Fue entonces que, a nivel mundial y sobre todo en Occidente, las élites capitalistas se sintieron acorraladas. Y su respuesta no fue ni intelectual ni académica. Fue una ofensiva perfectamente orquestada. El liberalismo de entonces no emergió como una teoría económica superior que derrotó al keynesianismo en el «libre mercado de las ideas», sino como una respuesta feroz de una clase dominante que vio peligrar sus privilegios. No fue una revolución intelectual, fue una guerra de clases. De ahí nació el neoliberalismo, que fue ante todo un proyecto para restaurar la dominación de clase de sectores que vieron amenazado su poder.
Es que los capitalistas se sintieron amenazados en su propia casa y no estaban dispuestos a permitirlo. La respuesta fue brutal y meticulosa. No hubo debate académico. Hubo una estrategia de «clase»: desmantelar el Estado de bienestar, aplastar la negociación colectiva (los sindicatos), restaurar el poder de los propietarios del capital sobre los «cuerpos» de los trabajadores. El neoliberalismo nunca fue una verdad revelada por Milton Friedman o Friedrich Hayek, que anduvieron 40 años por los pasillos de la marginalidad tratando de imponer sus ideas. Fue la maquinaria de guerra de una élite asustada la que lo tomó para su beneficio.
Fue así que en la época de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, los empleadores y las élites políticas de las décadas de los 70 y 80 transformaron la turbulencia económica en una oportunidad para reconfigurar la sociedad según sus propios términos. No hubo debate político ni de ideas. Hubo un golpe de clase silencioso, financiado con miles de millones de dólares, ejecutado a través de cátedras universitarias, medios de comunicación y parlamentos cooptados. Fue así que el Estado de bienestar, aquel pacto social forjado luego de la Segunda Guerra Mundial, que vinculaba el trabajo con la seguridad y el crecimiento de la redistribución del ingreso, fue pulverizado pieza por pieza.
Hoy ese viejo «orden liberal agoniza». No es una recesión más. Es lo que se ha dado en llamar «crisis de hegemonía». Por eso el paradigma que nos gobernó durante tantas décadas ya no sirve para explicar al mundo: el que pugna por nacer y el que se niega a morir. Es que la desregulación financiera llevó la deuda global a niveles insostenibles. El libre comercio, que alguna vez fue evangelio de los mercados, ha desatado fuerzas que ahora devoran a sus propios creadores: nacionalismos agresivos, guerras comerciales y bélicas perpetuas, cadenas de suministro devastadas y un capitalismo financiero mafioso de arriba hacia abajo.
El sistema financiero, que reemplazó al sistema productivo, ha llegado a un límite y amenaza con colapsar el «edificio» entero. Las élites lo saben. Y por eso están cambiando la estrategia. Ya no pueden permitirse el caos del mercado, pero Donald Trump, contrario sensu, lo ha hecho. Justo ahora, cuando lo que necesitan es orden para tener control absoluto y previsibilidad, los embarca en una guerra de consecuencias imprevisibles para toda la humanidad.
Ya las élites, prescindiendo de Trump, están tratando de ocupar un lugar que hace una década parecía la promesa de un futuro más libre: la tecnología. Pero atención: no cualquier tecnología. Una tecnología que no nos libera como ciudadanos, sino que nos encierra. Una tecnología que no nos conecta, sino que nos vigila. Una tecnología que no nos da poder, sino que nos convierte en siervos de un «nuevo orden», o sea el tecno-feudalismo.
Por eso Elon Musk, el multimillonario sudafricano, detrás de Trump, así como Peter Thiel con su empresa Palantir, que financiaron la campaña de Trump y de J. D. Vance, el vicepresidente, acaban de publicar una especie de programa político de las Big Tech diseñado para un siglo de guerras. O sea, un programa autoritario para dar aún más poder a las élites occidentales.
