La guerra cognitiva entre las naciones es hoy una de las grandes vedettes de la información. Estas nuevas guerras híbridas, sin declaración formal ante las Naciones Unidas, se desarrollan en todo el planeta y están conformadas por alianzas no basadas en ideologías, sino en intereses comunes frente al acoso del imperialismo.
Una característica fundamental de estas guerras es que ha cambiado rotundamente la tecnología de las armas empleadas en el campo de batalla. Tan es así que los majestuosos portaaviones, que durante décadas impusieron condiciones a las naciones mediante la OTAN —brazo ejecutor de las intervenciones contra países que se atrevieron a desafiar el poder hegemónico del llamado «Occidente democrático»—, hoy ya son demodé.
Pero ahora todo ha cambiado. Las potencias que no evolucionaron tecnológicamente y reemplazaron su economía productiva por una basada en la especulación financiera sufren, a la hora de desatar conflictos regionales, pérdidas cuantiosas causadas por países que silenciosamente desarrollaron nuevas tecnologías militares a partir de la investigación científica. Son, principalmente, tres las naciones que cambiaron el curso de las guerras regionales actuales: la Federación Rusa, la República Popular China y la República Islámica de Irán.
Tanto en la guerra entre Rusia y Ucrania, con la complicidad manifiesta y declarada de la OTAN, como en la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, quedaron demostradas las ventajas tecnológicas de estas tres naciones frente al eje «anglo-sionista» conformado por Estados Unidos e Israel.
Pero en la actualidad también existen nuevos «campos de batalla». Son formas de confrontación que buscan influir en las percepciones, las decisiones y los comportamientos de las sociedades mediante el uso estratégico de la tecnología y la información. Las guerras ya no comienzan necesariamente con una declaración formal, con la invasión de ejércitos o con la ocupación de territorios. En pleno siglo XXI, la disputa por el poder incorpora un nuevo escenario: la mente humana.
La guerra cognitiva representa uno de los mayores desafíos políticos, tecnológicos y culturales del siglo XXI, pues traslada el conflicto desde los campos de batalla tradicionales hacia la percepción, la información y la conciencia de las personas.
Esta transformación ya puede observarse en la vida cotidiana. La proliferación de noticias falsas, contenidos emocionales y mensajes contradictorios ha generado un escenario donde resulta cada vez más difícil distinguir entre la verdad y la mentira. En ese sentido, el conjunto de la sociedad y, en particular, la percepción, la mente y la psique de las personas pasan a convertirse en el verdadero blanco. Ese es el objetivo de esta nueva forma de guerra.
Uno de los principales efectos de la guerra cognitiva es que destruye la cohesión social, dando paso a la polarización y a la desconfianza entre las personas. La guerra cognitiva no nació con Internet, pero las tecnologías digitales han multiplicado exponencialmente su alcance.
Como el ser humano habita el mundo a través del lenguaje, es necesario recordar a Heidegger cuando afirmaba: «La palabra es la morada del Ser». Sin embargo, en la actualidad vivimos una verdadera «inflamación semántica» de las palabras, donde conceptos fundamentales como libertad, democracia o verdad comienzan a vaciarse de contenido y a perder capacidad para orientar la vida pública. Por eso, una narrativa digital puede sustituir a los hechos y desencadenar consecuencias no deseadas.
La guerra cognitiva representa una evolución de la antigua guerra de la información. Si antes el objetivo consistía en controlar aquello que la población sabía, ahora la disputa busca modificar directamente la manera en que las personas interpretan esa información. Por eso, un nuevo campo de batalla es la mente, y la finalidad consiste en hackear y manipular el cerebro humano para alterar la percepción, modificar el comportamiento y controlar la toma de decisiones de las personas.
La guerra cognitiva debe comprenderse desde la relación entre Estado, tecnología y poder. La Segunda Guerra Mundial marcó el inicio de una estrecha vinculación entre las comunidades científicas y el desarrollo tecnológico con fines militares. Sin embargo, el escenario cambió radicalmente con la aparición del Big Data, las redes sociales y, especialmente, la inteligencia artificial. Casos como Cambridge Analytica demostraron que los datos personales pueden convertirse en instrumentos de influencia política a gran escala, como ocurrió —según diversos análisis— durante la elección presidencial de Mauricio Macri en 2015.
La guerra cognitiva también puede utilizarse como estrategia geopolítica mediante la cual los Estados buscan legitimar sus acciones en el escenario internacional. En el conflicto entre Israel y Palestina, por ejemplo, sus críticos sostienen que Estados Unidos e Israel recurren a narrativas sustentadas en conceptos como la libertad y la seguridad nacional para justificar sus acciones militares.
El fenómeno tiene otra consecuencia: la sobreabundancia de información no necesariamente produce sociedades mejor informadas. Por el contrario, genera confusión, saturación y una creciente indiferencia frente a los hechos. Como suele decirse: «La verdad ya no importa».
Las guerras, cuando asumen el carácter de confrontación armada, necesitan el respaldo de la población. Y ese respaldo se consigue, muchas veces, mediante la construcción deliberada de narrativas, campañas de desinformación y estrategias destinadas a influir sobre la opinión pública. En Estados Unidos e Israel, el 90 % de los medios de información difunden las narrativas que les convienen, falsificando u ocultando la realidad de los procesos bélicos y, sobre todo, satanizando al enemigo mediante un proceso de demonización maniquea que los grandes medios se encargan de reproducir.
Y así llegamos a una pregunta crucial: ¿qué herramientas tenemos los seres humanos para enfrentar, o al menos no ser víctimas de, esa manipulación informativa? Por supuesto, la respuesta fue y sigue siendo el pensamiento crítico. Su precio es el ejercicio permanente del pensamiento racional. No hay peor enemigo para los gobiernos totalitarios que el hombre que piensa por sí mismo.
«El que se nutre de una cultura prestada vive la vida de otros.»
Fuente: Opinión.

