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Semana de la Memoria:

La historia después del horror (Parte Cinco 24/03/1976- 24/03/2024)

Última actualización:
hace 60 días

Volviendo a los fracasos del Siglo XX, vemos que el proyecto comunista fracasa porque lejos de llevar a la sociedad la necesidad de la libertad, de la división de clases a la sociedad sin clases, a la supresión de todo tipo de explotación, termina instalando un régimen estatista-policíaco, con un partido único y una burocracia devota de sus líderes.

El nazi-fascismo fracasa porque su furiosa ideología de expansión nacional capitalista lo entrega a la fría y calculada praxis del horror absoluto. Y sino, veamos cuantas guerras ha debido emprender el capitalismo para mantener su sistema (y lo sigue haciendo ahora). Todo esto lo menciono para comprender los escenarios donde se disputan el poder, los territorios y el capital.

Y Argentina fue en 1976 un experimento capitalista más del siglo XX. Ya sabemos que la Guerra Fría impidió el enfrentamiento directo entre EEUU y la Unión Soviética, por consiguiente ese enfrentamiento se produjo de manera indirecta, y América Latina fue uno de sus principales escenarios.

Las dictaduras militares, por medio de la Doctrina de Seguridad Nacional, internalizaron al enemigo. Protegidas sus fronteras exteriores por el poder de EEUU, el enemigo que importaba era el de «adentro»: la subversión. De este modo los «yanquis» financiaban y respaldaban a los gobiernos militares para que enfrentaran al «enemigo rojo» que se abría paso en el «patio trasero». Mientras tanto, la URSS respaldaba vía Cuba a los movimientos guerrilleros que buscaban el poder a través de la insurrección armada.

Así las cosas, la tragedia argentina de los setenta sería el resultado del manejo de las relaciones exteriores de los EEUU y la Unión Soviética. Así planteado parece una resolución simplista. Pero los protagonistas no fueron títeres manejados por fuerzas externas. La violencia insurreccional invocada por los militares fue el producto perfecto de varios determinantes internos: la proscripción del peronismo, el arraigo del liderazgo «maldito» de Perón en la clase obrera, la teoría de la dependencia, el auge del nacionalismo popular, la nacionalización del estudiantado en una causa común, entre otros fenómenos. Pero la teoría de la dependencia fue decisiva.

Decía que los países del Tercer Mundo, son países coloniales, están sometidos al imperialismo y deben encarar una lucha de «liberación nacional». Esta lucha, claro, debía librarse junto a la liberación social, ya que el imperialismo lograba su dominación por medio de sus «socios internos» como la burguesía empresarial y financiera.

La Izquierda Peronista desarrolló la teoría de los dos imperialismos buscando destacar la excepcionalidad de la lucha. Hay que ser sincero y destacar que la izquierda peronista siempre consideró al peronismo como un hecho político y social absolutamente irreductible a cualquier otra realidad que no fuera la suya propia. Esto le dio a las fuerzas revolucionarias la certeza de estar viviendo una etapa de la Historia totalmente inédita, excepcional y fascinante y digna de ser vivida hasta las últimas consecuencias. Esto es fundamental para comprender, no para adherir o rechazar a las fuerzas en pugnas.

Entonces éramos una colonia o una semicolonia. Teníamos un gobierno propio, pero este gobierno representaba los intereses de la metrópolis. El centro era la Metrópolis. La periferia eran los países del tercer mundo por cuya liberación se luchaba en todos los frentes. Y la violencia estalla para que la Historia exista. Porque no hay Historia sin violencia. Toda vieja sociedad anda grávida de una nueva». Y es la violencia que como «partera del momento revolucionario» hace o pretende hacer nacer otra Historia. Siempre los violentos encuentran legitimación de su violencia, negando la humanidad del agredido. La violencia colonial no se propone solo como finalidad mantener en actitud respetuosa a los hombres sometidos, sino que trata de deshumanizarlos. Por eso la violencia del colonizado es una violencia que lo conduce a la libertad. La violencia del colonizador sirve para esclavizar, en tanto la violencia del colonizado hace de él un hombre libre. En los movimientos subversivos argentinos había objetivos finales comunes. Ya sean utópicos o no.

La izquierda peronista se constituye teniendo como uno de los referentes al Che Guevara, como paradigma hasta casi podría decirse romántico de la Revolución. Si bien Montoneros tenía en sus orígenes a la organización católica nacionalista Tacuara, esta agrupación no fue la base de la izquierda peronista. Estos militantes de la izquierda peronista provenían de clase media, universitarios muchos, sindicalistas marginados del sector conservador sindical o villeros. Por eso la izquierda peronista fue el intento más extremo de la izquierda argentina por acercarse a un pueblo que le había sido esquivo. Es decir, la izquierda peronista, fue «izquierda». Sus cuadros leían a Marx, Lenin, a Trotsky, a Perón. Para comprender la mentalidad o personalidad de un revolucionario en la Argentina, hay que conocer el impacto del momento histórico en les tocó vivir, y saber que lo primero que se observa es que el «sujeto histórico» de la revolución frustrada hay que buscarla en nuestro Himno Nacional, que en su última estrofa plantea una opción extrema: «Coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir»… Y esta opción es extrema porque señala una única y posible modalidad de existencia: la de la «gloria».

