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Portada / Concordia, Opinión

Reflexiones del paso de Carbone y Cesaroni por Concordia: la disputa política se juega también en el lenguaje

Tras el conversatorio ofrecido por Rocco Carbone y Claudia Cesaroni, algunas reflexiones sobre el papel central que tiene el lenguaje en la disputa política y cultural de nuestro tiempo. Las palabras no solo describen la realidad sino que la moldean: pueden justificar la violencia, naturalizar la injusticia o construir sentidos emancipadores. En esa batalla por el significado de los hechos, donde se decide entre fascismo o emancipación, recuperar el sentido profundo de conceptos como libertad, igualdad y justicia social aparece como una tarea imprescindible.

Sergio Brodsky

15 marzo, 2026

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11:06 am

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Vengo de la charla de Rocco Carbone y Claudia Cesaroni en el Círculo Italiano (1). Me queda una impresión: la clave de la disputa se da en el terreno del lenguaje, de la narrativa. El lenguaje no nombra las cosas, las crea, determina el límite de lo pensable y, en ese territorio, en el campo de lo simbólico, el fascismo se impone.

Guerra, por ejemplo, con todas las letras, pienso, es el nombre que se le dio a la declaración bélica de Rusia a Ucrania, con la consiguiente consternación mundial e incluso su expulsión del Copa Mundial de la FIFA, no así a la que los norteamericanos llevan por el mundo. La masacre que el Imperio perpetra no es llamada guerra como la anterior, sino bombardeos a objetivos estratégicos, etc.

A nivel local, llamar ley de “modernización laboral” a la legitimación de la explotación de los trabajadores es un ejemplo de una práctica permanente y sistemática de exterminio del sentido y de la impostura del cinismo que se cuela sin obstáculos por la ausencia del pensamiento crítico.

Claudia Cesaroni subrayó esta particularidad de la función del lenguaje, de la determinación del nombre, de la elección de los significantes en la significación de los hechos, cuando recordó que el gobierno y sus aliados llaman “ley penal juvenil” a la sancionada recientemente, que establece el encierro y el castigo de niños, además de crear un estigma que los demoniza allí donde el problema del delito es muy infrecuente.

El lenguaje crea monstruos. Las palabras definen el modo en que debe comprenderse y clasificarse un fenómeno, por ejemplo el de las víctimas, que lo son de segunda cuando se trata de presos comunes, como los incendiados en el Pabellón Séptimo durante la dictadura, en la que investigó e intervino la disertante, tanto como aquella que hablaba —agrego yo— invariablemente de la idea de víctimas inocentes para sugerir que las había culpables, responsables de su tragedia, de su propio martirio.

Claro que las víctimas no son inocentes o culpables: son víctimas. Pero el lenguaje hace trampas que tuercen el significado. Sigmund Freud decía que se comienza cediendo en las palabras y se termina por ceder en los hechos, en la cosa misma.

El lenguaje que impone el poder, porque tiene los medios, porque está unido, sin fisuras, porque es más hábil para controlar las redes, crea una naturalización de la crueldad y la violencia. Justifica y valida, por ejemplo, hechos de barbarie como la represión de jubilados y personas con discapacidad.

Siembra el campo de cultivo de lo que Hannah Arendt llamó la banalización del mal, aquel acostumbramiento progresivo a lo siniestro que fue legitimando el discurso supremacista y racial para luego normalizar el confinamiento y la muerte en los campos de concentración del nazismo.

El terror se naturaliza y se vuelve aceptable. Es la naturalización del horror, de la pobreza, del hambre, de la injusticia, de la planificación de la miseria, que hoy se introduce, sin escándalo, en la modorra de la conciencia colectiva.

El escándalo frente a una realidad mortificante, como actitud que sacuda de la indiferencia, la “despasión” (Juan Gelman) o la complicidad a los sujetos, es, para utilizar el concepto de Fernando Ulloa, una necesidad básica para intentar salidas a las encerronas trágicas de la hora.

El desafío es emancipar primero el lenguaje, disputar los sentidos distorsionados, torcidos, quebrados, creados por discursos aviesos, y restituir con precisión los profundos significados —hoy bastardeados— de la libertad, la solidaridad, la igualdad y la justicia social, que recuperen y actualicen sus significaciones históricas y superen las rupturas semánticas que han logrado implantar en la conciencia adormecida.

Solo desde allí es posible la emancipación ya, en el terreno de los hechos.

(1) Conversatorio desarrollado por Claudia Cesaroni y Rocco Carbone el sábado 14 de marzo en el Círculo Italiano, organizado por la Liga Argentina por los Derechos Humanos, HIJOS Concordia, la Asociación de Familiares y Amigos Desaparecidos y Ex Presos Políticos, AGMER y ATE Concordia, Universidad Autónoma de Entre Ríos Concordia.

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