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Volver al siglo XIX: la sífilis, la moral y el abandono de la salud pública

La sífilis sigue creciendo de manera acelerada en la Argentina y con ella reaparecen viejas formas de interpretar la enfermedad: la culpa, el estigma y la vigilancia sobre las conductas individuales. Mientras se desarman políticas de prevención, educación sexual, testeo y provisión de preservativos, la historia muestra que la salud pública no es un lujo ni una cuestión moral: es una herramienta concreta para evitar que las enfermedades avancen.

Por: Veronica Lopez

23 agosto, 2026

9:42 am

«Es hora de volver a abrazar la moral como política de Estado, dado que es lo que nos ha hecho grandes a fines del siglo XIX»

Javier Milei. 01/03/26

La Argentina del siglo XIX fue la Argentina sin seguridad social, sin derechos laborales, con caminos de tierra y miles de kilómetros de campos con solo vacas pastando. En la Argentina del siglo XIX no había universidad para los obreros, ni había licencia por maternidad para las empleadas. En la Argentina del siglo XIX no había salud pública ni tampoco seguridad sanitaria. ¿A esa Argentina quiere volver el Sr. Presidente? Pues sí, y hacia allá está llevando a la nación.

Tomaré un solo ejemplo: a las ITS (Infecciones de Transmisión Sexual) y, más específicamente, a la sífilis.

Es preocupante el avance de esta enfermedad. Los datos proporcionados por el último Boletín Epidemiológico Nacional revelan que se está en una clara emergencia: en 2025 se registraron 46.779 casos confirmados, mostrando un incremento de un 75,6 %, comparado con la medición de 2022.

La tasa de sífilis pasó de 5 cada 100.000 habitantes en 2010 a 56,1 en 2019, a 93 en 2024, y la tendencia se incrementó en 2025, alcanzando 117,2 por cada 100.000 habitantes.

El informe del BEN también reveló que la mayor cantidad de diagnósticos corresponde a la etapa etaria comprendida entre los 15 y 39 años. En referencia a las regiones, el informe detalla que las tasas más elevadas en 2025 se registraron en el Sur (159,8/100.000 habitantes), Cuyo y NEA, mientras que el 60 % de los casos se concentró en la región Centro.

La sífilis fue reconocida como enfermedad durante la epidemia del siglo XV, que atravesó Europa. Es una infección causada por la bacteria Treponema pallidum. Se considera ITS porque se transmite principalmente por contacto sexual sin protección (anal, vaginal u oral), aunque también puede transmitirse de madre a hijo por vía transplacentaria, lo que es mucho menos recurrente, y por transfusiones de sangre. La infección es altamente contagiosa en sus fases iniciales y puede provocar complicaciones graves si no se diagnostica y trata a tiempo.

Las oleadas inmigratorias de la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX la instalaron de forma endémica en nuestro país. Fue especialmente fuerte su transmisión en las márgenes de las grandes ciudades ribereñas y en los conventillos. En 1905, los científicos Fritz Schaudinn y Erich Hoffmann descubren el Treponema pallidum, agente causal de la enfermedad, en Berlín, a partir de lo cual se comienza un proceso de implementación mundial de políticas públicas preventivas.

Hacia finales del siglo XIX y principios del XX, el problema de la sífilis empieza a ser abordado como problemática social, desde la hipótesis donde las “necesidades” incontrolables de los varones, al ser satisfechas en prostíbulos, eran las mujeres en situación de prostitución la causa de la propagación de la enfermedad. La autora Vanesa Natalia Rodríguez lo describe de esta forma en su trabajo Higienismo, prostitución femenina y sífilis en Buenos Aires (1875-1936): salud pública y control social: “La sífilis tomó un lugar prioritario en el imaginario médico debido a su carácter contagioso, crónico y hereditario. Se configuró así una narrativa que asociaba la enfermedad con la prostitución femenina, excluyendo de responsabilidad sanitaria a los varones. Esta doble moral se reflejó también en la disparidad de los tratamientos: las mujeres eran sometidas a inspecciones invasivas y terapias con sustancias de alta toxicidad, como mercurio y arsénico, mientras que los varones estaban representados, con frecuencia, como víctimas pasivas o como portadores inadvertidos”.

La investigadora del CONICET Carolina Biernat expresa que: “Hasta las primeras décadas del siglo XX, las patologías de transmisión sexual fueron interpretadas como un problema de orden individual ligado a los excesos de una sexualidad masculina desbordante que precisaba de las prostitutas para ser contenida. Vistas así, se asumían los riesgos del contagio como estigma de su conducta moralmente desviada”. Es decir, no solo se trataba de una enfermedad contagiosa, sino que además se trataba de una enfermedad moral, es decir, de conductas contrarias a las “buenas costumbres”. Increíblemente, un siglo después, el presidente Milei vuelve a la teoría de “la moral como política de Estado”.

En este contexto, a fines del siglo XIX, el Estado opta por la política pública “higienista”, que consiste en intervenir arbitrariamente en los prostíbulos y realizar procedimientos médicos forzosos, sin consentimiento de las mujeres prostitutas. Dice Vanesa Rodríguez: “Los médicos promovieron una vigilancia más estricta sobre los cuerpos femeninos y la sexualidad. A partir del temor a la sífilis, el sistema reglamentario reforzó la desigualdad de género al imponer controles sanitarios exclusivamente a las pupilas de los burdeles legales, consideradas las principales propagadoras del denominado ‘mal venéreo’. Los tratamientos para estas afecciones resultaban dolorosos y peligrosos, especialmente el uso de mercurio, cuyo efecto tóxico causaba severos daños colaterales, como insuficiencia renal, trastornos neurológicos y deterioro general de la salud de las pacientes.”

