tibieza, no era diplomacia: era incomodar, era molestar, era denunciar.
“De los nuevos campeones los rostros
Marte mismo parece animar;
la grandeza se anida en sus pechos,
a su marcha todo hacen temblar.
Se conmueven del Inca las tumbas
y en sus huesos revive el ardor,
lo que ve renovando a sus hijos
de la Patria el antiguo esplendor.”
Era recuperar el pasado en un presente vivo, donde la memoria traiga la majestad del pasado en la frescura de las nuevas generaciones. Esta estrofa se vuelve atemporal, marcando un camino, definiendo de dónde venimos y quiénes somos.
Pasa el tiempo y las emociones se aplacan. El poder siente que sus negocios y sus relaciones son más importantes que el furor de la libertad real. Corre 1900 y Julio Argentino Roca decreta que el Himno se acorte. Hay quienes dicen que porque era muy largo; hay quienes dicen que “ofendía” a España; hay quienes dicen que era mejor para las relaciones diplomáticas con Europa. Lo cierto es que el Himno queda así: cercenado, reducido a la primera y última estrofa, más el coro. El recorte cambió la duración, pero también cambió el sentido: dejó de ser un grito apasionado de resistencia contra la opresión, de denuncia, y pasó a ser una afirmación general y enérgica de carácter patriótico.
En el siglo XX, en 1944, bajo la presidencia del general Perón, por el Decreto 10.302, se dan por terminados los debates sobre qué versión incorporar, reconociendo el recorte, oficializando la versión musical de Juan P. Esnaola de 1860 e institucionalizando la versión reproducida desde entonces.
El Himno no solo es una canción patriótica: construyó una identidad compartida. A partir de él, los argentinos somos un “nosotros”; nos integra, nos da sentido de pertenencia.
En 1990, Charly García edita y cierra su sexto álbum, Filosofía barata y zapatos de goma (Sony Music), con el Himno Nacional Argentino. No es el primero ni el último en reversionarlo; sin embargo, significó un hito en la simbología nacional. En junio y julio de ese año se había jugado la Copa Mundial de la FIFA Italia 1990, un campeonato épico para Argentina. La final se juega en el Estadio Olímpico de Roma entre Alemania y el equipo nacional. Cuando suena el himno argentino, una intensa silbatina casi tapa los acordes. Las cámaras de televisión hacen centro en Diego Armando Maradona, quien claramente putea a las tribunas y señala orgulloso su camiseta.
La final se pierde y el acto es tomado como el orgullo del ser nacional. En noviembre de ese año, Charly saca el disco y realiza las presentaciones cerrando con el Himno y la camiseta argentina, con el número 10. La versión de Charly, más que un acto de orgullo, es una expresión de amor; cala profundamente en las jóvenes generaciones y empieza a sonar en los actos escolares. Pronto, “el himno de Charly” —como se lo conoce— se transforma en toda una declaración de identidad colectiva, de resistencia y también de afrenta hacia una clase conservadora y entreguista de la soberanía nacional de esa década. Las reacciones no se hacen esperar y hasta se llevan a los tribunales judiciales.
En el año del Bicentenario (2010) se hace una versión con voces de todas las regiones del país y los y las cantantes más emblemáticos de la cultura popular, resonando con la integración nacional y el sentido patriótico. El fútbol, deporte nacional y popular por excelencia, le realiza otro recorte: solo habilita tocar la introducción —larga, por cierto, y solo instrumental— en las competencias internacionales, lo que le ha dado una nueva variante, coreada por todo el estadio con un “ohh… ohh!”.
La letra y música del Himno Nacional Argentino lograron el deseo de Vicente López y Planes: “decir palabras exactas, aclarar y estimular conceptos indefinidos, orientar las pasiones, afirmar los rumbos invertebrados, coordinar las emociones ciudadanas, prever el destino de un pueblo”. Trascendió la época, sonó al ritmo de los vaivenes ideológicos y, en tiempos donde la identidad se desdibuja, tal vez sea hora de volver a recuperarla y, a su planta, rendir al león.
Verónica López
Lic. en Cs. de la Educación

