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Colombia ya recibió la franquicia

En su libro Epidemia ultra, el analista político Franco Delle Donne sitúa el origen del fenómeno en una fecha precisa: 21 de abril de 2002. Ese día, JeanMarie Le Pen pasó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas. No ganó. Pero el virus había empezado a caminar en serio. Lo que entonces pareció una anomalía resultó ser el comienzo de una epidemia que hoy tiene nombre en cada país: Orbán en Hungría, Bolsonaro en Brasil, Meloni en Italia, Milei en Argentina, Bukele en El Salvador, Trump en Estados Unidos. Y desde el pasado domingo, De la Espriella en Colombia. Colombia no era inmune. Simplemente todavía no había recibido la franquicia. Ahora la recibió. Porque De la Espriella no es un fenómeno local ni espontáneo.

29 junio, 2026

7:35 am

POR : Alberto Castrillón Mora – U Externado de Colombia

Porque De la Espriella no es un fenómeno local ni espontáneo. Es un producto con manual de instrucciones: se reunió con Santiago Abascal, líder de Vox, en Madrid; se adhirió al Foro de Madrid —la red que agrupa a Milei, Kast, Meloni y Le Pen—; convocó en el Movistar Arena a figuras de la internacional ultraconservadora. Hay marca, hay doctrina, hay red de distribución. Lo que parece rebeldía es, en realidad, una franquicia global que vende la misma ilusión con distintos acentos nacionales.

Esto no es una opinión política. Es un objeto de estudio que ha ocupado durante años a algunos de los intelectuales más rigurosos y menos sospechosos de radicalismo del mundo académico occidental. Martha Nussbaum, en La monarquía del miedo, analiza cómo el miedo y la ira — emociones primitivas, fácilmente manipulables— se han convertido en el combustible de estos movimientos.

Francis Fukuyama, quien en 1989 celebró el triunfo de la democracia liberal, lleva casi dos décadas documentando su deterioro: el retorno del clientelismo, la captura del Estado por élites económicas, la decadencia institucional. Michael Sandel, en El descontento democrático, muestra cómo el vaciamiento moral de la política —reducida a gestión tecnocrática— creó el vacío que el populismo autoritario vino a llenar.

Mark Lilla diagnostica que cuando la izquierda abandonó a la clase trabajadora y se convirtió en el partido de las élites educadas, cedió el terreno de la rebeldía a la derecha. El resultado es la gran paradoja de nuestro tiempo: los más pobres votan por los más ricos porque los más ricos hablan el lenguaje de la rebelión.

De la Espriella, con sus mocasines Louis Vuitton y su avión privado, se presenta como el candidato de “los nunca”. El espectáculo reemplaza a la política. La emoción desplaza al argumento.

Anne Applebaum, conservadora de trayectoria impecable y Premio Pulitzer, llega a conclusiones igualmente inquietantes desde una orilla ideológica distinta. En Autocracia S.A. argumenta que los regímenes autoritarios contemporáneos no son movimientos ideológicos en el sentido clásico: son redes transnacionales de interés que comparten tecnologías de control, flujos de dinero y narrativas de legitimación mutua. No es una Internacional del fascismo: es una empresa global. La reunión de De la Espriella con Abascal en Madrid, su adhesión al Foro de Madrid, la presencia de Agustín Laje en el Movistar Arena no son gestos simbólicos: son la incorporación formal a esa red. Colombia no eligió un candidato. Suscribió un contrato.

Timothy Snyder, historiador del totalitarismo europeo y autor de Sobre la tiranía, ofrece las herramientas conceptuales más precisas para entender el momento.

Snyder advierte sobre lo que llama la obediencia anticipada: la tendencia de las instituciones, los medios y los individuos a adaptarse por adelantado a lo que creen que querrá el nuevo poder, sin que nadie se lo pida. Esa adaptación silenciosa —los medios que suavizan la crítica, los políticos que ya se alinean, los académicos que prefieren el silencio prudente— es la que convierte una amenaza en una realidad. Los autócratas no conquistan las instituciones: las instituciones se entregan. Snyder también distingue entre la política de la inevitabilidad —la ilusión liberal de que la democracia avanza sola hacia adelante— y la política de la eternidad: el mito del pasado glorioso, el pueblo homogéneo y amenazado, el enemigo interno que lo explica todo. Cuando la primera promesa se rompe —y el liberalismo la rompió— el espacio es ocupado automáticamente por la segunda. De la Espriella opera exactamente en ese registro: no ofrece un programa, ofrece un mito. Y su advertencia más célebre merece repetirse en cada aula universitaria: como dice Snayder, la posverdad es el prefascismo. Quien controla el lenguaje, controla la realidad.