Paralelamente, en el orden sociocultural, se torna fuerte el concepto de castidad prematrimonial y fidelidad matrimonial; el sexo fuera del matrimonio pasa a ser considerado un “pecado”, hasta el punto de que el solo hecho de pensar en ello debe ser expresado en confesión religiosa. El higienismo atraviesa las distintas clases sociales y pasa a ser una forma de control social de las conductas individuales, más que un instrumento de salud pública. Por su parte, el Partido Socialista, sin contradecir el higienismo y como complementación, comienza una intensa campaña de educación y cuidado, especialmente orientada a los obreros y obreras, dentro de la metodología higienista, pero instando al Estado a una intervención más vinculada a la salud.

Una de las primeras instituciones que abordan la problemática es la Liga Argentina de Profilaxis Social, que fundó el Dr. Alfredo Fernández Verano en 1921. Sus demandas hacia el Estado se centraron en establecer centros dispensarios públicos para el tratamiento específico de las enfermedades llamadas “venéreas”. Su activismo fue sumando consenso social, aunque poco apoyo estatal. Dentro de sus logros se cuenta la instauración de la obligatoriedad del certificado de salud prenupcial, el que se mantuvo vigente hasta hace menos de una década; actualmente es optativo en casi todas las provincias y obligatorio en algunos distritos.

El descubrimiento de la penicilina como tratamiento efectivo, en 1943, por el Dr. Mahoney y su equipo, trajo alivio y la sensación de que se había vencido la enfermedad. El primer tratamiento con penicilina exitoso llevado a cabo en la Argentina se registra en 1947. A partir de allí, el mensaje desde la autoridad sanitaria empieza a ser “la sífilis se cura”, con la esperanza de romper con el estigma que se había construido sobre el enfermo y sus conductas morales. Poco a poco se van diseñando políticas públicas preventivas, de detección precoz, que van a mostrar un descenso considerable de la tasa de contagio entre 1950 y 1980. A esta altura, si bien nunca dejó de ser un conflicto moral afrontar el diagnóstico de la enfermedad, y aun persistiendo ejercicios de control social como el examen prenupcial de salud, la eficacia del tratamiento, sumada a la educación (que por ese entonces se denominaba) en salud sexual y reproductiva, fue bajando las tasas de contagio.

En la primera década del siglo XXI se mantuvo la curva descendente de casos. En 2006 se aprueba la Ley 26.150, de Educación Sexual Integral, desde un enfoque amplio y multidimensional. Por otra parte, se profundizan políticas públicas preventivas, como campañas comunicacionales informativas, testeos gratis y masivos, y provisión gratuita de profilácticos en hospitales públicos y centros de salud. Desde 2011 la curva se mantiene en meseta hasta 2015, que marca un indicador de aceleración en el aumento de casos detectados; entre 2015 y 2019 se triplicaron los casos; entre 2020-2021, si bien no bajó la tasa, se mantuvo estable, y a partir de 2023 el crecimiento es exponencial.

La razón de esta vuelta al pasado, en cuanto a que los epidemiólogos alertan de estar el país en estado de emergencia ante el alarmante aumento de contagios, es multicausal. Culturalmente han cambiado las formas de vincularse, las relaciones se han vuelto volátiles, espontáneas y, en los últimos años, se ha tomado la “libertad” como sinónimo de falta de cuidado: propio y del entorno. Esto es una tendencia mundial que también ha afectado la salud sexual.

Por otra parte, las estadísticas son claras en mostrar el efecto que tienen las políticas públicas en el control de las enfermedades endémicas. Las curvas de baja fueron coincidentes con el cambio en relación con la percepción social de la enfermedad, cuando dejó de ser señalada como una consecuencia de moral individual y pasó a ser interpretada como una enfermedad tratable; cuando la educación y la información científica específica pasaron a ser parte del sistema educativo; cuando el acceso al testeo se facilitó y el acceso al preservativo estuvo al alcance de toda la población sexualmente activa, las curvas estadísticas descendieron a niveles considerados deseables.

La baja en el financiamiento de la salud pública entre 2015 y 2019 fue el inicio del retorno a la suba en las curvas estadísticas, pero el vaciamiento total de las políticas públicas desde 2024: como las educativas en ESI, la eliminación de planes específicos (ENIA y Desarrollo de la Salud Sexual y Procreación Responsable); la provisión gratuita de preservativos, que pasó de 22,7 millones de unidades en 2023 a un recorte drástico de 4,8 millones en 2024 y 832 unidades en 2025 (solo remanente de años anteriores, sin compra para 2025-2026); la falta de insumos para testeos, se redujo, en estos dos últimos años, en un 50 %. Todo muestra la relación directa entre políticas públicas de salud y aumento de las tasas de contagio.

“Es hora de volver a abrazar la moral como política de Estado…” no es una frase menor, es volver a poner bajo la lupa las acciones individuales; en una sociedad que sigue siendo fuertemente patriarcal, es volver a poner en tela de juicio y bajo vigilancia a la mujer como causante del contagio de la enfermedad, es volver a viejas prácticas del siglo XIX, pero fundamentalmente es volver a vivir, sufrir y morir como hace dos siglos atrás. Esa es la propuesta política del gobierno actual.

Verónica López

Lic. en Cs. de la Educación

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