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martes 18 de junio de 2024
hace 27 días

En la Colonia Penitenciaria

Por: Sergio Brodsky
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Última actualización:
hace 27 días
En la Colonia Penitenciaria los individuos pueden ser detenidos en prisión, sin causas y sin apelación, por un Poder Judicial absoluto, sin los límites de la ley, del Estado de derecho, del contralor de los Poderes de la República. Jueces y fiscales pueden, sin escándalo, ser cómplices y funcionales a un Estado autoritario que pretende aleccionar y disciplinar las manifestaciones ciudadanas de oposición a sus políticas de entrega de la patria. El país ha elegido el camino de la colonia y en él, el problema no es el Estado, sino el Estado de bienestar. Esa opción supone alimentar el Estado policial, de excepción a las leyes que protegen a los ciudadanos, de transgresión de la ley constitutiva, ley de leyes, la Constitución Nacional.

En esos enclaves coloniales de las potencias europeas y las atrocidades allí cometidas, en las horrorosas noticias que comenzaban a llegar de la primera gran guerra, pensaba seguramente Kafka cuando comenzó a escribir, en 1914, «En la Colonia Penitenciaria», un cuento inquietante, terrorífico, excepcional. En él, con toda crudeza, el sujeto se encuentra, como en todos los personajes kafkianos, en absoluto estado de inermidad, de indefensión, frente a la autoridad, o mejor dicho, frente al poder autoritario que lo agobia, que lo aplasta, que lo desdibuja. En efecto, en toda su obra los sujetos se encuentran desamparados, a merced de un Otro abrumador que los somete: un padre déspota en «Carta al padre» o en «La condena», una familia violenta y desapegada en «La metamorfosis», o un Estado y un poder totalitarios en «El proceso», «El castillo» o «En la Colonia Penitenciaria», en los que es presa de la telaraña judicial, totalmente desapegada de un acto de justicia.

«En la Colonia Penitenciaria» trata de un extranjero convocado a opinar sobre los procedimientos judiciales en una isla, en la que el Oficial, nostálgico de la crueldad del anterior Comandante, exhibe al visitante la superioridad del aparato de justicia cuestionado por el Comandante actual. Lo invita a presenciar la última ejecución contra un Soldado cuyo delito, en todo caso menor -la desobediencia- recibe la condena a muerte. En ese estado de la Colonia, el soldado desconoce la condena, las causas y no tiene posibilidades de defensa. Esa ejecución se realiza a través de una máquina espantosa, cuyas agujas muerden el cuerpo del condenado, inscribiendo en su carne una sentencia moral: «no debes desobedecer», cuya perversa repetición lo desangra. El Oficial muestra al extranjero la máquina de tortura con una fascinación morbosa, con un éxtasis enfermizo, con una extasiada crueldad.

Es notable que Kafka escriba pensando en el horror del momento en que vivía, de todo lo que un hombre puede hacerle de mal al otro, y anticipando el espeluznante acontecimiento del nazismo. Pero aún más, que cien años después de su muerte, la narración de esas experiencias siga vigente y que la realidad, la terrorífica y opresiva realidad, siga imitando sus pesadillas.

En la Colonia Penitenciaria en que han transformado el país, la Ministra de Seguridad goza excitada del espectáculo de la crueldad cuando exhibe el funcionamiento de su máquina de reprimir, de torturar, que llama con un eufemismo cínico, protocolo de seguridad.

Los ciudadanos son cazados brutalmente y encerrados sin haber cometido ningún delito, por un fiscal y una jueza desacreditados y que solo obedecen, como perros sabuesos, a los mandatos de sus dueños. El proceso y el castigo suceden, en apariencia, como en la escena kafkiana, sin que importe el delito cometido. Son los procedimientos judiciales autoritarios, fuera de toda legalidad, los que construyen la culpa y la deuda subjetiva; el sujeto es culpable porque así lo establece el Estado totalitario.

En esa neblina cegadora, al sujeto solo le queda defenderse, aunque sin los recursos de la justicia, en los laberintos burocráticos en los que está brutalmente atrapado. No importa que sus manifestaciones pacíficas de descontento frente a una ley obscena, solo votada con sobornos y traiciones de los legisladores, infiltrados y disimulados cómplices gremiales y políticos, hayan sido las motivaciones de las prisiones y los castigos, porque lo importante, ante la ley del castigo, es el disciplinamiento por el miedo frente a nuevas protestas.

Aquí, es verdad, el escenario va tornándose no tanto kafkiano como discepoliano, porque es el de un cambalache donde convive «Jesús lo mismo que el ladrón», personas decentes encarceladas con senadoras que confiesan haber vendido su voto por una embajada.

Es increíble -o no- que nuestra Colonia esté a merced de las más absolutas corrupciones para votar una ley que va a destruir a los vulnerables, a los trabajadores, los jubilados, los pobres, los discapacitados, los enfermos, y que su sanción requiriera de la más grotesca de las inmoralidades, como que la senadora citada admitió que su voto fue producto de un interés económico personal y que quien lo satisfizo, el Ejecutivo Nacional, acepte la verdad de la transa, pues se trató, dijeron, de una negociación política y no de un soborno, esa dádiva por una embajada, con un sueldo sideral, inimaginable para cualquier trabajador.

En este estado dantesco, en el que la ignominia, la inmoralidad y la traición han construido este infierno, en el que ciudadanos inocentes son encarcelados sin otras causas que de persecución política, es necesario expresar el repudio y la preocupación que estas irregularidades que lastiman las seguridades de los ciudadanos producen como daño a una democracia que tanta sangre costó recuperar.

 

 

  • Orlando Sosa

    Gracias Sergio!! la historia de derechos y libertades conseguidos con sangre y dolor…la vetana a un pasado oscurantista…una caída al oscuro pozo del naz ismo,un pueblo embrutecido sigue aplaudiendo la llegada de los obstruos….es el momento de la tragedia tan anunciada….

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