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La Negacionista Victoria Villarruel o el «Huevo de la Serpiente de la Ultra Derecha»

Última actualización:
hace 252 días

Victoria pertenece a la «Familia Militar». Su padre, Eduardo Villarreal, integró el Ejército Argentino. El mismo escribió sobre su desempeño en los años setenta; «He intervenido en la lucha armada contra la subversión, tanto en ambiente urbano como rural, habiendo participado activamente en el Operativo Independencia, oportunidad en la cual se me otorgara el correspondiente» Diploma de Honor». Luego de esa estadía en Tucumán, Villarruel padre pasó varios años en Campo de Mayo (donde había centros de tortura), hasta que en 1982, fue combatiente en Malvinas, en la que secundó la Compañía 602, cuyo número uno era el Golpista Aldo Rico. En mayo de 1987, el Ministro de Defensa de Alfonsín, Horacio Jaunarena, ordenó su arresto como sanción por haberse negado a realizar el juramento que obliga a los Oficiales a observar y defender la Constitución Nacional, y por haber promovido que sus subalternos tampoco lo hicieran.

La madre de Victoria es Diana Destéfani, hija de Lauro Destéfani, otro militar de la Armada. De quien nunca habla es de su tío; Ernesto Guillermo Villarruel, integrante como Capitán de la estructura del Regimiento III de la Tablada, que tuvo a su cargo el centro de detención tristemente célebre de «El Vesubio». Villarruel fue detenido durante las elecciones de 2015 cuando fue a votar. En ese momento tenía 71 años y era Inspector de la Agencia Gubernamental de Control de la Ciudad de Buenos Aires. Un año después, fue declarado incapaz por cuestiones de salud de afrontar el Juicio por delitos de Lesa Humanidad. (Qué casualidad que en nuestro país los juicios contra los represores y los saqueadores de la democracia siempre tienen protección del «partido Judicial»). Su esposa trabajó más de treinta años en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, desde que fue nombrada por la dictadura hasta el 2014, y por si fuera poco, el hijo también trabaja hoy en ese tribunal.

Lo cierto es que el discurso público de Villarruel es oscilante, se acomoda a la época y a la audiencia. En sus comienzos sostenía la teoría de los «dos demonios», un argumento que todavía usa en las redes sociales. En el 2006, en un Boletín de la Unión de las Promociones Militares, una agrupación creada en 2005 para resistir la reapertura de los juicios, escribió: «En un contexto de guerra es legal matar al enemigo».

El punto central del argumento de la diputada es que: «El caso argentino» no debería regirse por la Legislación Internacional de Derechos Humanos, sino por el Derecho de guerra que emana de los convenios de Ginebra. De este modo dejaría de ser operativa la categoría de «crímenes de lesa humanidad» que determinó la imprescriptibilidad de los crímenes y permitió que sean juzgados hasta hoy. Pero todavía hay más: como en las guerras no se puede matar civiles, las familias de los «otros muertos» tienen derecho a reclamar juicio y castigo. De todas formas, el proceder militar tampoco respetó los convenios de Ginebra, ya que uno de sus puntos principales es que los muertos de un conflicto armado deben ser identificados y entregados a sus familiares, y si esto no es posible, enterrarlos de una manera digna, pero no desaparecidos.

Villarruel desarrolló una estrategia de comunicación diferenciada y sagaz; El Centro Celtyv nunca habla de la violencia estatal, ni a favor ni en contra. Y condensa su comunicación en la historia de las víctimas a las que «construye» como tales con un modo particular de biografiarlas. Ella tenía aceitados contactos con las máximas autoridades de la dictadura, y organizaba reuniones de jóvenes para visitar a Videla en la cárcel y convencerlos de su nacionalismo patriótico.

En el año 2016, en pleno macrismo, un funcionario del Poder Ejecutivo Nacional, Claudio Avruj, recibió a representantes de una organización que justifica la violencia estatal de los años setenta. Avruj por entonces era Secretario de los Derechos Humanos. Avruj le dijo que la política de memoria, verdad y justicia no estaba en discusión. Los visitantes no estuvieron de acuerdo y hablaron de «cambio de paradigma» y de un punto de inflexión de nuestras vidas, dijeron.

En realidad, habían ido a pedir que los «otros muertos» (los de ellos) fueran reconocidos como víctimas, que se les diera ese estatus a través de un simbolismo, como por ejemplo, un monumento. No lo lograron porque habían llegado a un límite institucional difícil de franquear.

Ninguna hija, al momento de nacer, lo hace con los «valores» de la familia biológica a la que pertenece. Lo que viene después es una construcción cultural que la determina.

Victoria Villarruel es mucho más peligrosa de lo que muestra con su audacia política. Vive buscando límites por donde introducir su prédica ultraderechista.

La nuestra es, en parte, una sociedad ingenua para detectar los peligros que acechan permanentemente a la Democracia.

 

 

 

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