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Quien controla la realidad no necesita suprimir las elecciones: le basta con vaciarlas de contenido.

Ese es exactamente el patrón que Levitsky y Ziblatt documentaron en Cómo mueren las democracias: estos líderes no llegan con tanques sino con urnas, y desde adentro colonizan las instituciones que los trajeron al poder. No destruyen la democracia de un golpe: la erosionan gradualmente. Cooptan las cortes, capturan la fiscalía, asfixian a la prensa independiente. De la Espriella tiene abiertas demandas contra más de veinte periodistas. Convierte la polarización en estrategia, no en consecuencia. La forma sobrevive: el contenido muere.

Pero como toda franquicia exitosa, esta responde a una necesidad real. El liberalismo hizo promesas que no cumplió —lo advirtió Bobbio hace cuarenta años. Prometió igualdad y entregó desigualdad creciente. Prometió deliberación y produjo captura corporativa del Estado. Prometió ciudadanos activos y cosechó apatía y clientelismo. En ese vacío secular y acumulado crecen los De la Espriella del mundo. No son la enfermedad: son la fiebre que indica que el cuerpo ya estaba enfermo. El neoliberalismo agravó todo eso: la deriva desde el liberalismo político hacia el fundamentalismo de mercado destruyó los lazos de solidaridad que hacen posible la vida democrática.

Colombia tiene además su propio antecedente. En 2009, el presidente Uribe proclamó, frente al entonces príncipe Felipe de Borbón, que “el estado de opinión es la fase superior del estado de derecho”—la voluntad popular directa por encima de la norma escrita, de los jueces, de los contrapesos institucionales. Las cortes lo detuvieron entonces. Pero el virus quedó en el ambiente. De la Espriella es su variante más evolucionada: ya no necesita teorizar el principio, le basta con practicarlo. Los drones, la pólvora, el show en tarima son el estado de opinión hecho espectáculo. Y detrás del espectáculo, el mismo proyecto: un hombre, una voluntad, un pueblo homogéneo y mítico que lo respalda. Un candidato que declaró que “la ética no tiene nada que ver con el derecho”, que defendió al testaferro de Maduro, que amenaza a quienes lo cuestionan, que importó su programa de Buenos Aires y Madrid, no representa una alternativa al sistema que falló. Representa su versión más cínica: el mismo poder concentrado, pero sin la hipocresía de fingir que le importa el bien común.

El populismo de derechas acierta en el diagnóstico —las élites fallaron, el sistema está roto— y pudre la cura. Pretende curar la enfermedad matando al paciente. Bukele no resolvió la desigualdad estructural de El Salvador: concentró el poder y dejó al país más vulnerable. Milei prometió destruir el Estado que fallaba y está destruyendo también el Estado que protegía a los más débiles. Orbán llevaba quince años gobernando y Hungría es más desigual y menos libre que cuando llegó. En todos los casos, el diagnóstico era parcialmente correcto. La receta fue un veneno.

Este texto no es un llamado partidista. No le dice a nadie por quién votar. Le dice a la comunidad universitaria algo distinto y más urgente: que el fenómeno De la Espriella no es una curiosidad electoral sino un objeto de estudio con una bibliografía formidable, con casos comparados documentados, con patrones reconocibles y con consecuencias verificables. Ignorarlo, o reducirlo a una disputa entre izquierda y derecha, sería exactamente el primer paso de esa obediencia anticipada que Snyder describe: adaptarse silenciosamente a lo que viene, sin haberlo decidido conscientemente.

La universidad no es el guardián de la democracia —esa arrogancia ya le costó cara a la izquierda ilustrada. Pero sí es uno de los pocos espacios donde todavía se puede preguntar en voz alta: ¿qué es la verdad? ¿qué es la justicia? ¿qué le debemos a los demás? ¿qué significa gobernar para el bien común? Aristóteles lo dijo antes que todos: el propósito de la política es la vida buena, no el espectáculo. Esa pregunta es la pregunta académica por excelencia. Y es precisamente la pregunta que el show de los drones y la pólvora está diseñado para que no nos hagamos.

Colombia merece algo mejor. Y quienes pensamos en las universidades tenemos la obligación —no el privilegio— de pensarlo en voz alta, antes de que el silencio se vuelva costumbre.

 

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2 comentarios

  • ciudadano conciente

    García Linera(1) dixit: » El gran drama de los gobiernos progresistas es que lograron sacar a millones de personas de la pobreza a través del consumo pero no los transformaron políticamente. Creamos consumidores con capacidad adquisitiva, pero no creamos ciudadanos con conciencia de clase.»
    (1) Ex Vicepresidente del Gobierno de Bolivia.

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  • Norma Mabel Barrios

    Excelente!!

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