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Portada / Opinión

Trabajo, desocupación y salud mental: un proyecto de prevención del suicidio en Concordia

La precarización del trabajo, el desempleo y el deterioro de las condiciones de vida aparecen como factores determinantes en la crisis de salud mental que atraviesa Concordia y el país. A partir de esa premisa, es necesaria una mirada crítica sobre el contexto social y político actual, y poner en valor un proyecto de ordenanza para la prevención del suicidio, impulsado a nivel local, como una herramienta necesaria, aunque insuficiente frente a una problemática estructural que exige respuestas integrales del Estado.

Por: Sergio Brodsky

3 mayo, 2026

11:40 am

«Desde los cielos, bájate, si estás, bájate entonces.

Que me muero de hambre en esta esquina,

que no sé de qué sirve haber nacido,

que me miro las manos rechazadas,

que no hay trabajo, no hay.

Bájate un poco, contempla esto que soy, este zapato roto…»

(Fragmento de «Oración de un desocupado», de Juan Gelman)

No hay salud mental si la gente come basura; no me acostumbro, disculpen. No hay salud mental si los trabajadores no llegan a fin de mes, si tienen que endeudarse para comer, si cobran salarios de indigencia. Si son despedidos, si pierden el trabajo, si son desocupados y desesperados, arrojados al abismo de la desesperanza. No hay salud mental si los trabajadores jubilados son hambreados y apaleados. No la hay si los docentes se deprimen por las condiciones extremas de miseria a las que son arrojados, si los desborda la angustia de sus alumnos sin pan y sin zapatillas, que amenazan las paredes desde su impotencia y su soledad.

No se puede pensar la salud mental si los profesores universitarios deben irse, si los estudiantes no tienen clases porque el Gobierno nacional, en connivencia con el Poder Judicial, no cumple con las leyes, la de presupuesto universitario en este caso. No hay salud mental si no hay ley, ni si se soporta impávida la agresión del Ejecutivo nacional, que coloca a las personas con discapacidad en riesgo de supervivencia. Sin ley, el imperio de la violencia reina. Y allí no hay salud mental.

No es posible concebirla con la llamada “ley de reforma laboral”, eufemismo que consagra la violación de la Constitución para regresar a la esclavitud o, aun peor, a las condiciones de trabajo anteriores al acontecimiento por el que el viernes 1 de mayo se conmemoró el Día del Trabajador. El crimen político-judicial de los Mártires de Chicago, que proponían la reducción a ocho horas de la jornada laboral, que combatían la explotación del capitalismo. Incluso en esa época, fines del siglo XIX, algunos reclamaban que con cuatro horas de trabajo la humanidad podía producir lo necesario para vivir, si hubiera justicia social e igualitaria distribución de la riqueza, claro. Imaginen ahora, con los progresos tecnológicos. La propuesta tiene validez, es por ahí.

La salud mental, como lo dice la Ley Nacional 26.657, se reconoce como un “proceso determinado por componentes históricos, socioeconómicos, culturales, biológicos y psicológicos, cuya preservación y mejoramiento implica una dinámica de construcción social vinculada a la concreción de los derechos humanos y sociales de toda persona”. La salud mental está determinada de modo multidimensional y multicausal. No existe sin la concreción de los derechos humanos y sociales, y la preservación de los componentes socioeconómicos es fundante del proceso de construcción de salud mental.

El trabajo es un pilar de la salud mental. Satisface las necesidades de subsistencia, identidad y socialización. Sigmund Freud dice que la salud mental es amar y trabajar, justo lo que falta en esta época histórica. ¿Cómo puede haber así salud mental? Dice, en su obra El malestar en la cultura, que “es imposible considerar adecuadamente en una exposición concisa la importancia del trabajo en la economía libidinal. Ninguna otra técnica de orientación vital liga al individuo tan fuertemente a la realidad como la acentuación del trabajo, que por lo menos lo incorpora sólidamente a una parte de la realidad, a la comunidad humana. La posibilidad de desplazar al trabajo y a las relaciones humanas con él vinculadas una parte muy considerable de componentes narcisistas, agresivos y aun eróticos de la libido confiere a aquellas actividades un valor que nada cede en importancia al que tienen como condiciones imprescindibles para mantener y justificar la existencia social. La actividad profesional ofrece particular satisfacción cuando ha sido libremente elegida, es decir, cuando permite utilizar, mediante la sublimación, inclinaciones preexistentes y tendencias pulsionales evolucionadas o constitucionalmente reforzadas…”.

