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Los jubilados no tienen quien les escriba

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  • Abrumado por un calor abrasador, comencé sus páginas, sorteando los movimientos de una curva negra que el ambiente, como una víbora juguetona, ponía ante mis ojos. Comencé a introducirme, como en un sueño, en la historia del Coronel, un hombre que había peleado en la guerra de los mil días y esperaba, incansablemente, hacía ya quince años, una pensión por esa participación patriótica.

    Todas las semanas iba a la oficina de correos del puerto a esperar esa notificación que nunca llegaba. El Coronel vivía con su mujer, asmática y cada vez más desesperada, porque su hijo había sido asesinado en una riña de gallos. La pobreza del Coronel y su esposa ponía las cosas cada vez más difíciles y aunque iban vendiendo cosas para poder comer, los recursos cada vez son más escasos, y la esperanza de la pensión y del triunfo de un gallo que competiría en los próximos meses, es cada vez más débil y lejana.

    El extraordinario escritor colombiano tiene la capacidad de ir introduciéndonos en la historia, de ir sintiendo la gradual desesperación de sus personajes. De pronto sentimos la injusticia que sufren los héroes y recuerdo Malvinas, de la violencia de la indiferencia de sus vecinos, de la amenaza de la indignidad del hambre y la resistencia a vender los objetos más personales y llenos de valor, del abandono de los viejos.

    Mientras leía, miraba alternativamente la televisión que transmitía una horrorosa represión frente al Congreso, con balas de goma, palos y gases que ahogaban convulsivamente a los manifestantes. Ese espectáculo inmensamente cruel y obsceno terminó ahogándome y decidí salir.

    Fui a la Plaza España para continuar con la lectura, bajo la generosa e impotente sombra. Había llegado a la página 98, colapsado por la desesperante angustia de los viejitos cuando, imperceptiblemente, una anciana se sienta en mi banco, al tiempo que dice que tiene mucho calor, está cansada y tiene ganas de hablar.

    «Salí descompuesta de casa, ahogada por lo que veo en la televisión, es como si volviera la Dictadura» me dijo. «Tomé mi Alplax y salí, porque no podía respirar, necesitaba hablar con alguien», confesó. Y hablamos, hablamos mucho, sobre todo de la crueldad con los viejos, con los jubilados. Del desamparo que sufren. No era un tema político, no nos preguntamos por ideologías partidarias. Fue un diálogo de contenido ético.

    Me confortó encontrar alguien que no soportara la crueldad, que pudiera, justo cuando leía el abandono del pueblo hacia el dolor del Coronel, sentir identificación por el sufrimiento de esos viejos apaleados por la policía en el Congreso. Después de un rato la señora se levantó y se fue, «sigo, gracias», me dijo.

    Volví a los últimos párrafos de la 98. “-“Qué se puede hacer, si no se puede vender nada, -repitió la mujer. “Entonces ya será veinte de enero, dijo el Coronel perfectamente consciente- el 20% lo pagan esa misma tarde. “Si el gallo gana, dijo la mujer, pero si pierde, no se te ha ocurrido que el gallo pueda perder”.-“Es un gallo que no puede perder.- “Pero suponte que pierda.-todavía faltan 45 días para empezar a pensar en eso” dijo el Coronel. La mujer se desesperó “Y mientras tanto qué comemos, preguntó y agarró al Coronel, por el cuello de franela. Lo sacudió con energía.-“Dime, qué comemos”. El coronel necesitó 75 años-los 75 años de su vida, minuto a minuto-para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: -Mierda!.

    Historias para las lecturas en la plaza, este jueves 8 de octubre en el gazebo de la plaza 25 de mayo, a las 20 horas, actividad libre, abierta, gratuita, te esperamos.

     

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