Palantir no es una empresa cualquiera. Fundada en 2003 con una inversión de In-Q-Tel, que es el brazo inversor de la CIA nada menos, y que desarrolló su tecnología de la mano de los analistas de la agencia, lo que le permitió crear un software de datos sin parangón en el mundo. Hoy sus herramientas son de amplio uso en la CIA, el FBI, la NSA y, de manera controversial, en agencias migratorias como ICE para identificar y localizar migrantes que buscan detener y deportar.
El manifiesto de Palantir no es un documento aislado. Es la punta de un iceberg de un fenómeno mucho más profundo: la emergencia de una oligarquía tecnológica que ya no se conforma con acumular riqueza, sino que quiere rediseñar la política, la economía y la sociedad a su imagen y semejanza. Individuos como Elon Musk, Jeff Bezos, Peter Thiel y Mark Zuckerberg ejercen una influencia sin precedentes sobre los Estados y las sociedades, aprovechando su riqueza personal, su dominio tecnológico y su control monopólico para eludir la autoridad estatal tradicional, convirtiéndose en actores cuasi soberanos.
Hay que recordar que la imagen de esos tres multimillonarios ocupando un lugar de honor en la investidura de Donald Trump no fue una anécdota. Fue la puesta en escena de un nuevo orden: el «matrimonio» entre el poder político y el poder tecnológico ha consumado su luna de miel. Alex Karp, CEO de Palantir, propone una república «tecnológica» que, bajo un vocabulario republicano, despliega una estrategia que puede resumirse en una fórmula: transformar el Estado en una filial de su propia infraestructura digital, vaciando así la soberanía de su dimensión democrática.
Este modelo, al que apunta esta nueva «oligarquía», no es el «neoliberalismo». El neoliberalismo, para ellos, fue una fase necesaria, pero ya cumplió su función. Su tarea era desmantelar el Estado de bienestar, debilitar a la clase trabajadora y concentrar la riqueza. Ahora, con la clase trabajadora fragmentada y la desigualdad en niveles récord, las élites necesitan algo más eficiente que el caos del mercado. Necesitan una planificación centralizada de alta tecnología. Necesitan algoritmos que administren, plataformas que gobiernen y sistemas que obedezcan. O sea, gobernanza algorítmica.
El mundo que están construyendo no es una democracia. Tampoco es una dictadura tradicional: es algo nuevo, la «República Tecnológica», donde el poder no reside en el pueblo ni en un partido, sino en los códigos y en los hombres que los controlan. Un sistema donde las decisiones —quién vive y quién muere, quién puede gestionar un préstamo y quién no, quién es vigilado y quién no— son delegadas a sistemas automatizados que operan bajo una aparente neutralidad técnica que oculta la más brutal de las arbitrariedades.
Cualquier error, como con un misil lanzado sobre una escuela de niños en la localidad de Minah, en Irán, que mató a 168 de ellos, es un traspié sin importancia según Donald Trump, porque formó parte del aprendizaje de Palantir.
También ya controlan la información que producimos y la que consumimos, para luego atrapar nuestras mentes en un ciclo incesante de dependencia digital (y pensar que todo esto empezó con un inocente celular).
La transición de las élites ya está en marcha. Las élites están utilizando la crisis originada mucho antes de la guerra —por la crisis de la deuda en todos los países, la crisis climática, la crisis de legitimidad e impunidad de gobiernos abyectos, tanto como el clan Epstein, EE. UU.-Israel y el nuestro—. El manifiesto de Palantir es un grito de guerra, pero también es un síntoma de debilidad del sistema occidental.
Mientras tanto, una mente criminal anda suelta en la Argentina. Peter Thiel se lo va a deglutir a Milei y le va a arrancar concesiones inéditas para que seamos cobayos de laboratorio. ¿Por qué? Es simple. Thiel fue uno de los financistas más poderosos de Donald Trump, y Milei es «siervo y lacayo voluntario» de Trump. Más claro, ¡échenle agua bendita!