Se refiere, claro, el maestro del psicoanálisis, al trabajo creativo, digno, libre de explotación laboral. En el malestar de la cultura actual de la salud mental, caracterizado por una cultura del malestar, cruel, inhumana y mortífera, la depresión y las conductas autodestructivas aparecen como el síntoma predominante, sobre todo en nuestra provincia.

Por eso valoro enormemente que, días atrás, el concejal Pablo Bovino me consultara, como referente de “Lazos en Red”, sobre un proyecto de ordenanza elaborado por el bloque opositor para la creación de un programa municipal de prevención del suicidio. Es una necesidad para contener los efectos de la realidad devastadora que describimos, a la que se suma un sistema de salud colapsado y desfinanciado. Ojalá prospere, de veras.

Quiero decir que no alcanza con la ordenanza: es necesario un cumplimiento efectivo, con órganos de contralor serios; si no, pasa que hay leyes hermosas que no se traducen a la realidad. “Lazos en Red” es una red de vecinos de Concordia que brindan su tiempo y sus saberes para contribuir con la salud mental. Realizamos charlas, capacitaciones a instituciones, orientación a consultas. Tiene un taller de expresión para adolescentes (coordinado por Verónica Bordagaray, Luisina Ayala, Wens), un taller de tejido (Silvia Fernández, Diana Pintos), un taller de acompañamiento terapéutico grupal (Federico Muntaabsky), información en redes (Denise Izaguirre), y del que participan Natalia Oviedo, Cristian Montenegro, José Álvarez y Alejandra Claus.

Es admirable su sentido de solidaridad silenciosa, desinteresada, pero también insuficiente para abordar semejante problemática, de la que el Estado —nacional, provincial y municipal— es responsable. Por eso valoramos la ordenanza, porque no hay salud mental si no hay un turno para la asistencia en las instituciones de salud, sin quedar entrampado en la telaraña de las listas de espera de meses, cuando la angustia es ya, y cuando la Ley 26.657 dice que es un derecho humano que debe ser garantizado por el Estado.

Es un derecho y, a la vez, una contención. Pero la salud mental, esa búsqueda colectiva de bienestar, solo es posible si hay afecto, amor y trabajo.

Hace poco, en un ciclo de “Cine para Laburantes”, grupo que ofrece un ciclo de cine-debate itinerante en Concordia y del que formo orgullosamente parte, proyectamos en AGMER el filme Retiros (in) voluntarios, de Sandra Gugliotta, al que invitamos a ver. Allí queda expuesta, con una contundencia impresionante, la relación estrecha entre políticas de privatización, desocupación y sus efectos en la salud mental, sobre todo respecto de la depresión y las conductas autodestructivas. El documental describe las consecuencias de la privatización salvaje de France Telecom en 2006 y un paralelismo con las privatizaciones de los 90 en Argentina, y el sufrimiento y el daño provocados por el Estado a los trabajadores.

Conversando con un amigo de Federación, un militante por la vida, de inacabable ternura, Raúl Combis, me contaba su experiencia de pérdida de trabajo durante la dictadura, con escasas perspectivas de encontrar otra oportunidad, y la necesidad de contener y acompañar emocionalmente a esas personas que sienten esta pérdida, producto de un sistema expulsor, como un fracaso personal. Él la encontró en su exsuegra, que le dijo, cuando lo despidieron del hotel, en su “dialeto” italiano, y para que le doliera menos, y para que supiera que era transitorio y que no perdiera las esperanzas: “Ma sí, Combis, usted no nació en el hotel”. Se refería —dice Raúl— a que, si había vivido toda su vida sin ese trabajo, podría seguir, más allá de haber sido despedido.

Lo principal: el afecto, la presencia, la ternura.

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