La inédita forma de evaluar la realidad económica por parte del gobierno ha encontrado de la mano de los analistas que no quieren, información de por medio, quedar en la mira de la filosa lengua libertaria, ellos, los analistas, han encontrado una expresión para describir la ilusión de país que los funcionarios se empeñan en proponer existe, sin ningún asidero con la durísima realidad que esta viviendo el pueblo de nuestro país. La llaman “contabilidad creativa”, una expresión fantástica para describir Narnia, la nación que habitan Milei, sus funcionarios y sus troles, que por ejemplo los llevan a afirmar que la pobreza y la indigencia disminuyen. Obviamente que si para respaldar sus dichos nos ofrecen como ejemplo la fantástica evolución patrimonial del jefe de gabinete Manuel Adorni. O las adquisiciones inmobiliarias de todos los funcionarios que han sido bendecidos por créditos de cientos de miles de dólares (que obviamente nunca pagarán) del Banco Nación. En ese ‘universo paralelo’ que instalan sus declaraciones, evidentemente si la pobreza disminuye, y en forma sorprendente.
Vengo a plantear un tema sobre el que no he encontrado otra cosa más que preguntas. Si alguien cree tener las respuestas que las grite. Serán bienvenidas. El tema suele ser abordado por la prensa (pido disculpas por el uso de un arcaísmo, tiene que ver con la edad) con titulares al estilo: “Allanamiento con incautación de drogas”, “Detuvieron a 16 personas por narcomenudeo”, “Detienen un camión con 200 kg de marihuana”, “Encuentran drogas en un barco”, “Drogas arrojadas desde una avioneta”. Esporádicamente, cuando se trata de alguien inesperado, como anestesistas o enfermeros que usan drogas de alto riesgo (propofol y/o fentanilo) ligados a instituciones de salud prestigiosas, los titulares pasan a ser letras de las marquesinas. Hay dos actores de la problemática que quedan ausentes de todo tratamiento: el “Narco” (con mayúscula) y las víctimas.
En el actual escenario político, el concepto de "propiedad privada" se agita como un derecho místico e intocable. Sin embargo, para el ordenamiento jurídico argentino, este derecho no es un cheque en blanco. Tras la Reforma de 1994, y con la jerarquía de tratados como la Convención Americana sobre Derechos Humanos (Art. 21), nuestra Constitución Nacional blindó un principio que hoy el poder pretende ignorar: la propiedad privada debe cumplir una función social.
Anestesia es una palabra de origen griego que significa pérdida de la sensación. Del sentir, de la sensibilidad. En estos días su uso “orgiástico” estuvo en debate. Es tal vez el signo de estos tiempos. Es quizás, más allá del uso de la sustancia específica que la produce, la búsqueda de todo consumo. Desensibilizarse. Freud decía de las adicciones que eran formas tóxicas de suprimir o cancelar el dolor innombrable. El alcohol, un quitapenas. Es probablemente por eso que el consumo sea el síntoma social predominante. Un modo de adormecerse frente al espectáculo de lo siniestro que se urde en lo cotidiano y el de lo espeluznante que parece excepcional pero reconoce las mismas raíces. Una (mala) forma, un intento fallido, de soportar el horror.
Leí hace unos días la nota de Ayelén Oliva en BBC News Mundo, “Estoy en modo supervivencia: por qué tener trabajo en Argentina no evita caer en la pobreza”, y sentí que estaba leyendo una escena conocida. Una de esas escenas que no pertenecen a una sola persona, sino a miles. Porque cuando una trabajadora formal, con estudios universitarios y jornada completa dice que vive en “modo supervivencia”, no está contando solo su historia. Está poniendo en palabras lo que mucha gente siente, aunque no siempre se anime a decirlo así.
En una siniestra maniobra de conspiración, el FBI fabricó supuestos complots para convencer a Donald Trump de que Irán buscaba asesinarlo, mientras que Israel y sus aliados dentro de la administración (AIPAC) explotaron los temores más profundos del ahora presidente de EE.UU. con el objeto de mantenerlo en la senda de la guerra.
Un número importante de videos y episodios mediáticos dan cuenta de que esta gestión tiene una “habilidad” que se destaca por sobre otras: la acción rápida para la comunicación cuando se trata de salvar las ropas y dejar mal parados a trabajadores municipales. La presión social —especialmente en redes— parece imponerse a los procedimientos administrativos, generando decisiones apresuradas y erróneas, inconsistencias institucionales y un clima de incertidumbre para quienes deben hacer cumplir las ordenanzas.
El último informe del INDEC informó una baja en el índice de pobreza en la Argentina. El dato fue presentado como un logro económico. Sin embargo, convive con una realidad cada vez más difícil de ocultar. Caída del consumo, aumento de la morosidad en las fintech y en la banca tradicional, cierre de empresas, deterioro del empleo, más personas durmiendo en la calle o buscando comida en los contenedores, jubilados que no llegan a cubrir sus necesidades básicas y trabajadores formales cuyos ingresos no alcanzan para salir de la pobreza. No se trata de percepciones aisladas. Se trata de un deterioro extendido de las condiciones de vida. La pregunta, entonces, no es si el número es correcto. La pregunta es qué está midiendo ese número.
A fin de encontrar un hilo conductor o descubrir una tendencia, no hay más remedio que meterse con la historia. La hipótesis de partida es que estamos ante una crisis sistémica de la democracia representativa, probablemente terminal.
A través de la historia se ha comprobado que las guerras son un retroceso civilizatorio, donde el homo sapiens, de la nacionalidad que sea, desata el “gen animal” para someter a otros de su misma especie. Eso sería una explicación antropológica. Pero se convierte en un hecho criminal cuando usurpadores de un poder que no les corresponde mandan a la hoguera de la guerra a quienes no habían elegido el camino de las armas para defender, como motivo principal, a jóvenes de sangre nueva que se convirtieron en víctimas del último manotazo del horror en busca de la supuesta legitimación de un poder de facto que ya había aniquilado a miles de ciudadanos en las mazmorras del horror.
2 comentarios
Jubilado
Y el Congreso Nacional que hacen……, Nada, cobrar, cobrar, acomodar familiares y amigos, eso sí. La oposición, ni se siente. Hace rato debían haber iniciado juicio político, a semejante corrupción en la cara de los cuarenta y siete millones, que somos. Degradan la democracia, hacen perder la fé, esperanza, y confianza en el pueblo Argentino. Pues si ustedes los representantes del pueblo, que pretenden, otro Costequi y Santillan, o como De Laruina con treinta/cuarenta muertes.
Pablo
Me hago una pregunta: ¿quién tiene el «narniometro»? y también otra pregunta: ¿no se estarán confundiendo un poco?