En esta guerra absurda, la historia no sea como nos la han contado. Por cierto, la imagen de un mundo al borde de un abismo energético, con los precios del petróleo disparados y las bolsas del mundo temblando, no sea el error de un cálculo estratégico, sino la fotografía precisa de un objetivo deseado: “la doctrina del caos”. Por eso, la narrativa dominante ha sido la de un incendio geopolítico fuera de control. Ha sido, hasta acá, una historia muy occidental, cómoda, lineal, maniquea, con actores de la comunicación tanto del orden internacional como el local defendiendo absurdamente una alineación geopolítica que puede costar caro, por la “servidumbre” vil de un Poder Ejecutivo que no consultó en el Congreso argentino si ese era el deseo expreso del pueblo, que condena la guerra. Toda.
Quienes estamos en este metier sabemos, a través de la historia, que en Washington ciertas ideas nunca mueren, solo esperan su momento. Su “Projet 2025” no es un mero ejercicio académico para declararlo a los cuatro vientos. Son los planes de una nueva arquitectura de poder. Y dentro de ese plan está la memoria histórica de “venganza” reprimida, tanto contra Irán como con la isla de Cuba. Ambos países, en 1962 Cuba y en 1979 Irán, lo dejaron en ridículo. Y los anglosajones ni olvidan ni perdonan.
Dicho todo esto, es muy importante contarles situaciones relacionadas con la guerra propiamente dicha: que la intervención directa o el involucramiento por parte de Corea del Norte y la Federación Rusa es muy probable que obligue tanto a EE. UU. como a Israel a tomar medidas ya más de supervivencia que de dominio y logro de los objetivos que se habían propuesto cuando, sin estrategia complementaria, subestimaron las capacidades de los adversarios.
Cuando todo el mundo se preparaba para una nueva escalada bélica en Medio Oriente ante los sucesivos fracasos de las negociaciones por transformar el alto el fuego en una paz definitiva, irrumpe en el escenario una información mantenida en secreto durante meses, de una participación de un actor de segundo orden, pero no por ello menos peligroso, aunque no actúe en forma directa en el conflicto. Esta nación, que tiene como presidente a un jefe de Estado totalitario como lo es Kim Jong-un, el líder de Corea del Norte, haya prácticamente hecho trastabillar la mesa de operaciones de las potencias beligerantes.
En forma disimulada, pero fríamente calculada, la Cancillería iraní hizo saber al mundo que, después de llegar a un acuerdo con Corea del Norte, esta nación le proporcionó, en términos de intercambio, nada menos que 500 misiles hipersónicos Huang-18 a la nación “chiita”. Estos misiles tienen un alcance con ojiva nuclear opcional de 14.000 km, lo que significa que hasta el propio territorio estadounidense podría constituir un objetivo. Esta monumental asistencia de Corea del Norte se realizó a lo largo de 14 meses en forma subrepticia, de tal manera que los servicios secretos de EE. UU. e Israel no lo pudieran detectar.
No fue por vía marítima, donde el control de EE. UU. es intenso, sino a través de zonas escarpadas en las montañas, y los elementos de los misiles fueron desarmados para ensamblarlos en destino. Esto cambia totalmente la relación asimétrica entre Irán y EE. UU. e Israel. Ya nadie podrá estar seguro, porque son hipersónicos e indetenibles por cualquier defensa antiaérea. Corea obtiene, en compensación, petróleo iraní a bajo costo, pues es totalmente dependiente, así como también granos facilitados por Rusia por la participación de soldados norcoreanos en la guerra contra Ucrania. Todo tiene que ver con todo. Por eso, las alianzas suelen ser complementarias a la hora de ver peligrar sus intereses.
Pero hay más todavía. La Federación Rusa, hace muy poco tiempo, le acaba de entregar a Irán los famosos equipos de interceptación de misiles y radares altamente sofisticados denominados S-300, con lo cual los cielos de Irán ahora están más protegidos que nunca, si es que Trump se decide por la incursión aérea.
Vladimir Putin ya ha hablado con Donald Trump, ofreciéndose como garantía de tenencia del uranio enriquecido de Ucrania como para facilitar las condiciones de una paz y un fin de guerra honorable para EE. UU. Porque lo que más le preocupa a Trump es su prestigio, que se va deteriorando cada vez más, y el tiempo corre en su contra.
Pero es tal la ausencia de diplomacia de Trump que, en su desesperación, amenazó con “tomar” el estrecho de Ormuz para determinar el control por parte de EE. UU. Esto mereció la inmediata reacción de China, que le advirtió que, si le corta el “suministro energético” (petróleo), tomará severas sanciones económicas, primero privándolo de las “tierras raras”, paralizando la economía de los EE. UU., además de la venta de bonos de la deuda americana, que por su volumen provocaría una corrida por la depreciación del dólar, que es uno de los pilares de dominio de los yanquis, sumado al poder militar, que ya ha perdido mucho sustento, como quedó evidenciado en esta guerra absurda.
También es muy probable que, para justificar un nuevo ataque relámpago y brutal, según sus dichos, se operará un ataque de “falsa bandera” en territorio de EE. UU. por parte de la CIA o del Mossad para entonces, sin pasar por el Congreso, llevar a cabo un nuevo intento, de la mano de Israel, que está muy temeroso de que Trump lo abandone en pleno desarrollo de esta tragedia de una guerra absurda que la paga y la pagará, aunque termine ahora mismo, llevada a cabo por dos países, EE. UU. e Israel, que siendo aliados tienen objetivos distintos, perjudicando a la humanidad.
Ambos son como el tango: “Hoy un juramento, mañana una traición”.
Fuente: con información de Opinión

