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MARIO WAINFELD (1948-2023): Escriba, maestro

Última actualización:
hace 271 días

Años atrás, me escribió en un mail. “Tengo un Mr Hyde adentro, que sale a pasear cada lustro o algo así, en situaciones extremas”.

La frase concluía un relato sobre su reacción ante una mala pasada que le habían jugado en un trabajo, en el marco de una profesión en la que las malas pasadas no son la excepción.

Mario Wainfeld cuidaba su Jekyll. Lo trabajaba, contenía a Hyde. Tengo la sensación, porque en cierta medida lo dejaba saber, de que nunca se perdonaba del todo esas apariciones “cada lustro o algo así”, aunque escuchadas parecieran comprensibles.

Esa pelea interior, tan humana, tan propia de un tipo que no anda liviano por la vida, de algún modo definía a este peronista de izquierda, compañero de Cecilia, padre, abuelo, abogado laboralista, porteñazo, fana de River. Tremendo periodista.

Al perfil de Mario lo dibujaban sus columnas escritas con sensibilidad, con preocupación de orfebre por el buen decir, convicciones en alto, miradas y lecturas laterales. Tómense el trabajo. Gugleen y descubran un error de escritura en sus textos. ¿Y el clickbait?

¿Mario era periodista profesional o militante? ¿La militancia lo llevó a malversar hechos y aplicar una indigna doble vara? ¿El profesionalismo fue un camuflaje para ocultar intenciones espurias?

Nada de las preocupaciones por las formas y de su vocación por mantener abierto el diálogo conducía al legendario columnista de Página 12 a un lugar acomodaticio, de equidistancia impostada, tan redituable a veces como la polarización.

El autor de Kirchner, el tipo que supo (Siglo XXI Editores, 2016) resolvía en su práctica una dicotomía que está en boga hace dos décadas en Argentina, entre las concepciones de periodismo profesional y militante.

Mario había militado en el peronismo durante décadas, primero en la juventud universitaria y luego en el Partido Justicialista. Conocía a muchos en ese movimiento y tenía un mapa trazado de memoria sobre el lugar que había ocupado cada dirigente durante la dictadura y los primeros años de la democracia.

En los ochenta acompañó el derrotero de Carlos “Chacho” Álvarez. La revista Unidos, que contó con las firmas de Horacio González, Vicente Palermo, Alcira Argumedo, José Pablo Feinmann y Oscar Landi, fue el territorio en el que Mario comenzó a transitar algo parecido al periodismo, aunque seguía siendo, ante todo, un abogado peronista. Wainfeld y menemismo eran la antítesis. “Mario de Palermo” pasaría por el Frente Grande y llegaría a la edición periodística en Página 12 recién a fines de la década de 1990, con una vida hecha.

El periodista
Y allí fue, cuentan quienes trabajaron con él, que se transformó en un jefe ejemplar de la sección política. Desarrolló fuentes —con muchas de las cuales se había vinculado como compañero o adversario—, armó agenda, modeló títulos, constató hechos con las normas propias de la profesión, midió a la competencia, formó cronistas. Condujo una sección esencial de un Página 12 ya definidamente post-Lanata, en un período en el que la realidad interpeló al diario, primero por el ascenso de la Alianza, y luego, por el de los Kirchner.

Tanto la coalición entre la UCR y el Frente Grande como el periódico se inscribían en el antimenemismo, pero los caminos se bifurcarían más temprano que tarde. Desde otra galaxia, tras la crisis de 2001, llegaría el kirchnersimo, cuya relación con el diario daría para más de un libro.

Wainfeld plasmó su lectura sobre Néstor Kirchner en El tipo que supo. El libro se transformó en un bestseller. Asomó la ironía propia del autor en el brindis de fin de año de una editorial a la que quería mucho: “Esto lo pagan con la mía”, dijo mientras se servía una copa vino.

¿Mario era periodista profesional o militante? ¿La militancia lo llevó a malversar hechos y aplicar una indigna doble vara? ¿El profesionalismo fue un camuflaje para ocultar intenciones espurias? Preguntas que se desvanecen ante los textos de este —hay que insistir, porque le interesaba que se supiera— hincha de River.

Lo que no desvanecería nunca sería aquel encuentro de 1997 entre Mario Wainfeld y el periodismo de redacción. Sus columnas en Página y su programa “Gente de a pie” en Radio Nacional acercaron su voz hasta pocos días atrás. Hace tiempo se había transformado en un conductor radial también excepcional.

¡Colega!
Conocí personalmente a Mario hace unos veinte años. Yo participaba de una ONG de periodistas con pretensión de pluralidad y trataba de acercar al columnista para poner a prueba esa presunta paleta de colores. Mario desconfiaba, se resistía. Polemizaba, argumentaba, se calentaba. Nunca hostil, siempre con argumentos expuestos con tiempo, razonados, desafiantes. Para él, la disidencia no era un ornamento ni un paredón. En tiempos de gritos y neofascismo, se habla de diálogo. ¿Dialogaron con Mario?

Su desconfianza se probó justificada. Cuando poco después la ONG quedó expuesta como un mascarón de proa de intereses oscuros, allí cesó el polemista y entró a jugar el tipo con experiencia, el que comprende e invita a mirar hacia adelante.

A partir de allí, estuvimos en contacto con frecuencia, no tanto en plan de debatir sino de comentarnos cosas, pedirnos datos y aportar miradas. Nunca sería aburrido, porque la condescendencia no parecía habitarlo.

Así fue cómo conocí a un periodista al que que admiraba desde que yo era estudiante y atendía llamados en call centers. Ocurrió algo no tan habitual. El admirado y el real eran la misma persona.

El año pasado trabajamos juntos un cuatrimestre en el programa “Desiguales”, de la TV Pública. Nos acercamos, supe más de su vida. De buenas a primeras, los dos escribíamos columnas dominicales, y el tipo al que leía entre llamado y llamado en el fatídico call center me transmitía comentarios generosos.

Mario Wainfeld escribía con gracia, pero difícilmente podría ser calificado como un optimista. Su preocupación por lo que puede venir se leía en sus textos y en su rostro. Cuánto extrañaremos a Mario en los próximos años.

Gracias por Jekyll y y también por el Hyde que muchos no conocimos, pero intuimos.

Escriba desde el cielo, Maestro.

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