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¿Cuánto despojo resiste una sociedad?

Última actualización:
hace 158 días

Fue y es un acto de crueldad del poder, que requirió de un dispositivo socio-cultural que sostenga el accionar de los crueles designios contenidos en los apenas 30 puntos divulgados por Cadena Nacional del decretazo de «Mi-ley» donde se anulan conquistas de derechos consagrados a través de años de luchas de todo tipo.

El peligro es el sadismo del autoritarismo explícito de que hacen gala. Porque se pide un tiempo de sacrificio, como si fuese un acto religioso por el cual hay que transitar el desierto de las carencias, como un acto de crueldad que es necesario soportar, para enterarnos de que detrás nuestro hay alguien más pobre y miserable.

En ningún país del mundo se produce una apertura financiera para el comercio exterior porque eso supone la destrucción de la industria local, para favorecer a intereses extranjeros, y con la consiguiente desaparición de fuentes de trabajo no recuperables. Obligándonos a resucitar el «espíritu» del general Mansilla, y convocar a una nueva «Vuelta de Obligado» propia.

La nueva alianza del gobierno está clara. El Poder Ejecutivo y el núcleo duro del menemismo macrista es el encargado de facilitar las herramientas institucionales para que el saqueo de nuestra República sea legalizado.

La recuperación de la ultra derecha que profesa Milei (Mi-Ley) requirió de tres etapas históricas a saber: La dictadura militar, el menemismo, y el macrismo explícito. Estas fueron las etapas donde se planificó la concentración de la riqueza, el aumento de la miseria y se naturalizaron distintas formas de violencia. En las tres sucedió la desposesión de las mayorías, la acumulación en pocas manos y la aparición de una «grieta»: la Grieta social que bien se encargaron de difundir.

Pero ahora hay una diferencia con el Estado de principios del Siglo XX que Milei quiere destruir, cuando las grandes mayorías no sabían leer ni escribir, y las mujeres no votaban y solo había un puñado de personas capaces de redactar leyes en su provecho y ocupar los cargos para gobernar.

De las generaciones que no heredaron un negocio familiar, que se formaron en la Escuela y la Universidad Pública, es quizás que surja el capital humano que dé respuesta a esta distopía del anarco-capitalismo, que en realidad debería llamarse la tiranía del capital, porque en el fondo esconde un «remate» de grandes negociados.

Los neoliberales y los libertarios están convencidos de que la «libertad» se refiere exclusivamente a la economía capitalista y a la competencia empresarial. El nuevo gobierno nos obliga a explicar en qué momento se quebró la Argentina y se procedió a repartir entre pocos lo que hoy repiten como un mantra sagrado el derecho a la propiedad privada pasando por encima del derecho a la vida y a la libertad.

En la mente de estos libertarios no existe la empatía con el «otro». Es más, quieren que el otro sea una «cosa» sin voz, que se le niegue hasta la intemperie de la calle, del espacio público para visibilizar su drama, hasta que se ubica la crueldad de sus actos como promesa palpable, como un dedo que acaricia deseoso, excitado, palpitante, un gatillo fácil.

Vendrán horas difíciles. Pero no hay que bajar los brazos y recordar que la única lucha que se pierde es la que se abandona. Confío, sin renegar del pesimismo de la inteligencia, hay que soplar las pequeñas llamas de rebeldía que pueden anidar en nuestros pechos, para alumbrar esperanzas que se cocinan a fuego lento, como las ideas insumisas, sentimientos de puro ardor nacional por más que se autoperciban como plebeyos, tan necesarios como urgentes en estos tiempos de desorientación estratégica y pérdida de brújulas.

Será cuestión entonces de empezar a animarnos a ensayar aquí y ahora una Democracia de «otra clase», que sitúe a la vida misma como punto de partida y centro de gravedad de un andar colectivo. Al fin y al cabo, lo político más que una práctica es una intensidad propia de toda práctica de la «poli». Y la «poli» somos nosotros como pueblo.

De una cosa estaremos seguros: ¡Argentina no se remata!

 

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