Los ingredientes de este caos previo al orden son evidentes y nadie puede decir ya que su exposición se limita sólo a teóricos de la conspiración, porque se está desarrollando ante nuestros propios ojos.
Veamos. La inflación mundial coordinada a largo plazo, el persistente «gasto» de estímulo de una militarización creciente, el estrangulamiento del sector energético, la locura destructiva de las pequeñas y medianas empresas y la incesante promoción de la «religión woke» forman claramente una tormenta perfecta planificada a nivel mundial.
Se observa, a prima facie, la simpleza y efectividad del planteamiento. Es necesario crear el caos social en los estados que puedan condicionar o limitar la hegemonía de EE.UU., con el objetivo de crear un desorden de tal magnitud que nada pueda oponerse a la voluntad de la potencia hasta hoy hegemónica.
Eso presupone desde la destrucción y/o desarticulación de las infraestructuras, para empeorar las condiciones de vida de los habitantes, hasta incluso éxodos masivos de población. Porque el verdadero poder no se ejerce desde una posición de inmovilidad, sino mediante la destrucción de toda forma de resistencia. Por ejemplo, los sindicatos a nivel mundial.
Si se arrojan las masas al caos de las guerras civiles o de agresión, los grupos dominantes pueden aspirar a mantener su status quo.
Muchas personas, y es lógico que así suceda, no logran comprender la esencia y el fin del proceso de desintegración provocado, porque piensan, desde el punto de vista intelectual del ciudadano común, que no se puede ser tan malvado como para promover una agenda de este tipo contra la población de cualquier parte del mundo.
Pero, aunque aislemos el componente ético, moral e incluso religioso, es innegable que desde hace décadas se ha introducido a la sociedad occidental en una espiral de decadencia estructural, de sistema, que está siendo ahora catalizada con crisis sanitarias (la pandemia), energéticas y monetarias.
La gran «Banca» se prepara para los disturbios civiles en un escenario de recrudecimiento sin precedentes de enfrentamientos en los EE.UU. y en Europa, que son sociedades que no están acostumbradas al caos social y que llevan décadas viviendo en la ilusión de que todo funciona, aunque los políticos nos tomen el «pelo» y esa categoría jerarquizada como son los «empresaurios» saquen «tajada» de cualquier decisión gubernamental.
Como consecuencia de esta previsión, los presidentes de los gigantes financieros, los verdaderos CEOs (como Larry Fink, de BlackRock), están pidiendo a sus equipos directivos que preparen equipos de contingencia, porque nada será igual.
Pero no son los únicos. Organizaciones supranacionales y globalistas como el Foro Económico Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la ONU llevan tiempo planteando este riesgo en sus informes y grupos de estudio. Por eso, el hecho de que la «Gran Banca» esté estudiando seriamente este escenario es muy revelador.
Porque lo que está sobre el tapete es la destrucción de la clase media occidental, el aumento de la pobreza y el hecho de que las herramientas adoptadas por los gobiernos y los bancos centrales para mantener la ilusión de la estabilidad se han evaporado.
Y esto puede ser el caldo de cultivo perfecto para provocar protestas masivas y con ello reimplantar el Gran Reinicio con que sueñan los agentes del caos.
Uno de los peligros de la pospandemia era la agitación social. En algunos casos extremos, podrá acarrear la desintegración social y el colapso político. Todos los estudios han puesto de relieve este riesgo concreto, basándose en la observación de que cuando los ciudadanos no tienen ni trabajo, ni ingresos ni perspectivas de una vida mejor, no es raro que acudan a la «reacción violenta social».
En las actuales condiciones del mundo, con países y poblaciones incluidas, los números de una deuda impagable indican que se abren las compuertas de una ola de protestas que hoy están en una quietud larvada y que pueden tornarse de golpe en espontáneas, producto del hartazgo de no querer seguir tolerando una situación absolutamente injusta, sobre todo cuando los gobernantes son un ejemplo de impudicia, confundiendo lo público con lo privado en una situación que deja de ser original porque es una película que ya hemos visto repetidas veces en el mundo.
Hubo una caricatura que sirvió para meter en un cajón bajo siete llaves a los movimientos sociales que eran muy relevantes y que amenazaban las bases del sistema y el poder de estas élites extractivas colmadas de privilegios.
Se ha demonizado a estos «colectivos sociales» usando mentiras, falacias y mucha propaganda, aliadas a medios de comunicación corrompidos.
Lo triste es que a veces los movimientos populares están controlados por esas mismas élites o por los «servicios» en todo el mundo, casi sin excepción.
La fabricación del consenso necesita una antítesis para combatir la intención de proyectar el pensamiento único, eliminando la diversidad de pensamiento disidente.
Los mecanismos de construcción de disidencia requieren un entorno de manipulación, de presión y de la sutil cooptación de los individuos dentro de las organizaciones.
Considerando que los medios de comunicación fabrican el «consenso» y el consentimiento, la amplia y compleja red de las organizaciones no gubernamentales (ONG) es utilizada por las élites corporativas para moldear y manipular los movimientos de protesta.
La estrategia del poder no se limita por eso a la compra de favores de los políticos. Los supuestos filántropos controlan grandes fundaciones, supervisan y analizan la financiación de numerosas instituciones que, a su vez, controlan las manifestaciones de la sociedad civil involucradas en la protesta política.
Por eso hay magnates, como George Soros, y la USAID que riegan con millones de dólares la compra de voluntades, entre ellas las de los periodistas más influyentes del continente.
Por eso hay que preguntarse siempre qué intereses hay detrás de cada noticia.
Espero que mañana, cuando nos despertemos con el nuevo orden, no sea demasiado tarde.
Fuente: Opinión