La era de las revoluciones fue la época de los grandes imperativos morales. Toda existencia individual tenía sentido en tanto se entregaba a una praxis de transformación colectiva.

Volviendo a la historia violenta tomemos como dato que el 29 de Mayo es el Día del Ejército… ¿Por qué? Porque el 29 de Mayo de 1970, los Montoneros comenten un hecho que marcó a fuego la lucha revolucionaria y después la contraofensiva militar: se produce el ajusticiamiento de Pedro E. Aramburu quien había sido secuestrado.

En ese momento gobernaba Juan Carlos Onganía a través de un gobierno de facto, ilegal, represivo, fascistoide que había avasallado las libertades públicas, y produjo la trágica noche de «los bastones largos», con la intervención en las Universidades.

Volviendo al asesinato de Aramburu, el nombre de la agrupación era el de Juan José Valle. Recordemos que Valle había intentado un alzamiento contra el gobierno militar de Aramburu en junio de 1956. Por ese motivo Aramburu firma su ejecución, y fue entonces que Valle le escribe una trágica carta que formó parte de la práctica militante de los setenta. En esa carta Valle, acusaba a Aramburu de asesino. Y no solo Valle fue ejecutado en los basurales de José León Suárez, fueron acribillados 27 personas que figurarían en las peores matanzas de los militares procesistas bajo el errático cargo de haber colaborado con Valle en el alzamiento. No habría de extrañarnos, ya que en Junio de 1955 habían bombardeado Plaza de Mayo con más de 350 muertos incluyendo un ómnibus escolar. Pero nuestra Historia está teñida de violencia. Tampoco acerca de los ejemplos de la misma no nos aclara quién empezó primero. Moreno hizo fusilar a Liniers, Lavalle a Dorrego y Sarmiento celebró la decapitación del Chacho Peñaloza.

La violencia de la izquierda peronista se desata a raíz de verdades incontrastables: Gobiernos dictatoriales, represión fusilamientos y avasallamiento de los derechos democráticos. Pero cuidado, Quizá nada de eso la justifica plenamente. Pero sí otorga una licencia de comprensión.

En la carta de Rodolfo Walsh a Videla está marcada perfectamente la línea revolucionaria asumida por las atrocidades del régimen. Martínez de Hoz es el que apoyándose en Videla y los grupos de tareas de la ESMA un proceso de concentración económica como no se había visto hasta entonces. Solo que los militares golpistas fueron tan torpes y sanguinarios que hasta excedieron lo que el poder económico reclamaba de ellos.

Otro tema es el de los desaparecidos. Todos sabíamos que se tiraban cadáveres al mar. Lo sabíamos porque el mar por una extraña sabiduría los devolvía como si los entregara para que nos hiciéramos cargo de ellos. Pero no era el mar que los ahogaba, eran los asesinos que se habían adueñados del aparato del Estado para implementar una planificación macabra de la muerte que negaba la vida. Se trataba de otra cosa: de la fría y cuasi científica eliminación del enemigo. El ejercicio de la memoria se hace para que todos sepan que nuestro pasado hiere nuestro presente. Que los torturados fueron víctimas de un fenómeno que conduce a la deshumanización. En la tortura para obtener información había una pérdida de dignidad paralela: la víctima la pierde porque «habla», porque cede, porque delata y al hacerlo traiciona. Y el torturador la pierde porque torturando asume la figura del «artesano del dolor instrumental, de la vejación.

Por último era natural que el concepto de guerra, en la teoría de los «dos demonios», será siempre el que elegirán los ideólogos del 24 de Marzo para justificarse. Detrás de la idea de «guerra» pueden deslizar la justificación del horror. El lenguaje de la dictadura incurrió en una vaguedad deliberada cuando acuñó el concepto de subversión. Una de las características del Terrorismo de Estado es la No-tipificación del delito.

Nadie sabe qué habrá de convertirlo en culpable. Nadie sabe los motivos de la culpa o de la inocencia, ya que el Estado terrorista lo reserva para su Tribunal de la Inquisición cuyas decisiones solo podrán ser apeladas al Tribunal de la Historia. Mientras tanto, las heridas de la memoria sangran el recuerdo perpetuo encriptado en los corazones de quienes soñamos con una Patria del Nunca Más!!!

 

 

 

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