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domingo 19 de noviembre de 2023
hace 215 días

Los Siete Locos

Por: Sergio Brodsky
Última actualización:
hace 215 días
Creo que, desde el retorno de la democracia, por lo menos, las categorías de locura y cordura no han tenido una particular incidencia en el campo político, como lo tienen hoy, un papel casi decisivo en la coyuntura. Algunos incluso toman esta dimensión humana a favor de sus razonamientos, adjudicando a la enajenación mental un carácter romántico, transformador, revolucionario que daría cabida a un liderazgo estrafalario. Nada de eso hay, lamentablemente, en quienes pierden el juicio, objetos ya de sufrimientos indecibles, sujetados a mecanismos psíquicos rígidos y compulsivos y a una estructura mental que repite su desgracia persecutoria y se desapega definitivamente de la realidad. Además, como decía Pichón Riviere, no siempre un delirio tiene fines nobles y anhelantes de un mundo mejor; a veces está cocido por la destrucción y el odio.

La enfermedad mental misma es, decía Freud, el producto de un rechazo del yo a una representación mental inconcebible, por su carácter extremadamente angustioso; representación que al no ser digerida internamente, retorna en delirios y alucinaciones. Hay varias circunstancias en que, en algunas situaciones históricas, personajes delirantes llegaron al poder. Creo que solo en virtud de coyunturas en las cuales la sociedad misma se había desamarrado, también por desdicha, frustración o desesperación, de cierta coherencia en el orden del sentido. Esos momentos han propiciado las experiencias políticas más extravagantes, horrendas y penosas que la humanidad toda haya conocido, donde la maldad pura se banalizó y la destrucción del hombre se naturalizó, encarnándose en el liderazgo de espantosas figuras mesiánicas.

En esos contextos, el arte ha reflejado e incluso anticipado estas crisis y catástrofes. En el complejo período entreguerras, más precisamente en 1932, por ejemplo, Enrique Cadícamo compone el tango “Al mundo le falta un tornillo”, en el que retrata los efectos económicos y sociales de las convulsiones desatadas por el crack del 29, la quiebra de la bolsa de Wall Street, que significó en nuestro país la acentuación de la miseria a extremos inauditos, el fin de las esperanzas de transformación social y el comienzo de los golpes militares, en suma, la década infame. Si todos estaban en el riel y nadie invitaba a morfar, al mundo le faltaba un tornillo y tenía que venir un mecánico para ver si lo podía arreglar.

Los mecánicos solo tenían palos, represión y fraude, en lugar de soluciones, y terminaron de desajustar todos los tornillos. Como habrá sido esa sociedad loca y despiadada que inauguraba la década del 30, que este es el único tango que lleva la palabra mundo en su título, remitiendo al desquicio generalizado. Ya en el ámbito de la literatura, una obra que también expresó algo de esa búsqueda de un horizonte, en medio de una crisis existencial, de la angustia y el sinsentido del hombre corroído por el capitalismo, fue la novela “Los siete locos” de Roberto Arlt.

Incluso hay, en esta creación extraordinaria, la anticipación genial de un nuevo mundo que se iba armando a la par que resquebrajando en pedazos. En ella, los personajes están quebrados por la desesperación y traman, en absoluta desconexión unos con otros, sus proyectos individuales que parecieran unirse a un imposible programa colectivo. Los personajes, totalmente fisurados, solo parecen aglutinarse en la “sociedad secreta” creada por el astrólogo, como base para una revolución social que destruya el orden establecido.

El “proyecto” revolucionario carece del más mínimo contenido racional, y está frágilmente enlazado por jirones ideológicos sustraídos a los fascismos, comunismos y golpismos que pululaban, latían y asomaban como negros nubarrones en ese momento, como un conjunto imposible de integrar, concebir y mucho menos realizar. Sin embargo, los estrafalarios personajes se unen entusiastamente a la sociedad secreta para lograr esos descabellados objetivos. No solo Erdosain, quien pretende concretar su invento, la “rosa de cobre”, única motivación que lo enlaza a la esperanza, sino también Barsut, el buscador de oro, el hombre que vio la partera y Haffner, una creación fabulosa de Arlt, apodado el “rufián Melancólico”, es un proxeneta un poco sensible, encargado de financiar el proyecto revolucionario a través de la instalación de una red de prostíbulos, en todo el país.

En el juego y el desarrollo de las pasiones descabelladas que agitan a cada personaje, cada uno va encontrando el abismo y la tragedia, porque la dinámica de la locura no habilita ninguna construcción vital, sino solo destrucción y muerte. El delirio es un delirio, solamente; nada transforma en la realidad. No hay allí sueños ni utopías, aquellos ideales que se sustentan en anhelos colectivos de transformación de las injusticias, desigualdades y frustraciones que atraviesan nuestros mundos y son posibles si los ladrillos con que se construyen se argamasan con amor, ternura y solidaridad.

Ojalá que en esta hora que nos agobia prime esa sensatez, esa que ahuyenta las pesadillas y cimenta los deseos de un mundo mejor, justo, humano y solidario.

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